Vísperas de fiesta

Rafael Ortega, el maestro del toreo puro.


Vicente Llorca.

Iba a empezar la Feria, parecía.

La otra mañana, yendo a tomar un vino con Jorge L. a una oscura taberna de la Plaza de Santa Ana, vi que éste estaba ya acompañado por unos aficionados franceses, que discutían con él sobre el clasicismo del toreo de Rafael Ortega y las posibilidades del Atlético de Madrid, a partes iguales. 

Espero que la sabiduría del crítico sobre el torero del de San Fernando fuera algo más precisa que la entusiasta –desesperada– afirmación de que este año el Atlético se iba a resarcir por fin de la maldición de Munich, y aquel gol imposible del alemán de nombre imposible –Schwarzenbeck o algo así-, en el último minuto.

Los aficionados franceses, jóvenes y atentos, asentían, educadamente. Algo me daba que estaban pensando en las elecciones inmediatas en Francia, y la posibilidad de que en el último minuto se marcara también algún gol irrepetible. Después, como buenos aficionados galos, se pusieron a hablar conmigo de la genealogía de diversas ganaderías, ya desaparecidas, y con Jorge de las virtudes republicanas, que alguna suerte de defensa alemán –aquél nunca volvió a meter un gol– pretende arrebatar en el último suspiro.

Empieza la Feria, pensé. Llegan a Madrid los aficionados franceses. En su erudita visión de la fiesta de los toros pretenden conciliar todo lo que han leído con el cartel que tienen delante –“ ¿No va usted a ir a ver lo de Dolores Aguirre? Viene de lo antiguo de Atanasio Fernández. Y esto de lo más antiguo del Conde de la Corte”.

La literatura mitológica taurina poco tiene que ver con el cartel de esta tarde. Así que les dije que no, que no iba a ir a ver lo de Dolores Aguirre.




No sé qué ven ellos. Quizás aún asisten a la leyenda. En un momento determinado, me cuentan, habían atisbado algo de lo que Gregorio Corrochano afirmaba de la Corrida de la Prensa del año 1959 –que ese día además se suspendió– y del antiguo encaste de lo del Marqués de Tamarón. Puede ser. Esa tarde de la que hablaban yo no había visto más que unas nubes grises sobre la plaza, unos toros muy gordos y el vendaval, que barrió toda esperanza. Es una suerte ser aficionado de la Aquitania, pensé. Y evocar lo del Marqués de Tamarón en una tarde llena de toros gordos, y un público que me pareció gordo también.

Seguimos comentando luego de la temporada pasada. Sólo un entusiasta francés puede saber lo que ocurrió en agosto en la plaza de Ejea de los Caballeros, donde Alberto Álvarez toreó muy bien ese día. ( Bueno, y Jorge que lo sabía también. Pero es que íbamos juntos ese día). Es de agradecer. Me preguntaron por Morante, después. 

Pero a mí sólo me apetecía hablar de aquella tarde agosteña en la mancomunidad de las Cinco Villas aragonesas. (Y de una corrida tremenda de Barcial el día de la Virgen en la plaza medieval de Miranda del Castañar, en la sierra. A esto ya no llegaban los galos).

Más tarde, Jorge me dijo que le sobraba una entrada, y que si me apetecía ir con él a los toros esa tarde. Entonces pensé de repente en el día gris, en las voces agrias de la plaza, en la ausencia de todo acontecimiento, en la tristeza del final, cuando empiezan a recoger los tendidos apresuradamente y el público –con aspecto de gordos– se marcha.

-Te lo agradezco, Jorge. Pero este año tampoco voy a Madrid, me parece. El sábado que viene hay un festival en Navalucillos. Un rejoneador y dos novilleros que no he visto aún. De uno de ellos me han hablado muy bien. Su padre, que es el apoderado.

-Ahí hablamos.

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