Opinión: Los toros sin tiempo

¿Especies que desaparecen?
Por Luis Martínez.

Cualquier extranjero que visita España y acumula alguna lectura de Hemingway siente la necesidad de poner un pie en una plaza de toros. Lo recomienda la Lonely. Los más atrevidos, después de manifestar la pena que sienten por el animal, dan un paso más allá y allí que se plantan. Al sol. Mi experiencia como anfitrión siempre es la misma: más allá del tercer toro, no hay manera. Ni con pipas, que también les llaman mucho la atención. Y no por piedad, o no siempre, sino por puro y simple aburrimiento. 

Digamos que la experiencia turístico-antropológica soporta un límite de repeticiones y un número finito de comentarios sobre la mística del albero. Los estándares de entretenimiento desde que se inventó la MTV casan mal con el rito solemne y algo ridículo de una actividad que, por definición, es alérgica al paso del tiempo. Es más, ésa es su única razón de ser: vivir fuera del tiempo.

El problema es que el tiempo es un misterio -además de ministerio- implacable. De hecho, como bien intuyó el insustituible Joaquín Vidal, gran parte de la pérdida de popularidad de los toros es consecuencia directa del empeño de algunos de modernizar, de explicar, de introducir en el tiempo lo que, sencillamente, es antiguo, inexplicable y anacrónico. Cada vez que una figura habla de toreo moderno, malo. En otras ocasiones, la moda, como el fenómeno que define precisamente el tiempo de la modernidad (Georg Simmel dixit), hace presa en la Fiesta. 

Y siempre acaba mal. Tiempo atrás, en los años 80, San Isidro se llenaba de señores con un clavel en la solapa y un gin-tonic en la mano. O al revés. Hasta la izquierda conspicua veía algo atávico y placentero al hecho de declararse taurina. Cosas del melodrama almodovariano que vivíamos. Ahora, el furor antitaurino en red ha hecho que el lado contrario abrace una fe inédita en Cúchares por el placer carpetovetónico de hacer equipo. Cosas de este tiempo.

Hoy se anuncia y desanuncia, según un viento ideológico entre Comunidad y Ayuntamiento, que la plaza de temporada que es Madrid dejará de serlo. Los turoperadores japoneses, desconcertados. 

Líos así restan un tiempo que quizá se acaba.

Fuente: El MUNDO

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