SAN FERMÍN: Impresiones de un ‘sanferminero’ primerizo

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EL PAÍS English Edition envió a su becario estadounidense a Pamplona para ver si Hemingway tenía razón…y esto es lo que se encontró

Por HENRY HAHN.

Ya sé lo que estáis pensando: un estadounidense que trabaja de periodista en Europa decide visitar Pamplona para observar y participar en las fiestas anuales de San Fermín. ¿Es posible ser menos original, o más imitador de Ernest Hemingway? La respuesta es: probablemente no. Pero eso no me detuvo: el fin de semana pasado, me pegué el viaje desde Madrid para ver con mis propios ojos por qué la gente monta tanta historia con esto de los Sanfermines.

Mientras que el tren se acercaba a la estación en la tarde del sábado, volví a ojear los últimos capítulos de mi ajado ejemplar de Fiesta (o The Sun Also Rises en inglés) para refrescar mi memoria y recordar las cosas que supuestamente hacen de este evento algo que hay que ver a toda costa; ya sea por la energía de una fiesta incesante, por el subidón de adrenalina de los peligrosísimos encierros, o por los vistosos pases de las corridas, con su enorme capacidad de seducción y fascinación. Tras aguantar las charlas de algunos de mis amigos madrileños por el hecho de asistir (y, por ende, apoyar) el festival, debido a cuestiones éticas relacionadas con la crueldad contra los animales, llegué a los Sanfermines con una mente abierta.

Lo que presencié fue un espectáculo increíble, pero complejo. Me apunté a las fiestas e incluso conseguí ver una corrida de toros. Pero el mejor momento de todo el fin de semana, con gran diferencia, fue el encierro del domingo por la mañana.

Para poder verlo bien, decidí pagar 100 euros para reservar sitio en un balcón en la calle Estafeta después de que un colega en EE UU me informara de que presentarme en un encierro sin planificación previa sería como aparecer en Times Square a las 23.30 en Nochevieja y pretender ver la bola caer. La analogía era buena.

En mi caso, la reserva, más que un balcón, resultó ser una barricada provisional hecha para ver el encierro casi a ras del suelo desde uno de los restaurantes en Estafeta. Desde esta posición estuvimos especialmente cerca de la acción (incluso alcanzamos a “chocar esos cinco” con los mozos mientras esperaban a que salieran los toros). Durante los minutos previos a las ocho de la mañana, nuestro guía nos dijo que si íbamos a grabar el encierro, deberíamos encontrar la manera de levantar la vista de nuestras cámaras. Este consejo se reveló fundamental.

Aunque solo llegué a ver 15 segundos de acción desde mi puesto en la barricada, estuve boquiabierto durante cada uno de esos segundos. La emoción en estado puro que sentí —sobre todo al estar tan cerca del suelo— la bofetada de aire en la cara al pasar la multitud frente a nosotros, el hecho de ver a esos gigantescos animales corriendo por esas calles tan estrechas… en esos pocos segundos, sentí que pude apreciar, aunque fuera tan solo un poquito, lo que deben experimentar los mozos cuando tienen a los toros prácticamente encima.

Estar ahí no tiene nada que ver con verlo por la tele. El corazón te late más rápido, te fijas en los detalles. Recuerdo que, unos momentos antes de que comenzara el encierro, vi a un joven español no mucho más mayor que yo agachado y cabizbajo. Primero pensé que estaría estirándose. Pero luego le vi santiguarse, y me di cuenta de que estaba rezando. En ese instante, comprendí que lo que estaba viendo era algo más que un paroxismo de animales y alcohol. Para muchos, también es algo muy serio.

Hay que decir que algunos de los rumores son ciertos. Puedo dar fe de que los Sanfermines son realmente una fiesta ininterrumpida de nueve días de duración. Después del encierro, salí de Estafeta sobre las ocho y media de la mañana y me topé con un hombre tumbado en un saco de dormir sobre el césped, rodeado de basura y bebiendo de una botella grande de sangría. Y es que para los auténticos devotos de la fiesta, no hay tiempo para el descanso.

Cuando acaba el encierro, los toros se pasan el día en la plaza, esperando su turno para la corrida de la tarde. Yo que ya andaba preocupado por el hecho de ir a un evento de este tipo, me llevé una sorpresa al descubrir que la controversia no se limita a las grandes ciudades españolas como Barcelona o Madrid, como pensé en un primer momento. Durante la corrida, un español que aparentaba mi edad se me acercó y, con evidentes signos de intoxicación etílica, me preguntó si me gustaba lo que estaba viendo. Sintiéndome confuso, le contesté con preguntas. Descubrí que era un pamplonica que no soporta las corridas de toros. “¿Así que esta es tu primera vez?”, le dije. “No, qué va”, me contestó. “Llevo viniendo todos los días de esta semana”.

“¿Y por qué sigues viniendo?”, proseguí yo. “Por esto”, replicó, refiriéndose al ambiente en las gradas y dando cuidadosamente la espalda al ruedo mientras hablaba conmigo. “¿Pero podrías ir de marcha fuera de aquí, no?” “No, no” insistió el chaval. “No es lo mismo”.

De hecho, era casi como si hubiera dos eventos paralelos dentro de la plaza: uno en el ruedo y otro en las gradas y tendidos. Mientras que en corridas normales la gente suele estar callada, observando los pases del torero (o eso me cuentan), en los Sanfermines el público se dedica a una variedad de actividades —desde entonar cánticos futbolísticos, hasta el lanzamiento de cerveza y sangría a otras zonas de la plaza—. Calculo que me cayeron bebidas encima cada 20 minutos, de media (el atuendo blanco que traje desde Madrid no logró hacer el camino de vuelta).

Ver la corrida fue algo menos encantador que ver el encierro. Tras presenciarlo, no hay duda de que sentí respeto por lo que se podría considerar una forma de arte, pero aún así fue difícil de soportar lo que, en esencia, es la tortura teatralizada de un animal, una reliquia de otros tiempos más bárbaros.

Después de la corrida, me fui a tomar unas tapas y unas bebidas en el centro. Pero de nuevo volví a demostrar que no soy un español de verdad: para la una de la madrugada ya había vuelto a mi alojamiento, donde caí como un plomo.

Traducción de Susana Urra.

Publicado en EL PAÍS

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