El torero y el escritor, una pareja no tan extraña

Ni siquiera creo que (Belmonte) toreaba para nadie, me pareció más bien que puso el punto final a la brillante historia de la tauromaquia. Después de esto, nada. No hay más allá – Gregorio Corrochano.

Por Jaime Fernández.

El torero es Juan Belmonte, matador de toros, natural de Sevilla, y el escritor, Manuel Chaves Nogales, periodista y también sevillano. La escritura y la vida se aunaron felizmente en este milagro literario que es la biografía Juan Belmonte, matador de toros. Su vida y sus hazañas, publicada en 1935. Biografía atípica, puesto que, después de una breve pero atinada introducción en la primera infancia, el biógrafo desaparece y quien habla para el lector es el biografiado. Entre ambos compusieron un hermoso recital a dos voces, el uno con la pluma, el otro con el habla.

En 1935, Juan Belmonte frisaba los 43 años y era una estrella en el mundo taurino, una leyenda viva, el forjador del arte moderno del toreo y, tratándose de un oficio tan arriesgado, un superviviente que soportó como pudo la muerte de su competidor y amigo, el gran Joselito, en la plaza de Talavera de la Reina, el 16 de mayo de 1920. La imagen que Chaves nos transmite del matador es la de un hombre tranquilo y curtido, que mira su turbulento pasado y la vida en general con cierta distancia y una asombrosa objetividad.

Parece como si el personaje que habla al lector fuese otro distinto de Belmonte, o que el propio Belmonte nos estuviera contando la vida de alguien que no es él. De ahí la impresión de hallarnos ante una novela y no una biografía con visos de autobiografía. Una biografía nada novelesca por cierto, y menos aún novelera, porque toda ella está surcada por un profundo afán de verdad y de rigor, como se deduce de la transparencia del lenguaje en que está escrita.

Belmonte se confiesa a Chaves Nogales (y al lector), ajeno al efecto que pueda causar su relato. Es una confesión en carne viva y sin anestesia, como tantas de las curas a las que hubo de someterse en su  profesión, sabiendo distinguir lo principal de lo secundario. No hay nada superfluo en la crónica de esa vida salpicada de anécdotas, como tampoco en la prosa de quien la escribió. El estilo austero de Chaves Nogales encajó perfectamente en la manera de ser, también tocada por la austeridad y la ironía, del torero. Tal para cual.

Hijo de un pobre quincallero, Belmonte no sólo había sobrevivido al ciego furor de los toros sino a las cornás de la vida, que pueden ser tan violentas y dañinas como las de aquellos. En primer lugar, y tratándose de un torero, las cornás del miedo a las cornadas de los toros, las de verdad. Y luego, aunque apenas lo deje entrever, las cornás de la desilusión, que son las más universales tanto en la vida como en la literatura. Sin embargo, en ese relato maravillosamente escrito no se aprecia rastro alguno de resentimiento ni de rencor, ningún lamento. Por el contrario, el matador de toros recuerda que debe su supervivencia principalmente a la suerte. De ahí que Chaves y Belmonte clausurasen la biografía con una sentencia que bien podría haber encabezado la portada del libro:

“La verdad, la verdad, es que yo he nacido esta mañana”.

Si bien la singular relación de Belmonte con la literatura se materializa en esta biografía, gracias a los buenos oficios de Manuel Chaves, estuvo precedida por un largo y fecundo historial de lecturas. Belmonte era un lector atento, que viajaba con una biblioteca a cuestas durante sus giras nacionales e internacionales.

Por las noches leía a autores como Gabriele D`Annunzio, de quien cuenta cómo le soliviantó una frase que encontró en una de sus novelas: “El peligro es el eje de la vida sublime”. No resulta difícil comprender su desazón ante semejante aserto. Nadie mejor que Belmonte sabía de peligros. En esa frase tan dannunziana tuvo que descubrir el sentido de su existencia, pero con una literalidad muy distinta de la que habría de adoptar bajo el régimen fascista de Mussolini, su divulgador.

Para un individualista como Belmonte el peligro atañía solamente a su vida. Él sí conocía el significado de esa palabra, aunque lo de “vida sublime” quizá se le antojara un tanto complicado para un temperamento pragmático como el suyo, contrario al barroquismo del escritor italiano y al ritual ceremonioso que se estilaba en aquella sociedad anterior a la Primera Guerra Mundial. Es el peligro inequívoco al que se expone el matador de toros cada vez que desciende al ruedo –su particular séptimo círculo dantesco- para enfrentarse a la bestia. Al comienzo de la lucha, sólo el matador sabe que uno de los dos tiene que morir; el toro se percata de ello y se defiende atacando con bravura.

En su obsesión por el toreo, Juan Belmonte se revela como un pariente próximo del capitán Ahab persiguiendo por los mares, a bordo del Pequod, a la temible ballena blanca Moby Dick. A ambos los corroe un empeño análogo: la lucha a muerte y cuerpo a cuerpo contra un adversario peligroso.

Aun así, los separa una diferencia importante. Mientras el personaje de la novela de Melville, armado con su arpón, persigue a la ballena blanca sin propósito artístico alguno -aparte de que las dimensiones colosales de Moby Dick no se lo permitían-, cegado por el deseo de venganza, Belmonte se encara al toro con una deliberada voluntad artística, forjando una estética ad hoc. Para Ahab la ballena Moby Dick era única, en correspondencia con la unicidad de su venganza. Para el matador cada toro al que se enfrenta es distinto, aunque les reserve a todos un mismo destino. Precisamente esta diferencia atrajo las simpatías hacia Belmonte y otros grandes toreros de escritores, poetas, artistas e intelectuales, como Valle-Inclán, Zuloaga, Pérez de Ayala, Cossío, García Lorca, Ortega y Gasset o Bergamín.



Sin embargo, Belmonte desconfía de la destreza tanto como de la experiencia. Cuando, después de décadas de oficio, se lanza al ruedo para torear ante una afición entregada, teme caer en la rutina propia del oficinista al que le salen bien las cuentas por pura inercia. Quiere seguir sintiendo la incertidumbre del aprendiz, con sus errores y aciertos, el desasosiego de la primera vez y el placer momentáneo del hallazgo, como un poeta ante el soneto que se dispone a escribir, sin saber muy bien adónde le llevarán las palabras. Todo menos dormirse en los laureles de lo aprendido y vegetar como un parásito en el nido de lo previsible. Entiende el toreo como “un ejercicio de orden espiritual”, ligado a la emoción y al entusiasmo, en absoluto comparable con una actividad deportiva o meramente física.

La corrección no es para los héroes. Un torero con sensación de dominio elimina el riesgo, pero a cambio pierde la incertidumbre y sucumbe a la rutina. Entonces puede ocurrir que sienta el hastío de su oficio que, como confiesa Belmonte, percibirá como algo estúpido, sin sentido alguno, una impresión que tampoco escapará al olfato del público, defraudado por un espectáculo inane. Los escritores y los poetas se exponen a una tesitura similar a la que describe el torero.

Belmonte y Manuel Chaves descienden de Cervantes no sólo por la parte quijotesca que les corresponde sino por la herencia literaria. Cervantes como narrador admirable, que seduce al lector con su arte, y también como creador de un universo imaginario en el que la aventura y la hazaña, con sus dosis de valentía y temeridad, se entreveran con la ironía, la inteligencia serena y la intuición. Como los personajes cervantinos, Juan Belmonte es múltiple, al igual que su vida, aunque esté dominada por una sola pasión. No hay un Belmonte único sino varios. Está el Belmonte audaz e imprevisible, al que todos dan por muerto mientras se debate con el toro; el que se revuelve contra el miedo en las noches que preceden a las corridas, como Jacob contra el Ángel, y que habla con él, avivando un duelo dialéctico del que saldrá victorioso más por obstinación que por superioridad argumental. También está el Belmonte que, abatido por el sueño, la fatiga o los golpes y las heridas de la corrida anterior, se planta ante el toro y despierta súbitamente, hasta que logra vencer al astado, con capote y muleta.

Hay un Belmonte que se deja mimar por la siempre voluble afición, pero que en su fuero interno se siente incómodo ante ella, sobre todo cuando se transforma en muchedumbre; y aquel otro que en México compartió juergas con los muchos mexicanos enloquecidos que conoció y que debieron ser tantos que, de vuelta a España, pensó que en aquel país embarcado en la Revolución estaban todos locos. El Belmonte solitario, que se encierra con un libro cuando el miedo y el ajetreo se lo permiten, convive discretamente con el Belmonte sociable, que asiste silencioso y con el oído despierto a las tertulias de Valle-Inclán en Madrid y que, en sus giras, comparte horas de inquietud y alegría con su cuadrilla.

Pero el Belmonte más belmontino es el que, después del tráfago de los triunfos y de las derrotas en los ruedos, vuelve en sí y reflexiona con el distanciamiento del poeta que se sienta ante la mesa de su gabinete, con la conciencia clara, para recordar lo vivido. Es en este interludio entre dos luces en el que irrumpe la letra impresa, el libro de su vida que un día habría de escribir con Manuel Chaves. Sospecho que el literato secreto que Belmonte llevaba dentro se forjó bastantes años atrás, al mismo tiempo que la pasión por el toreo, en la pubertad sevillana en que, junto a sus amigos de Triana, se aficionó a las novelas de aventuras.

Aquella pasión lectora le llevó a identificarse con los héroes novelescos, “hasta el punto de que la vida que vivíamos era más la suya que la nuestra”. Sin saberlo, estaba siguiendo los pasos del hidalgo Alonso Quijano, lector apasionado de libros de caballerías. Tanto era así que, como el caballero andante cuando se echó al campo en busca de aventuras caballerescas, un día el adolescente Juan Belmonte decidió viajar con un amigo a África para cazar los leones que no encontraron en los alrededores de Triana y que habían visto con los ojos de la imaginación en las novelas de Salgari. Naturalmente, aquella aventura fracasó, aunque el instinto cazador del matador de toros ya arraigase en ese episodio tempranero.

Después de numerosos percances y penalidades, se convencieron de que así no iban a ninguna parte. No fue necesario que un piadoso vecino los devolviese a su hogar, como le sucedió a Alonso Quijano tras su primera salida, por lo que nada más pisar Cádiz se volvieron hacia Sevilla. Resulta que el mundo no era como lo habían imaginado porque, en definitiva, “lo que fracasan son siempre las fantasías”. Como ya les ocurriera a Don Quijote y a Sancho Panza durante su estancia en Barcelona, lo mejor de su frustrada travesía fue que, antes de entrar en Cádiz, a última hora de la tarde, se encontraron de frente con el mar que no habían visto nunca.

En una época en la que unos cuantos se preparaban para elegir el destino de millones de europeos, Juan Belmonte se anticipó a planes tan siniestros, tomando las riendas del suyo. Y así habría de ser hasta el instante final de su vida, hace más de cincuenta años, cuando el 8 de abril de 1962 decidió suicidarse en su cortijo de Utrera, una elección fatal que, según se desprende de su relato biográfico, acarició en más de un momento muchos años antes.

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