Opinión: Muy gratos e inolvidables recuerdos


Por José Alberto Vazquez B.

Les llamábamos “larines”, eran unas estampas coleccionables, las más célebres y buscadas eran las de los álbumes de Walt Disney con las aventuras de “Pancho Pistolas” —se trataba claro de ver quien llenaba primero el álbum—,  se hacía cambalache, se jugaban volados, apuestas y verdaderas arrebatingas de paquetes enligados de estampas.

Para todos aquellos que han elaborado remembranzas, recuerdos de atardeceres y bien entradas las noches jugando en la calle a orilla de banqueta y bajo la tenue luz de lumbreras, que las luminosas de hoy todavía no existían, esas llegaron después. Así era el entretenerse. Y parte del entretenimiento, aparte del trompo, bolero, las canicas, la temporada del “Yo-yo”; de jugar retaches contra la pared, llegaban los álbumes coleccionables y que había que llenar a güebo.

Por supuesto que estas estampas eran oro molido para los que desde entonces — corrían los primeros años de los cincuenta—, ya éramos apasionados aficionados al toro, de escondernos en los chiqueros vacíos, abrevaderos rajados que filtraban agua y entre las pacas de alfalfa y achicalado, en el Toreo de Puebla para permanecer ocultos después del sorteo y entorilamiento y aparecer de colados en los tendidos de sol —por eso sigo siendo de sol—, a la hora que sonaban parches y metales.

Un gran castigo, con regaño incluido me costó el haber pegado, con pegamento del que sí pegaba, la estampa preferida de Juan Silveti, como Ángel de la guarda a la cabecera de la cama, de caoba oscuro, y el daño subsecuente al despegarla tiempo después.

Pasaron los años, Juanito venía a Puebla con frecuencia, toreaban aquí sus hijos; uno que fue rey, David se llamaba, y el otro torero de profesión y arquitecto de oficio, siempre con el paliacate rojo bien planchado y doblado en el bolsillo trasero del blue-jean también bien planchado y marcada la línea del doblez: rosario en mano, Alejandro Silveti, acompañado de su padre Don Juan Silveti Reynoso, asistía puntual y serio a los sorteos. Siempre con su presencia evocaban lo que ya era una leyenda, la grandeza, el valor indomable, seco, abrupto del padre y abuelo: Juan Silveti Mañón, llamado “El Meco”, como aquel lugarteniente de Agustín Lorenzo en “Los Bandidos de Río Frío” de Manuel Payno, valor que los cronistas, comentaristas y revisteros de la época tildaron de Juan sin miedo y tuvieron que diferenciar del otro, sereno, tranquilo, lleno de inspirado arte de Juan “El tigrillo” también Sin miedo como se conociera a Juanito.

En los prolegómenos de la corrida, o con motivo de la llegada de los toros Juan venía a Puebla, se iba otro día después del festejo y como rutina de agenda, se incluía disfrutar de la exquisita paella que tanto apreciaba en casa de los López Lima,

Tan deliciosa como la paella era la charla de Juanito, verdadero sibarita; un auténtico Zalacain, quienes antes le conocieron al ver que nos dispensada con su amistad y charla, muchas veces nos dijeron: “ya que pueden estar cerca de él disfruten sus remembranzas; andanzas por tascas, casetas de ferias, romances con mujeres, vino y buenas viandas”. Recuerdo que fue otro don… Don José Huerta, quien años después también venía a los  sorteos, entorilamientos y festejos, él traía a Fermín Spínola de novillero y Juanito venía con David Villaseñor a quien traía El Rey David. ¡Que charlas aquellas! Fue una orden lo que José Huerta dictó: ¡Pégate a él y escúchalo! No creo que exista otro mexicano como él, torero o no torero que haiga —Así hablaba Joselito—, disfrutado más intensamente de pachangas, buenos jamones, vinos y gachis en las españas. ¡Esto era una gran verdad,

Le vimos la última vez en la pasada feria de San Juan del Rio toreaba Diego. A paso ya muy lento iba Juanito llevado del brazo de Alejandro. Enterado de su fallecimiento a los 88 años, he sacado de su lugar en el librero el álbum de larines, estampillas de toreros y he visto la de Juan Silveti Reynoso se veía borroso, quizá porque ¡los ojos estaban húmedos…!

Publicado en Intolerancia 

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