Tarde de toros y toreros

Granada tiene una historia irrenunciable en el mundo de los toros, con claras aportaciones de las que hacen afición.

Por TITO ORTIZ.

La tarde del 23 de junio de 1973, cuando salía de la plaza de toros de Granada, mi padre me paró bajo el arco de la puerta grande, y me dijo: «Juani, ya has visto toros para toda tu vida». Y no se equivocó, porque después de aquello que habíamos presenciado los dos en el tendido, no he logrado superar el entusiasmo, por muchos toros y toreros que he visto a lo largo de mi vida. Aquel Corpus mágico comenzó con la caída del cartel de Paco Camino, que anunciaba retirada de los ruedos, y a don Luis Miranda no se le ocurrió otra cosa que sustituirlo con su paisano y rival en los ruedos, Curro Romero. Pero es que el cartel lo encabezaba, nada más y nada menos, que Luis Miguel Dominguín, que llevaba más de una docena de años sin torear en Granada, y venía con tal fuerza, que recibió a su primero de Juan Pedro Domecq con dos largas cambiadas de rodillas en el tercio, como si de un novillero debutante se tratara. Vestía un terno, verde manzana y blanco, con los bordados diseñados por Picasso, y calzaba medias blancas. Solo verlo vestido para torear de aquella manera ya valía la pena haber pagado la entrada.

Curro Romero en su primero recibió una de sus acostumbradas broncas, y se le arrojaron algunos rollos de papel higiénico, como era costumbre, pero en el segundo puso literalmente la plaza bocabajo, con el delirio en los tendidos que yo no he vuelto a vivir nunca, lo mismo que no he vuelto a ver a los tres espadas dar la vuelta al ruedo juntos y a la vez, con la plaza puesta en pie, las palmas echando humo y las gargantas rotas del clamor. Y remató la tarde nuestro José Julio Granada, que en su primero destapó todos los tarros de las esencias, cuya fragancia viaja aún por los aires de Granada. No hay tarde como aquella tarde.

La escuela del club taurino

Granada no ha vuelto a vivir una rivalidad taurina como la que protagonizaron los novilleros Rafael Mariscal y Miguel Montenegro. ‘Mariscalistas’ y ‘Montenegristas’ llegaron incluso a las manos, por defender al torero de su afición. La escuela taurina del Club Taurino se encargó de formarlos y lanzarlos a la gloria del toreo, para regocijo de una Granada taurina, que los vio triunfar, no solo en su tierra, sino en todas las plazas importantes de España y América.

Aquellos dos niños granadinos pusieron Vista Alegre en pie la noche de su mano a mano, y Madrid se les rindió. Pronto surgieron sus peñas taurinas y la intención de contar con ellos para todo, en la ciudad que los vio nacer y crecer.

Hasta la albaicinera Virgen de La Aurora llevó los bordados de sus vestidos de torear en el palio. Granada hervía con las dos aficiones encontradas, y el club taurino era entonces un centro de actividad frenética, hasta el punto de que un toro muerto mató a un socio. Sí, he dicho bien, un toro muerto mató a un socio.

Costumbre era que los taurinos se reunieran en el salón de la chimenea a leer el periódico, y un día ocurrió lo imposible. Una de las cabezas de toro que colgaba de la pared, con su placa en la que se leía la ganadería, el nombre del bicho y los caballos que había matado en la plaza del Triunfo, se descolgó al fallarle la alcayata, con tan mala fortuna que un socio que bajo ella leía el IDEAL resultó muerto en el acto.

De los toros no puede uno fiarse, aunque estén muertos y disecados.

Años más tarde, Granada iba a recobrar su afición y su ilusión taurina, con la irrupción de un torero diferente. Ricardo Puga, ‘El Cateto’, logró hacerse un hueco en la Granada taurina con su verdad taurómaca y originalidad, porque se hacía anunciar en unos enormes carteles, vestido de pana y albarcas, con un haz de leña al hombro. Algunos decían ver en él la reencarnación de otro mítico torero granadino, Miguel Gálvez, ‘El Lechero’, que en 1737 tuvo bastante renombre. Ricardo Puga Cifuentes, ‘El Cateto’, nacido en Juviles, tomó la alternativa en Motril de manos de Curro Girón, y actuó como testigo el torerazo de nuestra tierra José Julio Granada.

‘El Cateto’, en su corta trayectoria, revolucionó a la afición, y hoy su estirpe sigue siendo famosa, porque su sobrino es el Mago Migue, tan querido por todos nosotros, y su hermano y padre del mago internacional, Francisco Puga, nos arrancó durante mucho tiempo una sonrisa al ver sus chistes en la prensa local firmados como ‘Frapuci’.

Fuente: Ideal

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