Obispo y Oro: Un nuevo Fortes se pasea por Madrid

Por Fernando Fernández Román.

Con sinceridad, y con la intención de que nadie se sienta ofendido: si no llega a ser por el hierro de los toros que anunciaba el cartel de la corrida que inauguraba temporada en las Ventas, la entrada no hubiera pasado el cuarto de aforo cubierto; pero con el aliciente apuntado, se llegó a los dos tercios. Por mucho mono que hurgue en las entretelas del aficionado, los días invernizos, con pronóstico meteorológico desfavorable, con el termómetro a la baja, viento serrano y amenazando lluvia, como que no apetece. Debe ser por eso que llaman el estado del bienestar, algo que bien pudiera instar a la holganza; pero lo cierto es que nos hemos hecho demasiado acomodaticios y nos aferramos al dictado del sensorio común. Algunos se preguntaban en las redes sociales si se televisaba la corrida, para ahorrarse el desafío de la intemperie; pero no, la corrida era en directo… desde la mismísima Plaza.

En cuestiones taurinas, la televisión –me van a permitir–, siempre fue instrumento socorrido ante las dificultades diversas de acceder la boletaje, no disuasorio ante cualquier contingencia negativa, como las adversidades climatológicas. Ahí te quiero ver, aficionado: en las duras.

Para duras, las de Victorino. Sus corridas de toros, se entiende. Y a fe que la cosa empezó más bien chunga, que no dura, puesto que el toro que rompió Plaza también tenía rotas las carnes por la parte de la culera, producto de una cornada de sangrado visible. El público protestó con toda la razón del mundo, máxime cuando se notó bien pronto que las facultades físicas del animal flaqueaban en exceso. ¿Por culpa de la fraternal cornada recibida? ¡Vaya usted a saber! El caso es que a El Cid no le hicieron ni caso, ante la manifiesta blandura del supuestamente duro victorino. Y eso que el animal, cinqueño y de bello trapío, apuntó ese buenismo que a veces exhiben los de su honorable encaste, pero con semejante inválido, lo mejor era acabar cuanto antes con aquella sinrazón. Y va El Cid y le mete la tizona por lo alto del morrillo, antes de descabellarlo por partida doble, dando paso a la bronca de un amplio sector del público hacia el palco presidencial.

El segundo toro también había rebasado cumplidamente su edad de merecer; esto es, de merecer ser embarcado para la lidia después de haber rebasado con creces los cinco años. De incierta embestida en sus primeras carreras por el redondel, fue bien picado por Juan Antonio Carbonell y toreado por Fortes con unas angustiosas chicuelinas en su turno de quites. El viento frío se convirtió en ventolera impertinente y el toro mostró que su reata procedía de aquellos victorinos que Ruiz Miguel muleteaba a zapatillazo limpio para sacar limpios algunos pocos pases. Pero el Cañaílla era un especialista en estas alimañas, bien preparadas para la esgrima del tornillazo, y Pepe Moral, el espada de turno, es un torero valiente que sabe torear muy bien… cuando el toro lo permite, como cada quisqui. Acabó con aquella perla acibarada de un sartenazo en metisaca, vaya a usted a saber por donde, antes de clavar una estocada por arriba, y a otra cosa, mariposa.

La otra cosa salió al ruedo de Las Ventas en forma de tercer victorino, y salió pidiendo guerra. Era un toro cardenito claro, cornipaso de cuerna, afilado de hocico y musculado de carnes. Embestía a todo lo que se moviera. Se fue tras el capote de Saúl Jiménez Fortes y el torero lo llevó prendido en sus vuelos con garbo y majeza. El toro prometía lo que no prometieron sus antecesores en el orden de lidia, y de pronto la tarde, que también se puso revirada con el cielo cardeneando por la parte de Toledo, pareció venirse arriba, como el toro se vino en el segundo puyazo que le colocó Borja Ruiz, peleando con fijeza en el peto del caballo, después de que en el anterior hiciera sonar el estribo con el metálico estrépito que denuncia su renuncia a la pelea, poco antes de que Carretero se luciera en dos espléndidos pares de banderillas. Ese sonajero descrito en el tercio de varas fue el único lunar que ofreció el comportamiento de este bello toro de curioso nombre para un toro de lidia: Mucamo. ¿Qué es un mucamo? Pues un criado, o similar. En cualquier caso, un humilde y noble servidor de su amo en cuestiones domésticas. Es muy probable, entonces, que el amo de este Mucamo, es decir, Victorino Martín o su hija Pilar (el alter ego del ganadero en la crianza del ganado bravo) le hubieran dado instrucciones de seguir con sumiso viaje la muleta del torero, a la sazón, el tercero de los convidados a pujar en la siempre sorprendente rifa del toro bravo, y si es de Victorino Martín, con mayor motivo. Lo cierto es que el toro fue un bombón; pero no un bombón empalagoso, sino una golosina para disfrutarla despacio, muy despacio. Y así fue el paladeo de Fortes en los pases naturales que administró a este dócil y servicial Mucamo: muleta a rastras, hombros descolgados, figura erguida y bazo desmayado, describiendo una curva ligera y larga que el bondadosísimo animal recorría con almibarada nobleza.

Puede decirse que a este toro lo toreó Fortes de salón –al ralentí– en bastante pasajes de su larga faena, solo deslucida por las ráfagas de viento que engurruñaban la tela de torear, probablemente sin forro de doble cuerpo, que era lo que debe pedirse al mozo de estoques en estos casos. Por este último motivo –y solo por este– la labor de Saúl tuvo algunos altibajos, pero los tres pases por bajo para colocar a Mucamo en suerte, fueron pletóricos de enjundia y de extraordinario empaque. La estocada en lo alto pareció abocar a una muerte fulminante, pero Mucamo se aguantó aculado en tablas, antes de rendirse definitivamente. La puntilla –¿cuándo se abordará de una vez el tema de la puntilla en la imprescindible reforma del actual Reglamento?—enfrió los ánimos de la fría tarde, pero la oreja fue ganada a ley.

A punto estuvo Saúl Jiménez Fortes de redondear la tarde en el último de la corrida, un victorino que no parecía tal, por la negrura de su capa y lo corniapretado de sus defensas. Quizá por eso fuera protestada su presencia en el ruedo ¿No será de Domecq?, pensarían algunos de los protestantes, que como se sabe son los no alineados con la catolicidad taurina imperante.

En cualquier caso, hay que consignar que el toro hizo amago de saltar al callejón, pero acto seguido le pegó una monumental costalada al caballo montado por Antonio Muñoz, cuyas costillas parecieron crujir cuando le cayó encima el caballazo envuelto en un peto monumental. Se vengó el piquero en el puyazo siguiente, zurrándole de veras. Esperó el toro en banderillas, pero, de pronto, Fortes le ofreció la muleta en los tercios del tendido 10 y le enjaretó dos tandas de naturales magníficas, solo adulteradas, de nuevo, por el molesto flamear que el viento imponía a su muleta, libre como estaba de la ayuda del estoque. Fue una faena más emotiva, pero menos artística que la anterior. Con más ali-oli y menos sacarina. Faena que podía haber sido de premio si la corona con una estocada contundente; pero falló, lamentablemente. Cuatro pinchazos y una casi entera propició el sonido del aviso y dio paso a los aplausos del público. No de consolación, sino de consolidación. Fortes, esta vez, cambió el arrebato por una estética de deslumbrante belleza. Un nuevo Fortes, más fuerte y más artista que nunca, se paseó por el ruedo de Madrid.

Los otros dos toros de la corrida entran en el capítulo de la decepción. El cuarto, que tuvo una desconcertante pelea en el caballo de picar (una vara queriéndose quitar el palo y otra empujando con fijeza), ya había tomado la capa de El Cid con tontorrona embestida, y Manuel lo llevó prendido con alfileres en unos delantales de refinada y alta cocina. Lo que se dice un victorino inocentón, blando y lento. El Cid lo pasó de muleta en cuatro tandas por la derecha, jugando con él a ver quien se movía más despacio. Por el pitón izquierdo, ni lo cató. El arte del toreo, sin toro bravo, es danza anodina. Pinchazo, estocada y dos descabellos, el segundo de los cuales propició la salida disparada del estoque hacia el callejón, justo en la puerta de la enfermería, sin que, por fortuna entrara en ella ningún herido. Y el quinto fue un bello toro entrepelado, de gran arboladura, que se durmió bajo el peto en la primera vara y se lió a cabezazos con el palo y el estribo en la segunda. Después, en la faena de muleta, se revolvía en un palmo de terreno. Un descalzaperros de toro que obligó a Pepe Moral a tragar paquete para sacarle unos pases de gran mérito, ante la abulia del público. Ello debió minar la moral de Pepe, porque el torero se fue a por la espada y liquidó la cuestión de dos pinchazos y media estocada. Aviso al canto. Ante un mal lote –el peor de la corrida, sin duda—el diestro sevillano de Los Palacios estuvo digno. Vale la pena esperarle, se lo aseguro.

Una última cuestión: en estas corridas, tan proclives a poder gozar de la magnificencia de la suerte de varas, conviene recordar a algunos aficionados, alienados gratuitos a un torismo de última hornada, que para probar la bravura y el poder del toro en esta bella suerte el primer puyazo debe darse a la distancia adecuada – colocando al toro poco antes de llegar a la segunda raya de picar–, para que después se vaya distanciando al cornúpeta del caballo progresivamente en los encuentros sucesivos, si necesario fuere. Pedir que dejen al toro en los medios antes de conocer cómo responde al primer contacto con el acero de la puya, es mostrar un desconocimiento absoluto de las razones primarias que evalúan la bravura del toro de lidia en esta prueba tan ancestral como espectacular y magnífica… siempre que se den las condiciones que la justifican.

Publicado en República

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s