Opinión: Roca Rey no para…

Por Alcalino.

No para de quedarse quieto, no para de sorprender, no para de emocionar. Y además, en Valencia se siente como en casa. Habíamos puesto nuestras esperanzas en Luis David, pero el hidrocálido, que el día 14 reapareció tras su cornada, anduvo poco fino ante un encierro pesado y soso de Alcurrucén. De hecho, en la feria de Fallas el ganado no ha estado a la altura, y con ello se iba diluyendo lo comentado aquí a propósito de lo visto en Olivenza, con reses es verdad que más ligeras pero casi todas prontas y propicias para el lucimiento. Hasta que, el pasado viernes, en lugar del inválido tercero de Núñez del Cuvillo, salió por los fueros de su divisa “Rosito”, un negro lucero muy astifino. Viendo y admirando tan incansable embestida, de gran clase, de toro bravo y encastado en todo momento, llegamos a sopesar la conveniencia y oportunidad del indulto. Nos atajó un comentario de Emilio Muñoz, viejo maestro, recordando que había salido suelto de la segunda vara, que prácticamente no lo castigó, como es habitual en los toros de Andrés Roca Rey, que los quiere enteros y repetidores, no agotados y necesitados de insistencias y sobamientos interminables y presuntamente magistrales.

Buen público, gran toro, grandísimo torero. Es verdadque los valencianos van a su plaza buscando disfrutar, no dárselas de jueces inflexibles haya o no caso. Pero sus reacciones fueron ese día justísimas, al contrario de las del presidente, que ignoró la calidad extraordinaria de “Rosito” y permitió que lo arrastraran sin los honores de sobra merecidos, y luego se mostró sordo y ciego a la petición de oreja con que el entusiasmo de la grada respondió a la templadísima segunda faena de Sebastián Castella, quien, molesto, se limitó a agradecer desde el tercio la fuerte ovación. Ingredientes todos éstos de una tarde de toros de verdad. Y de una nueva gran faena del torero peruano.

Subrayado lo de nueva porque no hay en Roca Rey dos faenas iguales, invariablemente sorprende con ocurrencias sobre la marcha que denotan si interés por encontrar en cada toro resquicios para la improvisación y el hallazgo sin abandonar nunca el terreno del máximo riesgo. Si nos dieran un puñado de toreros así de identificados con la ética y la estética de su arte, un toro como “Rosito” por tarde y públicos como el de Valencia el día 16, los taurófobos le harían cosquillas a nuestra bienamada fiesta.

La faena de “Rosito”. De salida, el precioso negro lucero de Cuvillo, con muchas bragas y pitones, galopó y remató en tablas por bajo. Y tras el discreto saludo capotero del peruano acudió franco al caballo las dos veces –por orden del matador se le ahorró el castigo–, aunque de la segunda vara salió suelto, favorecido por un giro del jamelgo que le abrió esa puerta. Vino entonces el largo quite de Castella –tafalleras de inicio y más tarde cordobinas, todo muy suave y parado–, y la encastada réplica de Andrés, que ha hecho de sus saltilleras con cite desde los medios un espectáculo aparte. Brindis de la faena a toda la plaza. Y a arrodillarse en el tercio, tomando al toro por el pitón izquierdo y, para el segundo muletazo en la misma postura, haciéndolo pasar entre su espalda y las tablas en una especie de péndulo en corto; así por dos veces, luego un lento natural de rodillas y, ya de pie, el de pecho, completísimo, y el firmazo dejando caer la muleta desdeñosamente. Como para no poner el cazo en ebullición.

A todo esto soplaba un viento fuerte, que Roca Rey combatió bajando mucho la mano, pero aun así les restó limpieza a par de derechazos de su primera tanda, y luego continuó soplando a rachas. Bien pronto, sin embargo, y aprovechando las ideales cualidades del burel, el limeño empezó a improvisar remates de tanta exposición como originalidad, emotivos paréntesis entreverados con sucesivas tandas en redondo sobre ambos pitones y citando de largo, de suprema calidad los naturales y soberbios los larguísimos de pecho, incluido uno en que se enroscó al animal convirtiendo el último derechazo de una opulenta tanda en inverosímil cambio de mano para iniciar el de pecho zurdo por la espalda, y prolongarlo en redondo hasta rematarlo como trincherazo, girando sin moverse del mismo palmo de arena. Y todo esto sin aspavientos, con quietud y entrega y dominio superlativos. De pronto, una arrucina por la espalda se convertía en larguísimo pase natural, obligado el toro a seguir su viaje en redondo, con giro martinista previo al de pecho y el desdén. Y, de últimas, a reproducir el agobiante cite de frente del quite por saltilleras, pero con apenas media muleta, tomada al modo de Joaquín Bernadó –salud, maestro– y cambiando el viaje a cortísima distancia sin mover un músculo de la cara.

Ya solamente faltaba la estocada, aunque “Rosito” seguía repitiendo, lo cual dificultó cuadrarlo –si eso no fue un toro de indulto bien que lo pareció–. Cuando al fin se paró, Roca se volcó en la estocada, de lenta y ceñida ejecución, la empuñadura en lo alto de la cruz. Muerte de bravo, oleada blanco hasta cubrir prácticamente el graderío, dos pañuelos mostró el juez, con cierta desgana y omitiendo increíblemente el de color azul que habría ordenado la justísima vuelta al ruedo a los restos de “Rosito”. Nombre glorioso éste. Y memorable en toda la extensión de la palabra el faenón de Andrés Roca Rey, gran figura de América y del mundo que, con 21 años apenas, es de esperar maduren en él con la edad lo mejor de su sentimiento y expresión, ya que no el torero de entrega permanente, dominio magistral e imaginación desbordante que ya es. Con todo para mandar en esto por los lustros y decenios que Dios y la fortuna permitan.

Feria interesante pero desigual. Como quedó dicho, el ganado no ha salido en las Fallas todo lo bueno que uno esperaría. Antes de la puerta grande de Roca Rey, el único que la había abierto, el día 12 fue el novillero valenciano Jesús Chover, cuya característica principal es el valor. Y el propio viernes 16, Manzanares cobró un apéndice del jabonero corrido en segundo lugar a base de consentir una embestida lánguida, necesitada de pulso y pausas. Con la espada, como de costumbre, un rayo: el Cuvillo duró en pie exactamente 11 segundos, antes de caer fulminado ante el alicantino. Y ya decíamos que, a criterio del público, la segunda faena de Castella también merecía premio, aunque el juez opinó distinto.

Entre los matadores, las otras peludas fueron para David Mora –del único Alcurrucén con cierto ímpetu de la suavona corrida del miércoles 14– y para José Garrido, un torero que siempre cumple con nota alta por su excelente corte y porque se arrima sin desmayo: se la cortó al sexto del día 15, un castaño flacucho de Fuente Ymbro con mucho que torear. Antes, en la corrida inicial –previa a las novilladas, con apéndices paseados por los jóvenes Chover y Marcos– les habían tumbado a los de Jandilla una por barba Padilla y Román.

Pero el peor ridículo del presidente llegó con la tarde sabatina de Enrique Ponce. Empezó por negarle una oreja solicitada con unanimidad, luego de su armoniosa faena al magnífico abreplaza de Domingo Hernández. Y la gente lo obligó a darle las dos luego de un pinchazo bajo y un espadazo trasero y desprendido tras exprimir hasta la extenuación al reservón cuarto. Una puerta grande de lo más extraña, nada que ver con la de Roca Rey. Claro que para Enrique, tan “autocrítico” siempre, fue tarde de “cuatro orejas y un rabo”.

Ese día, Paco Ureña obtuvo el auricular seguramente más caro y meritorio de la feria, de un marrajo sexto que se dedicó a cazarlo y le pegó la gran paliza sin lograr amilanarlo. Faena angustiosa y gran estocada, para pasar a la enfermería completamente groggy.

Reabre El Relicario. Vaya, vaya: como la gente de Acrópolis no dio color, vamos a tener toros en ¡El Relicario! Curro Leal y Herrerías están detrás –¡recontra!–, pero la cartelería, compuesta por tres corridas de toros y una novillada, nocturnas todas, no suena nada mal. Ojo al parche:

Viernes 20 de abril: Jerónimo, Castella y Joselito Adame con toros de La Venta del Refugio.

Viernes 27 de abril: Enrique Ponce, Federico Pizarro, Diego Silveti y de Villa Carmela el encierro.

Viernes 4 de mayo: Padilla, El Zapata y Arturo Saldívar, ganado de Marco Garfias.

Viernes 11 de mayo: Novillos de Atlanga para Curro Plaza, Arturo Soto, Héctor Gutiérrez, Jayab Oufar “El Azabache”, José Sainz y José María Mendoza. Antes, el domingo 6, habrá un festival de aficionados prácticos.

La Puebla taurina merece toda la suerte del mundo. Y el coso del Cerro, tan manoseado y al fin recuperado, también.

Publicado en La Jornada

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