Armillita, torero de culto y gran dinastía


Por Carlos Abella.

Y ahora ha muerto Miguel Espinosa «Armillita». Su adiós se ha producido sólo 10 meses después del fallecimento de su hermano (de padre), Manuel Espinosa.

Miguel fue un torero de culto y no sólo por ser miembro de una inmensa dinastía taurina -la más importante con la de los Silveti de aquellas tierras-, fundada por su tío Juan y prestigiada por su padre, el grandioso torero Fermín Espinosa «Armillita Chico», rival de losimponentes toreros de los años 20 y 30: Lorenzo Garza y El Soldado allá y acá Marcial Lalanda, Domingo Ortega y los estilistas creativos como El Niño de la Palma, Victoriano de la Serna o Gitanillo de Triana. Sino sobre todo porque Armillita fue un torero de clase, de corte totalmente clásico, dotado de la mágica naturalidad de los toreros que tenidos por cautos son capaces de torear más despacio y por tanto con mayor riesgo que los que pasan por ser tremendamente valerosos.

Anoche recreé las muchas corridas que le vi en España y México y que se remontan a una novillada celebrada en Barcelona en 1977. Cortó una oreja a un novillo de Marín Marcos, dejando en palabras del profesor Santainés «perfume de torero». Tomó la alternativa en Querétaro el 26 de noviembre de 1977de manos de Manolo Martínez y en presencia de Eloy Cavazos y José María Manzanares. El 18 de febrero de 1979 confirmó en la Monumental mexicana con Mariano Ramos como padrino y El Niño de la Capea como testigo. Su confirmación española en Las Ventas se retrasó hasta 1983. Fue de manos de Manolo Vázquez y de nuevo en presencia de Manzanares. Madrid siempre acogió con agrado sus distintas actuaciones en los años 80 y 90. Presenció el clamoroso éxito de César Rincón el 21 de mayo de 1991, cuando padeció una muy grave herida en su cuello producida por el palotazo de una banderilla. Tanto me gustó su toreo que fui en septiembre de 1992 a la Feria de Salamanca solamente para verle torear junto a César Rincón y Rafael Camino una corrida de toros de Dionisio Rodríguez: Miguel volvió a torear exquisitamente con la izquierda.

El 24 de octubre de ese año protagonizó el cénit de su magisterio en el festival homenaje en Las Ventas al malogrado Julio Robles. Acreditó la calidad de su toreo y la exquisitez de su temple. Bastó un ajustado número de relajados derechazos y naturales para hacer vibrar la plaza de Madrid, como sólo son capaces los elegidos, y salir por la Puerta Grande. En noviembre de 1992 vi torear también a Miguel en la Monumental de México con su clase y despaciosa actitud, con la que competía con toreros más dotados de poder, esforzados o tenaces. La última vez que se vistió de luces fue en 2009 para confirmar la alternativa a Cayetano Rivera Ordóñez en el mismo grandioso escenario. Allí cortó un rabo en 1986 y 1995.

Sólo tenía 59 años y con su desaparición el toreo pierde a un significado intérprete y a uno de los que mejor ha sabido comprender y materializar la conjunción artística que existe entre la embestida de un toro de lidia y la composición estética de un hombre.

Publicado en El Mundo 

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