Victorinos de Domingo de Ramos: lo mejor de la tarde, una bandada de avecillas de pecho blanco sobre Las Ventas

Por José Ramón Márquez.

1. Cuestión previa

Victorino Martín hijo tiene ante sí una enorme responsabilidad heredada de su padre, una carga pesada, que es la de competir con todos los demás con las armas del toro, del toro encastado y fiero, a veces del toro que “hace el avión”, y de hacerlo no en remotas plazas francesas ante aficionados conversos, sino en todas las grandes citas de la temporada española. Victorino hizo imprescindible su presencia en todas las ferias de renombre a base de dar lo que nadie daba, y que se apuntase el que tuviese redaños, compitiendo y venciendo a los otros ganaderos -tantas veces ganaduros- en plano de igualdad. La obligación de Victorino Martín García es, como mínimo, mantener el legado que ha recibido de Victorino Martín Andrés y seguir proclamando la línea clara de tantos inolvidables toros como han salido de esa casa para gloria de la ganadería de bravo y, muchas veces, para la de los toreros que se han puesto frente a ellos. En cómo resuelva Victorino la sucesión al excepcional ganadero que fue su padre, le va la vida.

2. A lo negro

Domingo de Ramos en Madrid, con el ya imborrable recuerdo del Domingo de Ramos -de Pasión para él- de Fandiño hace ya dos años, en el que tanto nos jugamos y tanto perdimos. Hoy la empresa Plaza1 principia la temporada madrileña con una invitación a la ilusión anunciando seis de Victorino Martín, con divisa negra por luto del patrón, para El Cid, Pepe Moral y Jiménez Fortes. Buena entrada, pese a lo desapacible de la tarde, con la solanera a reventar y la sombra a merced del cierzo.

Cuando don Gabriel Martín, ataviado con su traje de barquillero y tocado con la madrileña parpusa franquea la puerta al primero de la temporada, Moñudito, número 61, la banda se pilla el primer berrinche de la temporada por la parte del 7 porque el bicho llevaba un puntazo en el anca izquierda. El animal no presentaba ni cojera ni síntoma alguno de que ese puntazo le afectase a la cosa psicomotriz, pero ya se sabe que a los toros se va a manifestar opiniones y la de muchos por la parte del 7 era la de que preferían estrenar la temporada de Madrid 2018 con el jabonero Mulato, número 18, de José Luis Marca, que con el cárdeno Moñudito. A uno, que había bajado hasta Las Ventas pertrechado como Shackelton cuando se fue a la Antártida, la verdad es que no le hacía ni repajolera gracia ir a ver a los albaserradas y encontrarse con la juampdedritis de Marca, con el label de calidad de “eliminando lo anterior”. A Moñudito, que tenía cuajo y presencia, lo que antes se decía trapío, lo aplaudieron de salida, pero cuando empezó la matraca del puntazo las cañas se tornaron lanzas para él. Lo mismo que a Nuestro Señor, del cual se conmemora hoy su triunfal entrada en Jerusalén, que a los cuatro días ya estaban con lo de “¡Crucifícale!”, y salvando las debidas distancias, a Moñudito se le recibió con las palmas cuando remató con vigor en el burladero del 10 y mostró su bella hechura y se le coronó de espinas nada más que se pudo ver la sangrecilla que le brotaba del anca. Luego el toro fue a menos: blandeó lo que quiso y dejó claro que la cara no es el espejo del alma, que su alma era tontorrona y sinsorga. En general hay que decir que la corrida no ha sido, ni por el forro, lo que uno se espera cuando ve en el cartel esa A con esa corona encima. Peor para nosotros. Ha habido dos toros interesantes en diverso registro: el tercero Mucamo, número 84, y el quinto Paquetillo, número 103, una especie de raspa fea y anovillada; el segundo, Palmireño, número 9, y dos de esos que antes que se los lleven los benhures de la mula a que los destazadores los transformen en medias canales, ya ni te acuerdas de ellos.

De los interesantes el tal Mucamo lo fue por la cosa colaboracionista. Fue picado de manera delicadísima por Francisco de Borja Ruiz que movió con torería el aleluya, recibiendo tres entradas del burel, que acometió con ganas y alegría. Con la tercera no contaban los actuantes y fue por decisión de don Jesús María Gómez Martín, Presidente del festejo, que se verificó, con óptimo criterio porque en realidad lo que más nos había movido a bajar a la Siberia de Las Ventas era el ganado. Tres veces fue al penco, como se dijo, y Francisco de Borja agarró tres puyazos bien puestos sin apenas infligir castigo, como demostraban los lomos del toro en los que casi no había sangre. Luego el bicho llegó a la muleta con afán colaborador, un dechado de buena educación, regalando sus embestidas sin ánimo de crear conflicto de ningún tipo. El otro toro es el quinto, Paquetillo, que durante los dos primeros tercios se ha hecho el amo del redondel, metiendo el susto en el cuerpo a las cuadrillas, derribando con vigor y de bella manera a Francisco Romero y a su arre, demostrando condiciones aviesas y creando los problemas que nos gusta ver en un ruedo, porque con ellos se presume que no seremos torturados con el amaneramiento hortera de casi todas las tardes. El toro cambió en el último tercio y, sin dejar de provocar la sensación de peligro, presentó unas condiciones de las que se hablará más adelante. La corrida en conjunto, puede etiquetarse como decepcionante.

Y los toreros, cada uno con su cruz a cuestas, como corresponde en estas fechas venideras. El Cid no tiene más que una forma de estar, que es la suya, la que le ha hecho un hueco en el berroqueño corazón de la afición. Cuando El Cid se pone en plan cucamona, es decir como prácticamente todos, se le censura. Y está muy bien censurarle esas trazas que le son tan impropias porque él ha dejado un reguero de inolvidables faenas en el blancuzco sablón de Las Ventas basadas en lo que ya nadie hace: parar, templar, mandar y cargar la suerte. Por eso da cosa verle cobijado en la oreja del toro, tirando líneas, practicando ese toreo en paralelo al toro que a otros les otorga vitola de maestros inmarcesibles. Un interesante recibimiento y brega de su primero entre la silbería, sacándose el toro a los medios con mando y suavidad y una bonita manera de iniciar su trasteo a ese toro, andándole hasta llegar al tercio es la magra cosecha que nos deja Manuel Jesús Cid en su Domingo de Ramos.

Pepe Moral anduvo con su segundo sin ver nada claro. El bicho parecía un enano y el matador un gigante: el gigante y el cabezudo. Pepe se encorvaba feamente y el toro atendía a la muleta o no, según le diera la gana. Pepe no se cruzaba al pitón contrario ni con orden judicial y probaba ahora aquí, ahora un poco más aquí, ahora un poco menos aquí. En esas cositas se pasó el tiempo. En el segundo, Paquetillo, una vez comprobado cómo el toro había cambiado, tuvo en sus manos la posibilidad de plantear una faena más acorde a las condiciones del toro: el bicho demandaba enfrente mando y colocación. Pisarle el terreno, dirigir su embestida, rematar el muletazo, dar trapo y jugarse la femoral. Perfectamente se veía cómo el toro tomaba los engaños, pero Pepe prefirió adoptar una actitud más conservadora, que le quitase el riesgo de ir al hule y, como dijo aquél, hay más días que longanizas y ya le saldrá otro toro con el que haya que currar menos. Fue este Paquetillo un toro de los que dan relevancia a lo que se les haga, toro de Madrid, para aquel Madrid que de forma inexorable vemos desaparecer ante nuestros ojos.

Y Fortes, que ya es sólo Fortes, ahora apoderado por el tío de un crítico famoso por sus ocurrencias, se llevó de Madrid una orejilla de esas de Aliexpress, que ya se sabe lo que dice el viejo y amoroso refrán: “Si en el palco está Calderón / Ya hay oreja en el esportón”. Lo bueno de Fortes es que ya no se le ve tan acelerado y cogido como antes. Esa es la buena noticia de cara a la integridad del hombre. Luego, en lo del toreo está, como diría Manquiña en aquella película, “sin conceto”. El hombre trabajó lo suyo con mejor o peor fortuna y dio un natural espléndido que reseñado queda. El conjunto de su labor en sus dos oponentes es como el NASDAQ, que sube y baja como una montaña rusa, de pronto parece que sí, y es que no; luego parece que no y es medio sí. Le aplaudieron los medios pases como si fueran oro molido, le jalearon, le apoyaron cuando estaba agazapado en la oreja del toro como si citase de frente, y finalmente, como antes se dijo le dieron la oreja de su primero para que muchos pudieran sustanciar su experiencia en Las Ventas con ella:

-¿Qué tal los toros?

-Bien. Le han dado una oreja a uno.

Para su segundo vale lo mismo todo lo dicho del primero, que si mete el estoque dentro del toro, le hubieran dado otra.

En el momento en que Fortes marraba a espadas, una luz de atardecida de arrebatado bermellón iluminaba los pináculos de la Plaza, una gran nube negra hacía resaltar de forma muy viva los colores encarnado y amarillo de la bandera de España sobre la Puerta Grande y una bandada de avecillas de pecho blanco surcaban el cielo sobre Las Ventas, como salidas de una prestidigitación. En la fugacidad de ese momento se halla, sin lugar a dudas, lo mejor de la tarde.

Publicado en Salmonetes ya no nos quedan

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