Ocho con Ocho: Cuarta de Ponce Por Luis Ramón Carazo

   

Entendiendo que el concepto de la tauromaquia de Enrique Ponce por algunos es poco apreciada, escribo estas líneas después de verle en la pantalla dos faenas brillantes, en especial la primera, que ejecutó en una de las plazas en el mundo taurino que más lo ha hostilizado, sin embargo, hasta cuatro veces ha salido en hombros de Madrid.

La más reciente, en medio de la polémica, por considerar algunos muy populista la oreja que le otorgó el presidente de un toro de Domingo Hernández, por haberla culminado tanto de un de pinchazo como de media tendida en la suerte suprema, eso si la petición al menos por la pantalla, parecía mayoritaria, pero finalmente y 30 años después de presentarse de novillero en Madrid, salió en volandas, en un principio cargado en hombros por el matador de Málaga, Javier Conde.

La torería de Ponce es inmensa, es una figura fraguada en más de 27 años de vida activa de matador, indudablemente en la historia del toreo es quién a un mayor número de astados extrae lo bueno que en el fondo de su instinto tienen y que muchas veces para los que estamos de testigos, es poco o nada visible.

Así sucedió con el segundo ejemplar que le tocó en suerte el 2 de junio en Las Ventas de 2017.

De memoria recuerdo aquella gran faena del 1 de mayo de 2005 a un toro de Fernando de la Mora, en Aguascalientes en la Feria de San Marcos, al que desde que salió al ruedo, lo fue lidiando con el capote para después con la muleta enloquecernos a los que fuimos testigos de la magia de su muñeca que va encauzando la embestida hacia la muleta, para hacer que los toros en su arcano vayan componiendo su estilo y al final se entreguen al toreo del valenciano.

Ponce es una enciclopedia taurina, en la que figuran algunas de las más bellas páginas de un artista clásico, contradictorio y fiel a sus circunstancias, reconocido y venerado por los amantes más exigentes de la tauromaquia, sin dejar de lado a sus muchos detractores.

Ha quedado para la historia aquella faena a Lironcito, un toro de Valdefresno, con el que se fundió en una sinfonía de arte en aquel inolvidable el 27 de mayo de 1996 en la plaza de las Ventas.

El de Valdefresno en Madrid al principio por el lado derecho no tragaba los cites e iba por el izquierdo a regañadientes, pero hacia el final era un dúctil por ambos costados y si no le cortó los máximos trofeos (como tampoco lo pudo conseguir con el de Fernando de la Mora en Aguascalientes) fue por sus fallas con el alfanje que es su única debilidad, pues si no fuera así, la cantidad de trofeos de por si espectacular, sería aún más rotunda.

En Madrid dejó para la retina un instante en el que con la muleta en la mano derecha, dio un pequeño toque para atraer la atención del segundo toro de su lote, un astado que tendía a quedarse corto, una vez fijo le ejecutó un precioso ayudado por alto, para rematar una serie en el que se fue embebido el toro en los vuelos de la muleta , como decían antaño el pase, barriendo de pitón a rabo el lomo ¿O que me dice de los muletazos por bajo con los que finalizó la faena a su primer buen ejemplar de Domingo Hernández?

El celo que tiene Enrique por seguir ocupando un lugar de privilegio 27 años después de su alternativa, llama la atención, lo vemos destilando plasticidad, estética con la presencia de la motivación de aquel que va labrando su vida momento a momento y no quiere apearse de figura del toreo.

Enrique es uno de los toreros con mayor cerebro privilegiado para lidiar astados en la historia y de esos muy, pero muy pocos. Si a eso le aunamos que está motivado a seguir en las alturas, me parece que habría que verlo tardes futuras, en general cada una lección de lo que constituye entender las embestidas de un toro y canalizarlas a favor.

En longevidad en la cumbre ninguna figura del toreo se le puede comparar, dicho lo anterior, a disfrutar de su toreo cuanto se pueda, no todo los días surge un torero de esos vuelos, al tiempo que es justiciero cedo, la última palabra.

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