Plaza México: Toreo desazón, no de salón, a cargo de Sánchez, Saldívar y Marín

Juan Pablo Sánchez. Foto Plaza México.

Por Leonardo Páez.

Más de 250 ganaderías de bravo hay en el país, sin embargo, la nueva empresa de la Plaza México no logra presentar carteles medianamente atractivos siquiera en lo que a toros se refiere. ¿Quién fue el antitaurino que decidió no traer esta temporada un encierro de la triunfadora dehesa de Piedras Negras? ¿Qué concepto de bravura manejan? ¿A qué pelmazo se le ocurre imponer estos encierros? ¿Así quieren que el público asista? De no creerse este pobre concepto de espec-táculo a cargo de la empresa más adinerada en la historia del toreo.

Por eso ayer, en la duodécima corrida de la temporada en la Plaza México se registró otra muy pobre entrada, precisamente por lo poco contrastado del cartel, con dos diestros mexicanos de sobrada trayectoria para alternar cada uno con una figura consolidada, no con un joven importado desconocido. Si a ello se añade la casi nula publicidad del festejo y lo predecible del ganado de De la Mora…

Hicieron el paseíllo Juan Pablo Sánchez (25 años, siete de alternativa y 27 corridas en 2017), Arturo Saldívar (28 años, siete de matador, 24 tardes en 2017 y cuatro en 2018) y el español Ginés Marín (20 años, un año ocho meses de doctorado, 49 corridas en 2017 y triunfador de la Feria de San Isidro el año pasado) con cinco toros de Fernando de la Mora y uno de Xajay, al ser rechazado uno impresentable del de por sí terciado hierro titular.

Cuando la gélida tarde se despeñaba por la agreste barranca del tedio –diría alguien inspirado– salió en quinto lugar el de Xajay, Luna nueva, con 530 kilos. Un toro bien armado, de pelaje cárdeno claro, armonioso de hechuras y comportamiento exigente que contrastó con los sosos, anovillados y pasadores de Fernando de la Mora. Le correspondió a Arturo Saldívar, que a punto estuvo de ser prendido al realizar una comprometida larga cambiada en tablas.

El toro empujó en un puyazo certero de Héctor Delgado –la bravura se pica sola– y embistió con fuerza en un preciso par de Diego Martínez, que saludó en el tercio, pero todo esto no pareció verlo Saldívar, que en lugar de doblarse para someter y fijar al astado en la muleta, se plantó para torear por derechazos mecánicos, como si de otro pasador se tratara. Hubo colocación, escaso mando y menos estructuración. Cobró una estocada entera y lo que debió ser una faena de fuste se quedó en trasteo de trámite, sin la entrega requerida, pues la torería no repara en la concurrencia exigua, sino en el duelo de compromisos.

El cierra plaza, escurrido de carnes, fue otro burel pitado de salida, por lo que el juez Enrique Braun ordenó la devolución de lo que previamente había aprobado, añadiendo otra perla al collar de contradicciones a que nos tiene acostumbrados la autoridá. Hondo y silleto o pandeado del lomo, fue el sustituto del hierro de Montecristo, que recargó en una vara trasera. Empezó a llover y a soplar el viento, Ginés Marín resbaló en la cara y fue trompicado varias veces sin consecuencias, no así uno de sus asistentes de civil, que fue sacado del burladero y recibió una cornada. Cuando sonó el tercer aviso dobló por fin el toro tras recibir incontables golpes de descabello.

Ah, y Juan Pablo Sánchez desplegó su temple ante dos mesas con cuernos en minitandas tan insípidas como los enemigos. Alguien se propuso superar la acumulación de pifias de la empresa anterior y lo está logrando.

Publicado en La Jornada

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