Obispo y Oro: La Inspiración 

Por Fernando Fernández Román.

Ayer, en Valladolid, pude palpar la inspiración a menos de cinco metros de distancia. Soy consciente de que hablar de inspiración y mensurarla con el sistema métrico decimal puede parecer un contrasentido, pero es que la distancia, a veces, es cosa primordial para la captación de las cosas, incluso las cosas inmateriales, como en este caso.

La inspiración es cosa intangible, etérea, estro fantasmal de la gente que se alimenta, como los dioses, de una ambrosía incorpórea. Dicen que los poetas son sus principales consumidores, pero yo creo que la inspiración viaja por el espacio sin rumbo fijo, para posarse de forma súbita en el imaginario regazo de todo artista. Y si el toreo es, sobre todas las cosas una manifestación artística, no puede, no debe zafarse jamás del súbito rapto de la inspiración.

Ayer, repito, a eso de las ocho y media de la tarde, la inspiración se dio un garbeo por la plaza de toros del paseo de Zorrilla y el torero Antonio Ferrera le echó el guante sin que nadie, salvo él, nos diéramos cuenta. La inspiración se fue adueñando, poco a poco, del cuerpo menudo del torero y el torero se dejaba querer. Estaba abandonado de sí mismo, metido en otro mundo, ese mundo de la levitación que tratan de contar –sin demasiado éxito– los libros de nuestro Siglo de Oro, que es el del florecimiento del arte y la literatura española, además de culmen expresivo y creativo de Teresa de Cepeda y Ahumada, la consumidora de inspiración más destacada de nuestra Historia.

Pero bajemos a ras de suelo, que es nuestro deber y el sitio que nos designa la realidad terrenal.

Estaba, digo, retrepado sobre la contera enladrillada y enfoscada –sucia, por demás—del burladero del callejón y frente a mí, en el ruedo, casi pegado a las tablas de la barrera, podía ver de medio cuerpo para arriba al toro negro de Torrehandilla y el de Antonio Ferrera, también de la cintura a la cabeza. Se arrimaba Ferrera a los pitones con el mentón apoyado en el nudo de la pañoleta, la muleta colgada de su mano derecha, y la mano izquierda medio encogida a la altura del fajín. Me fijé atentamente en su expresión. Estaba en éxtasis. Fuera, repito, del mundo de los demás. Se arrimaba al toro pasito a pasito, hasta que los cuernos le rozaban la ropa y la expresión de su rostro ni se inmutaba. De pronto, sacaba la punta de la muleta hasta tocar el hocico del animal, y el buen toro –la bondad debe empatizar  mucho y bien con la inspiración—seguía el trazo de la tela roja con beatífica sumisión. Y así una y otra vez, con la derecha y con la izquierda, en series de pases que iban reduciendo la velocidad del trazo a medida que la inspiración se apoderaba de la anatomía del hombre que vestía de tabaco y oro, especialmente unos ayudados por alto antológicos. Los oles llenaban en ambiente y las ovaciones subrayaban los capítulos lentos y largos que iba escribiendo el torero, el artista Antonio Ferrera, sobre la tierra amarilla del ruedo vallisoletano. No recuerdo bien si le dieron un aviso al torero, pero si se lo dieron cabe preguntar: ¿se le puede avisar a la inspiración? ¿De qué se le avisa? ¿Se le conmina a que se vaya? ¿No será una aberración reglamentaria? Tampoco me importa –ni al público ni al presidente le importaron—el pinchazo que precedió a la estocada letal. Qué más da. Tampoco me importan demasiado las dos orejas con que se premió la obra de arte. Supongo que al torero sí le importan. Los toreros, quizá, no saben que la inspiración ya es en sí un premio extraordinario e inusual y, como la inspiración misma, inmaterial.

El resto de la corrida se difumina con el suceso de ese quinto toro. Los dos primeros ejemplares  de Torrehandilla fueron grandes como armarios, pero armarios de perchas vacías por dentro. Vacías de casta brava. Ni Padilla ni Ferrera pudieron lucir con estos armatostes. El tercero, de Torreherberos, fue, sencillamente un inválido que fue apuntillado en el ruedo con las banderillas sobre el lomo, después de una laboriosa, tediosa e infructuosa operación de devolución a los corrales. Juan José Padilla le cortó la oreja a un toro noble, tras un faenar empeñoso, en el que destacó una templada tanda de naturales, y José Garrido–sustituto de El Fandi—se llevó otra del sobrero de Fernando Sampedro, un toro bravo que tuvo escaso fondo, al que toreó espléndidamente de capa, cuajando algunas tandas de muleta de buen trazo y bello embroque. Después, el joven torero mostró su capacidad para imponerse a la complicada agresividad del imponente y cornalón toro de Torreahandilla que cerró la larguísima y ventosa corrida.

Cuando abordábamos los andenes exteriores de la Plaza, todavía se dejaba notar el remusguillo de la inspiración, mientras el hombre que la había acaparado apenas media hora antes, se bamboleaba sobre las cabezas de los espectadores  que abandonaron el graderío y de los transeúntes que pasaban por allí.

¡Ah, la inspiración! Yo noté su pálpito a unos cinco metros de distancia. Llegó ayer tarde a Valladolid, de improviso y se posó en el torero Antonio Ferrera. Como decía Pablo Picasso, lo importante es que, cuando la inspiración llegue, te pille trabajando. 

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