TOROS Y FILOSOFÍA HOY: DOS FORMAS DE JUGARSE LA CABEZA (7. Símbolos del sacrificio; 8. Sacrificio de los símbolos)

Por Jean Juan Palette-Cazajus.

7. SÍMBOLOS DEL SACRIFICIO

En mayo de 1984 la Revista de Occidente publica El sacrificio del Toro, de Julian Pitt-Rivers, etnólogo británico afincado en Grazalema, un artículo que se convertirá en uno de los míticos textos de referencia. El texto va a inaugurar una temática -correcto sería decir también una moda- en el tratamiento de la tauromaquia, cuya onda de choque se hace sentir hasta nuestros días. La cuestión de saber si la corrida de toros es un rito, o un sacrificio, o ambas cosas a la vez se va a convertir en ineludible para toda reflexión que aspire a ser tenida en cuenta. Aquella hoguera ya había empezado a prender con el libro de Álvarez de Miranda. Libro por otra parte fragmentario, inacabado, publicado por su viuda posteriormente a la muerte prematura de su autor. Con anterioridad, ya habían aparecido signos precursores. El escritor y dramaturgo francés Henry de Montherlantpublicaba en 1926 una autobiografía novelada donde narraba sus pinitos taurinos en Andalucía. La tradujo posteriormente al español Pedro Salinas. El propio título nos ponía sobre aviso: Los bestiarios. En varias ocasiones el narrador invocaba los antiguos ritos mitraicos y la religión tardorromana del “Sol invicto”. El escritor francés había contraído la pasión por estos temas al contacto de un personaje singular, el marqués de Baroncelli-Javon (1869-1943), considerado el “inventor” de muchas de las que hoy se consideran tradiciones taurinas indígenas en aquella marisma del Sureste francés llamada Camarga. Conviene tener en mente este concepto de Invención de la tradición, conocido título de una obra de Hobsbawm y Ranger que fue pionera en mostrarnos que las tradiciones pretendidamente más inmemoriales fueron habitualmente inventadas, reinventadas o remendadas en fechas asombrosamente recientes.

Es el caso de las tradiciones taurinas. En el actual «momento de la verdad» que ve el progresivo acorralamiento de las fiestas de toros por grupos de presión cada vez más poderosos y en un contexto ideológico y axiológico de las sociedades siempre más hostil, produce desazón comprobar cómo el argumentario de muchos de sus defensores se reduce al vetusto y pueril sonajero de la tradición. El estado actual de las prácticas taurinas populares y de la propia corrida de toros, lo veremos también a través de las tesis de Manuel Delgado Ruiz, es el resultado de la modernidad histórica y política. En cuanto al recurso a la antigüedad de los consabidos cultos, ritos y sacrificios del toro en el área mediterránea, con sus sempiternas referencias a las categorías de fertilidad, de fecundidad o de virilidad, su invocación ha pasado a formar parte de la panoplia y de la munición polémica de muchos aficionados. Un ejemplo reciente ha sido la difusión en Canal Plus Toros de un largo documental en el cual su director, André Viard, conocido y pugnaz defensor francés de las tauromaquias, muy obsesionado con tales referencias histórico-culturales, les dedicaba un espacio importante. Siempre hemos considerado que al margen de su incuestionable interés antropológico e histórico, la relación de estas antiguas categorías míticas o religiosas con los contenidos de la tauromaquia moderna y los problemas que la acucian es absolutamente tangencial.

Por eso no deja de ser sorprendente el éxito de la publicación de Julian Pitt-Rivers, cuya tonalidad general era la de un trabajo pensado para el lectorado británico y profano en cuestiones españolas y taurinas. Tampoco contiene nada susceptible de enganchar al aficionado práctico a los toros. La interpretación está basada en los conocidos polos de interés del etnólogo británico, es decir los valores tradicionales de las sociedades mediterráneas y en particular la Antropología del honor o política de los sexos para citar el título de una de sus obras más conocidas. Pitt Rivers aplica a la corrida de toros una mayéutica basada en el método estructuralista donde la deuda con los brillantes análisis de Lévi Strauss parece obvia. A partir de ella, pretende extraer una construcción simbólica, transitiva e inobjetable. Para Don Julián, la corrida de toros es una representación «de la modalidad andaluza de relación entre los sexos». Inicialmente femenina al inicio de la lidia, la figura del torero termina interiorizando la virilidad del toro, dándole la muerte al animal a través del explícito símbolo fálico del estoque. «A través de la representación de un intercambio de sexo entre el torero y el toro así como la inmolación de este último, que transmite su capacidad de engendrar al vencedor, se efectúa un trasvase entre la Humanidad y la Naturaleza: los hombres sacrifican el toro y reciben a cambio la capacidad sexual de aquél». Pero el rito solo puede entenderse cabalmente si contempla «el peligro de la sangre menstrual conjurado por el sacrificio de un animal con cuernos». Objetivo cumplido mediante una particularidad de la muerte del toro que consiste, según Pitt-Rivers, en que el diestro reasume plenamente su masculinidad cuando hunde el estoque en «esa vagina que le ha abierto el picador sobre el mons veneris de su lomo». La audacia y la truculencia de la demostración pueden producir desconcierto y perplejidad.

Pero la técnica comparativa es conocida y consiste en practicar, con más o menos acierto, talento y coherencia, un particular juego de «Lego» que manipula los elementos simbólicos según un método, el estructural, basado en jugar con las oposiciones, inversiones, sustituciones y transformaciones. El resultado resulta a menudo muy espectacular sin que estemos siempre en condiciones de establecer si se trata de hipótesis rigurosas y plausibles o de simples juegos malabares más o menos deslumbrantes. El brillo y sobre todo la coherencia de la demostración actúan como factores inconscientes de veracidad. Pitt-Rivers se cura en salud y cita a Víctor Turner para recordarnos que «el significado de los símbolos nunca es evidente para quienes los emplean y sólo aparece ante el que los observa desde fuera». El problema es que ninguna coherencia o lógica interna del discurso símbólico extraído de unos hechos contingentes -aquí el rito o sacrificio taurino- garantiza que la interpretación del observador sea la adecuada. No lo olvidemos, la construcción de cadenas simbólicas, lógicas e interpretativas, es un puro producto de la antropología occidental y de sus protocolos, caracterizados por la continuidad discursiva. Las sociedades tradicionales, rituales, no «construyen» símbolos interpretativos, «producen» símbolos usuales y ello de forma básicamente discontinua. La «vividura» -diría Américo Castro– de los Toros es un sentimiento interior, su interpretación etnológica es siempre una exterioridad. Mitos y símbolos en las pequeñas sociedades tradicionales aparecen pues bajo la forma de unidades discretas, a menudo antagónicas o contradictorias. Es la forma que adoptó el Pensamiento salvaje, tal como lo definió Lévi Strauss, para que dichas sociedades pudiesen disfrutar de una mínima transparencia para sí mismas.

8. SACRIFICIO DE LOS SÍMBOLOS

Aquellas sociedades pequeñas eran unánimes, no contradictorias. El conflicto sólo podía ser con el exterior so pena de suicidio colectivo. Eran sociedades «frías» cuya temporalidad era determinada por los mitos originarios y el culto a los antepasados. Su relación con el tiempo puede entenderse como una tentativa de abolirlo. Lévi Strauss pensaba que el tiempo de tales sociedades no era el de la historia. Hoy asumimos que ninguna sociedad puede librarse de algún régimen de historicidad. El punto importante es que tal historicidad puede seguir escapando a la conciencia y en todo caso abrirse camino contra la voluntad consciente de sus miembros. Nuestras sociedades, ellas, son plurales, contradictorias, movidas por el antagonismo, conscientes de ser arrastradas por el tiempo. Las sociedades tradicionales eran sociedades de la «duración», en el sentido bergsoniano, duración engendrada desde la vivencia. Las nuestras son las de un tiempo instrumental, mecánico, medido e impuesto desde fuera. En 1983, las relaciones entre los sexos en España o en Grazalema nada tenían que ver con los valores ancestrales que sostienen la construcción simbólica llevada a cabo por Pitt-Rivers. Incluso en 1954, fecha de publicación de su controvertida obra emblemática, The people of the Sierra, la historicidad y la modernidad movían la conciencia de los moradores del hermoso pueblo de la sierra gaditana en mucha mayor medida de lo que la distanciada mirada etnológica del estudioso británico estaba dispuesta a aceptar. Hacía tiempo que habían dejado de pertenecer a una sociedad «fría», si es que este hubiese sido el caso alguna vez. Julio Caro Baroja, amigo íntimo de Pitt-Rivers, mostraba cierta perplejidad ante este exotismo fundamental de la mirada y sobre la pertinencia del entramado simbólico extraído de la corrida de toros. En realidad creo que hay que leer, en filigrana de lo que escribe Pitt-Rivers, las huellas del capítulo del libro de Álvarez de Miranda titulado «Elementos rituales del toro nupcial en las corridas modernas».

Ciertamente, las comunidades rurales españolas, desde la Edad Media hasta los siglos XVI o XVII, eran efectivamente más próximas al tipo de microsociedad «fría» que al pueblo de Grazalema de los años 1950. En aquellos siglos, los valores dominantes eran claros, identificables y plenamente asumidos por el campo de la conciencia social. Cuando se usaba en el toro nupcial, a efectos lúdicos o rituales, un lienzo blanco del ajuar de la novia, cuando el novio -a veces la novia desde su ventana- clavaba al toro ensogado unas banderillas, los participantes no podían dejar de tener claro en ambos casos -la albura del lienzo y la sangre producida por las banderillas- la presencia de una evidente connotación virginal y sexual. La producción de trabajos casi miméticos, a veces hasta el esperpento, engendrada por el artículo de Pitt-Rivers fue notable. Lo más importante es entender las razones de semejante éxito. Inicialmente, son años en que coexiste cierta bonanza de la tauromaquia con alguna forma de interés y de benevolencia hacia ella por parte del mundo intelectual. Al mismo tiempo, los grupos animalistas hostiles a las fiestas de toros empiezan a movilizarse de forma cada vez más eficiente y organizada, en particular a través de un inteligente aprovechamiento de la esfera mediática. Los aficionados más lúcidos entienden que ese momento relativamente dulce para la tauromaquia no puede ocultar la transición hacia una actitud cada vez más defensiva. A partir de Pitt-Rivers, las referencias al espesor histórico-cultural o simbólico que sustenta la tauromaquia se van a utilizar en tanto que estrategia de legitimación, en tanto que coartada para su continuidad. Pero desde entonces las reflexiones sobre la tauromaquia irán adoptando también cierto carácter de autopsia. Parecen proceder a la disección de un precadáver que no obstante se sigue moviendo demasiado. Sin duda el rigor mortis facilitaría las cosas. En segundo lugar la tauromaquia se ha convertido en un pretexto para la práctica de ejercicios intelectuales más o menos malabares que usurpan literalmente su realidad existencial. El cuerpo todavía vivo de la tauromaquia concreta es lo único que parece no interesar a nadie en la ruidosa traca heurística. Sin duda con algunas excepciones alrededor de la Universidad de Sevilla y de Víctor Gómez Pin.

De qué manera interpretar, si no, esta reveladora frase de Pitt-Rivers: « La significación simbólica que daré en este ensayo queda completamente escondida a la conciencia del público taurino, el cual se contenta con comprender la corrida únicamente al nivel práctico». Y remacha el etnólogo: «Es un ejemplo de lo que se entiende por represión colectiva». Ahonda aquí en la herida crucial, en el malentendido que preside siempre la relación entre las prácticas taurinas y toda reflexión de ellas emanada. Cualquier epistemología apunta al establecimiento de una mayor y mejor intelección, primero de su objeto, después del propio sujeto reflexivo. Tratamos siempre de disminuir el eterno hiato entre el hombre y el mundo. En el caso de las prácticas taurinas, la reveladora frase de Pitt-Rivers revela todo lo contrario, una profundización del hiato, un divorcio entre el objeto y la reflexión. La reflexión aparece como un pretexto antes que como un proceso de esclarecimiento. Debemos buscar la raíz del problema en la ambigüedad fundamental que caracteriza la corrida de toros. Por un lado es un rito y una liturgia caracterizados por su repetición periódica e inmutable. Al rito pertenecen la estructura de la corrida, su organización, sus fases, sus actores, sus reglas preceptivas, sus elementos litúrgicos. Por otro lado, sobre esta base ritual, emerge en cada ocasión la cualidad de un evento particular, un tipo de representación dramática, efímera e irrepetible, dotada de un eminente carácter aleatorio. El transcurso de esta representación debe cumplir con obligaciones preceptivas de carácter deóntico y axiológico y su finalidad es el juicio del aficionado. El contenido cabe en tres valores griegos clásicos, Andreía, hombría de bien (singularmente glosada por Gómez Pin), To Kalón, lo bello, más ético que estético, Areté, virtud y excelencia. Antes, también había que incluir en la representación el colgante triperío de los caballos. Lo sublime convivía con lo inmundo. Hoy estos valores han cambiado como han cambiado la sociedad y las costumbres y sólo se aguarda diversión y esporádicos destellos de una plástica liviana. La dimensión ritual sólo es un espectáculo para quienes son ajenos a su práctica habitual. Para el aficionado a los toros, la dimensión ritual se vuelve más implícita que visible. Al revés, el neófito descubre y observa fascinado los aspectos rituales pero al carecer de claves para interpretarlo, el contenido particular de la corrida se le hace poco visible.

Dicho de otra forma: en los toros la continuidad iterativa del rito es el continente formal; el evento nuevo y efímero, cada corrida particular, es el contenido. El rito es la permanencia del significante; la novedad, la calidad aleatoria de cada festejo, es la transitoriedad del significado. En términos lingüísticos, significante y significado son las dos caras de una misma moneda.

En el uso que hacemos aquí de ellas, paradójicamente, nos damos cuenta de que es imposible pensar simultáneamente ambas categorías. Hasta el punto de que los antitaurinos están obsesionados por acabar con lo institucional, elsignificante, mientras los aficionados viven pendientes de la emergencia incierta de lo efímero, el significado.

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