¿La Fiesta en Paz? Taurinos autocomplacientes, la verdadera amenaza

Por Leonardo Páez.

Otro fantasma recorre México: la autocomplacencia, acentuada en las últimas décadas por los personajes que han ocupado el cada día más desprestigiado cargo de Presidente de la República, satisfechos, todos, de su mediocre desempeño; ufanos de sus imperceptibles logros; entusiasmados con su torpe discurso de autoelogios; orgullosos de su desapego de la realidad y, lo más grave, ante la indiferencia de una sociedad a la que ya hartaron con la acumulación de ridículos, corrupciones y cinismo.

Dóciles a los lineamientos de Washington, hace más de tres décadas que ninguno de los metidos a primer mandatario se atreve a mencionar en público palabras como tauromaquia, tradición taurina del país u inobservancia de la normativa correspondiente, y orondos con su falsa modernidad prefieren dejar la fiesta de los toros en manos de poderosos amigos, partidarios de las autorregulaciones, no de apuntalar tradiciones.

El clasismo que denunció el matador Luis Conrado en este espacio la semana pasada, tomó carta de ciudadanía gracias a esta indiferencia oficial, a los promotores autorregulados y a sus voceros, que prefieren escurrir el bulto de su responsabilidad señalando a antitaurinos, animalistas y legisladores impresentables como la gran amenaza para la fiesta de toros, ocultando así las numerosas desviaciones en que han incurrido estos alegres taurinos, sin que nadie ose llamarlos a cuentas, que la transparencia es tema de discursos, no de realidades. La afición, como la ciudadanía con los gurús sexenales, sólo se encoge de hombros ante tanta ineptitud.

Además de la pobre oferta de espectáculo con toros y toreros predecibles, autoridades y comunicadores a modo, e importaciones ventajosas demasiado vistas, a los empresarios más ricos en la historia de la tauromaquia no se les ocurre nada mejor que apoyar a figuras extranjeras consagradas en lugar de apostar por la vocación de toreros mexicanos con hambre de ser y capacidad de entrega, reduciendo una tradición de 491 años en nuestro país a espectáculo monótono que día a día pierde adeptos por la falta de imaginación del empresariado para recuperar emociones y pasiones en las plazas.

Ensimismados en el mundito que crearon a la medida de su sensibilidad y de espaldas a un público siempre dispuesto a pagar por emociones a partir de la bravura de las reses y la entrega sin adjetivos de los diestros, no se les ocurre voltear los ojos hacia la sociedad e involucrarla en el rico fenómeno cultural que ha sido la tauromaquia. Como está hoy, la fiesta de los toros apenas genera noticias y opiniones relevantes dado, repito, lo predecible de los protagonistas y escasa rivalidad a partir del predecible comportamiento de las reses, pasadoras, no bravas. De ahí que cuando ocasionalmente un torero llega a ser lastimado, los comunicadores a modo se apresuren a exaltar el carácter azaroso de la lidia, aunque el drama del encuentro sacrificial se haya diluido en aras de un toreo de posturas e imposturas.

A los promotores taurinos el sentido común se les volvió ciencia y convocar periódicamente a concursos nacionales de diseño gráfico, pintura y escultura, fotografía y video, literatura, música y tesis profesionales, concebidos como atractivos factores de promoción y creación de expectativas y reforzamiento urgente de la imagen de la fiesta, les parece innecesario. Por ello prefieren recurrir al expediente de los peligrosos antis. Esta autocomplacencia de los taurinos es el verdadero enemigo de la fiesta.

Fuente: La Jornada 

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