La andanada: El toro frente a los falsos tópicos, otra vez

Por Jorge Villar.

Ya ha sonado y resonado el «Pobre de mí» en las calles de Pamplona. El toro y la fiesta dejan paso a que el personal de limpieza trate de retornar a su estado de ciudad habitable para los convecinos a esa bella Pamplona de origen etimológico tan incierto como bello. Ya fuera por la influencia de Pompeyo, ya por ser un conocido despeñadero, la euskalduna Iruña pasa por ser emblema de la tauromaquia allende nuestras fronteras.

La Feria del Toro, por obra y gracia de Hemingway y de una idiosincrasia tan imitada como genuina en sus encierros matutinos, es considerada por los extranjeros como el «no va más» de la fiesta.

Sin embargo, cuando nos adentramos en lo estrictamente taurino, el coso pamplonés, catalogado como de primera categoría, responde más a los parámetros de una plaza alegre, bulliciosa, de público de «solana» bullanguero y puertas grandes de orden más populista que ortodoxo. No hay mejor ejemplo que el de los sanfermines que recién han acabado. 

El faenón de Antonio Ferrera el jueves pasó casi «in albis» en ese «toro de la merienda», si no llega a sufrir una fea voltereta el diestro extremeño mientras descabellaba y que despertó a los comilones. Por contra, se han concedido auténticas orejas de tómbola para faenas vacías de rodillazo final y espadazo deficiente, aunque efectivo. Y no por ello deja Pamplona de tener su importancia en el calendario taurino. 

Si bien es cierto que ha habido toreros que a lo largo de su historia no han querido actuar puntualmente en la plaza propiedad de la Casa de Misericordia, como ocurre en la actualidad con Morante de la Puebla o Manzanares. A muchos se les hace muy duro comparecer año tras año ante una afición tan «singular» y un toro tan ofensivo. Mas como igualmente en la capital navarra se paga bien, pero que muy bien, allá que suelen anunciarse (y hacen bien) la mayoría de los primeros nombres del escalafón.

Frente a ese jolgorio navarro nos encontramos en estos mismos días con la feria de un pueblo del sur de Francia enclavado en la llamada «Cataluña norte», de nombre Ceret. El 14 de julio, fiesta nacional francesa, ondea la «senyera» y se escucha en pie «Els Segadors». Y la lidia del toro en sus tres tercios se cuida como casi en ningún otro enclave taurino. La Association des Aficionados Cérétans (ADAC) se vanagloria como organizadora de que, si hay que gastar más dinero para mejorar un cartel, se invierte en los toros, y no en los toreros. Y anuncian a los picadores, a los que pagan más por hacer las cosas bien. Esta «rara avis» del planeta taurino se da, fíjense la paradoja, en un lugar donde se sienten tan catalanes como los que niegan y prohíben la tauromaquia a este lado de los Pirineos. El contrasentido se eleva exponencialmente si nos paramos a pensar que estos dos bastiones de la tauromaquia, Iruña y Ceret, no son precisamente dos ejemplos de ese «españolismo» con que despectivamente se suele relacionar a la fiesta taurina. Y en ambos enclaves, el toro como centro de todo y con una presencia impecable. Los tópicos, una vez más, echados por tierra ante las evidencias.

La izquierda «casposa», esa que quiere los votos del animalismo de salón para quitarse de encima unos complejos que nunca fueron de su ideología, va pegando palos de ciego (cuidado, que a veces duelen) allá por donde le dejan para aparentar una progresía vacua que nada tiene que ver con su historia y con la realidad. Por eso luego surgen polémicas como la del cartel de Miguel Hernández o interpretaciones espurias del mismísimo Goya. Tienen que manipular y mentir porque les es necesario. Pero claro, también está Pamplona, y está Ceret…

Por las redes virtuales andan estos días advirtiendo de que un canal televisivo privado quiere llevar a cabo un supuesto documental sobre la tauromaquia, y para ello han tratado de captar la impresión de algunos aficionados por esos cauces internautas. Del otro lado han puesto a José Enrique Zaldívar, veterinario presidente de AVAT, pretencioso antitaurino que se alegra públicamente cuando un torero muere, como ocurrió recientemente con Iván Fandiño. Será una parodia más, claro está, en favor de esa ya no tan nueva moda del buenismo animalista que nada tiene que ver con el ecologismo. Vean, si no, los esperpentos de Marisol Moreno, concejala de sus animalitos y reconocida entusiasta del tal Zaldívar. Lo dicho: esos tópicos que la misma realidad echa por tierra. Porque esta Goya, está Pamplona, está Miguel, está Ceret, y tantos otros, y tantas otras…

Publicado en Diario Información 

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