¿La Fiesta en Paz? Adiós, Victorino, ejemplo ganadero de minorías y emoción de multitudes

Por Leonardo Páez.

Entre las sandeces que a diario se dicen en el medio taurino hay una que resulta más lamentable que el resto, y es cuando un taquillero o boletero, con buena intención pero a la vez con impertinencia –ambas suelen emparejarse– le dice a alguien al entrar a la plaza: Que se divierta. De inmediato hay que aclararle a la persona: “Lo correcto es decir ‘que se emocione’, pues para divertirse están los payasos o los políticos. La bravura emociona, no divierte”.

Pero con las confusiones y claudicaciones que en las recientes décadas se cargan los taurinos –el neoliberalismo causa daños colaterales, sabe usted–, el arte de la lidia de reses bravas se ha reducido a diversión para públicos desinformados y a terapia ocupacional para magnates entusiasmados, no con la bravura sino con las posturas que permite el toro pasador a algunos que figuran, pues la mayoría sufre una severa despersonalización.

Las verdaderas figuras llenaban las plazas y jamás rehuían la pelea, salvo contadas excepciones, como Gallito frente a Gaona, o los que figuraban frente a la plenitud torera de Armillita. Y, desde luego, esas figuras, siendo selectivas, no exageraban, a diferencia de los que figuran, comodinos hasta la náusea con ganado y alternantes, en alarde de poderío frente a las postradas empresas e inadvertidos públicos, no frente al toro bravo. Rechazaron el privilegio de ser referentes de heroísmo y sólo son hombres de negocios.

La partida física del prestigiado ganadero español Victorino Martín Andrés (6 de marzo de 1929, Galapagar – 3 de octubre de 2017, Cáceres) ofrece varias lecturas. La primera, su firme convicción de que la emoción de la lidia recae, fundamentalmente, en el toro bravo, que debe ser eso, bravo, con instinto de pelea, dispuesto al combate, no predispuesto al falso arte sin bravura, sabedor de que sus astas no son de adorno sino de ataque, no para someterse al primer cite, sino ante quien posea la capacidad de mandar y ligar su embestida. Lo opuesto a pasar, pues.

La segunda, que en medio siglo de criar reses bravas, Victorino jamás se plegó al espíritu de la época, es decir, al posmodernismo facilón, a las exigencias de los que figuran, a las componendas de apoderados y empresas ni a la desidia del público –cada vez menos formado y peor informado por la crítica positiva– que, sin embargo, acude a las plazas cuando se anuncia una corrida de Victorino, quien desde 1967 empezó a ver cómo triunfaban sus toros, no obstante que con mucha frecuencia son lidiados por toreros de discreta expresión, ya que no son ejemplares del gusto de los estilistas.

La tercera lectura es que la fama de los victorinos proviene de su tauridad, ese calificativo de nuestra invención que en las reses bravas equivale a lo que en las personas es personalidad, rasgo distintivo de actitud y comportamiento que les permite destacar sobre las demás. Tauridad, entonces, es sinónimo de bravura notoria, capaz de dar un espectáculo emocionante, no bonito, precisamente por su transmisión de peligro, no de docilidad, y su exigencia de dominio, no de comodidad; reses que a la fiereza pueden aunar fijeza.

La cuarta y última lectura es que Victorino Martín y unos cuantos hierros más continúan vigentes en España porque el sistema taurino, por más esfuerzos de la tauromafia, le sigue dando juego a esas ganaderías, si no como sinodales de los figurines, que sistemáticamente las evitan, como referente de bravura para mantener con vida la magia negra de la lidia.

Publicado en La Jornada 

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