Toreros, carretera, manta y miedo

Los coches de los diestros cruzan el planeta toro desde Tarifa a Burdeos en pleno verano | Desde la llegada del automóvil, la torería recorre el país a la velocidad del calendario festivo
Por JOSÉ LUIS BENLLOCH.

Carretera y manta. Y su ración de miedos y sueños. Llegado agosto la temporada taurina se desparrama por el mapa patrio, cruza los Pirineos y despliega todo su potencial sin distinción de clases ni cotizaciones. Figuras, aspirantes, artistas y trabajadores del mundo del toro, ganaderos y ganaduros, pícaros y eclesiásticos que de todo hay, viven estas fechas el culmen de la temporada. Hasta el punto que no vestirse de torero para la Virgen de Agosto se consideró siempre un oprobio en la profesión.

No ha cambiado mucho esa percepción, por encima de la crisis y de los anti que a todos los rincones alcanzan, estos días un ejército se pone en marcha por tierra, mar y aire. El medio depende del bolsillo de cada cual.

La imagen más reconocida en el imaginario popular es la de los viejos coches americanos, los aigas. «Déme el más caro que aiga», dicen que pidió el nuevo rico de la época en la tienda de coches y aiga quedó como apelativo para los autos más aparatosos, fuesen de la marca que fuesen.

Aquellos coches sólo estaban al alcance de los ricos, los S.P. y los toreros que entonces eran ricos como futbolistas. Surcaban cuales trasatlánticos la geografía española, de pueblo en pueblo, de feria en feria, abriéndose paso entre las multitudes que les esperaban impacientes. «¡Los toreros, han llegado los toreros!», gritaba la chiquillería en cuanto los avistaban. En ellos viajaban las cuadrillas, hasta ocho personas y a nadie le podía extrañar que en aquellos años de estrecheces se colase alguno más, en ocasiones el mismísimo matador.

Entre todos ocupaban los asientos tradicionales y los transportines, asientos desplegables aplicados a las espaldas de los sillones delanteros, en un aprovechamiento máximo del espacio que ponía a prueba las articulaciones y la edad de los usuarios. 

Aquellos aigas de baca y botijo -también conocido como búcaro, con el que se mantenía el agua fresca antes de que existiesen neveras y aire acondicionado- han dado paso a las nuevas furgonetas de confortables sillones, algunas disponen incluso de una cama, que hacen innecesaria la célebre frase de Ordóñez que aseguraba que para ser figura del toreo lo primero era saber dormir en los coches. De otra forma no habría quien aguantase el trajín físico de una temporada.

Estos vehículos actuales, menos glamurosos y más impersonales, también más rápidos y más prácticos, lucen los nombres del jefe de la cuadrilla con escandalosa grafía y cruzan España de arriba abajo como lo hacían los aigas, sin hacer distinción entre las capitales y las pequeñas poblaciones.

Del aiga al avión

Los matadores, hablemos de las figuras, antes como ahora suelen viajar aparte, en vehículo de más standing, con su chofer, en ocasiones con el apoderado o con algún amigo más próximo. Sólo cuando viene una racha mala algunos deciden viajar con la cuadrilla porque piensan que con ellos se distraen menos con los ambientes festivos que les rodean y andan más metidos en faena.

También hay quien en momentos puntuales recurre al avión privado que les ahorre el cansancio y le arañe horas al viaje. Juli, Ponce, Morante y Manzanares –entre otros- los han utilizado en diversas ocasiones. Juan Bautista viajó el domingo en helicóptero desde Dax, donde toreó por la mañana, hasta Calatayud, donde toreó esa misma tarde. Enrique Ponce tiene previsto volar en un jet privado los próximos días para llegar a Linares desde Bilbao, dichos como ejemplos más recientes.

Compañeros de viaje inevitables son los miedos y las responsabilidades. Los matadores suelen comentar que tienen plaza fija en el auto, pero esos acompañantes sólo ocupan plaza en el estado de ánimo. Ureña asegura que lo mejor es hacerse amigo suyo; a otros les retrotraen a lo que sucedió el día anterior en la plaza y vuelven a lidiar el mismo toro una y otra vez en busca de la faena perfecta mientras el coche devora kilómetros de autopista. Y si llegan las pesadillas, la más recurrente es la del toro que te busca por todas partes sin descanso, lo mejor es abrir los ojos, parar en el primer área de servicio e iniciar una conversación con el primer madrugador que te encuentres.

«¡Coño, si tú eres Curro Díaz!», cuenta el linarense que le espetó un paisano después de hablar un buen rato sobre lo mucho que le gustaba su toreo sin reconocerle. La anécdota le subió la autoestima y le borró los fantasmas.

Del kilométrico a la alta gama

En su tiempo, Joselito, Belmonte y Granero viajaban en tren, aunque de la fonda a la plaza ya se utilizaban los autos. Incluso con anterioridad a ellos.

A principio de temporada los diestros más famosos mostraban los billetes llamados kilométricos que servían para toda la temporada e implicaban descuentos. Hay deliciosas fotografías iniciando los viajes y anécdotas de lo más esclarecedoras de cómo se vivían entonces los viajes, como aquella que asegura que Joselito y Belmonte viajaban juntos en el mismo departamento hasta que se aproximaba la estación de destino y se separaban para que los partidarios no entendiesen que se llevaban bien.

Manolete viajaba en su célebre Cadillac o posteriormente con el Buick verde que todos conocían en cuanto le avistaban por las carreteras. Paco Camino, lo mismo que El Cordobés, tuvo un Rolls entre otros grandes coches.

En la actualidad Juli viaja con un Audi, Ponce con una Mercedes Viano preparada expresamente para él; algo parecido ha elegido Manzanares también apuntado a Mercedes aunque su padre utilizó un Jaguar y un Cadillac; Ferrera va con un Range Rover, Fortes con un Lexus, Curro Díaz también apostó por un Audi, todos de alta gama -faltaría más- y de nada por la publicidad.

Todos ellos perfectamente adaptados para dormir. Son tan cómodos que en ocasiones los matadores llegan al hotel tan dormidos que el chófer en vez de despertarles para que ocupen la habitación les deja seguir en manos de Morfeo.

Publicado Las PROVINCIAS 

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