Opinión: Insoportablemente moderno

Por Victor J. Vazquez.

Decía Ángel Álvarez de Miranda que en esta España nuestra hay “una casta hombres bravos (…) que prologan el sentido del rito bajo el sol en una auténtica liturgia con el pueblo entero como coro”.

Esos hombres encastados, como es obvio, son los toreros, quienes se dicen y entregan no a eso que llamamos la afición, sino, como propiamente hace el verdadero artista, al pueblo, a lo válido y perdurable, es decir, a lo contrario del público.

La distinción es importante porque mientras cualquier espectáculo compromete su futuro a la circunstancia de que haya o no haya público, el toreo, arte irremediablemente litúrgico, depende de que haya o no haya pueblo. Como muy bien nos cuenta el amigo González Troyano, el torero es un arquetipo heroico que no se explica sin esa promesa de una gloria que tiene en el culto popular su certificado de valor. El torero, burlando a la muerte con las exigencias geométricas de lo imposible, se gana romper la escala social: la gloria en el viejo barrio, su foto en los restaurantes y un lugar en los salones.

El torero, por su mágica y valiente desenvoltura, ha disfrutado entre nosotros de pasaporte para una gloria sin rival, de la cobertura aristocrática de lo mitológico. Hoy esta casta de hombres bravos sobrevive, pero es verdad que el pueblo, nosotros, ya no somos los mismos, y que el halo de lo mítico y lo heroico se vende hoy mucho más barato que el aseo de la gesta deportiva, con lo que cabe preguntarse si en una sociedad que niega la existencia de lo agrario y la presencia de la muerte, pueden tener los toreros un pueblo para quien oficiar, y la corrida de toros por tanto, conservar su sentido primigenio.

Lo cierto es que quien hoy es un niño y se consagra a los ruedos es consciente de que si antes el torero era un símbolo dentro de la comunidad, hoy se sitúa extramuros, como una reminiscencia extraña y para muchos inmoral y perturbadora.

El torero es hoy un hombre al que parte de la sociedad no solo niega la promesa de la gloria sino que además quiere censurarlo, porque a estas alturas que la abolición de las corridas es también una forma de vida. Se enfrenta además el torero al hecho de que el arte de torear, en España, a diferencia de Francia, está lejos de su infancia, es decir de su pura ilusión e inocencia, y en su madurez aflora el tenaz despecho del aficionado siempre tentado de cumplir la máxima de Oscar Wilde de que cada hombre mata lo que ama, y así se conjura contra lo que cree que ha sido pervertido, y promete no volver por imperativo de una nostalgia que no pocas veces es nostalgia de nosotros mismos, es decir, de la persona que éramos cuando aquel torero sí nos parecía un torero y los toros sí embestían. Tiranía emocional de un arte que cada tarde siendo es ido.

Aunque cada hombre mata lo que ama/ no todos mueren por ello, dice el verso de Wilde. Los toreros siguen dispuestos a morir en este inédito escenario de gloria incierta, y es por eso que, no hay que olvidarlo, no solo sigue intacta sino que, en la incertidumbre, ha ganado en pureza la heroicidad congénita de su vocación.

Cuando los artistas aún no han encontrado salida para la encrucijada moral de querer ser irreverentes y al mismo tiempo vivir de esa irreverencia, los toreros, que siempre aspiraron al orden jerárquico de la vida, cumplen en el arte, con la pura lealtad a su verdad agraria -al toro-, esa tarea moral del creador de no estar en paz con la vida, a la que aludiera Adorno, rebelándose contra su moralidad e innovándola, en esa suerte de innovación anacrónica que es una tarde de toros.

Es el toreo, sin habérselo propuesto, un arte absolutamente moderno, insoportablemente moderno diría yo para todos aquellos impostores que aspiran a lo radical sin pasar por el duro peaje de la verdad.

Llevan razón sus detractores cuando dicen que el toreo no es cultura, porque el toreo es cultura y es contracultura. La tauromaquia, perdóneme el legislador, es hoy sobre todo un bien de interés contracultural. Algo tan inédito como una tradición radical sin sospecha de arribismo.

Cuenta Ramón Gaya que cuando en 1937 llegó por fin a París, la dueña de la pensión al ver su pasaporte le dijo: “España, toreadores, Picasso“, a lo que él contestó: “mi tierra está destrozada, y hay en ella menos toreadores, pero Picasso sigue siendo España”. Muchos años después Picasso continúa siendo España y hay menos toreadores aún, pero su innecesario juego mortal es tan heroico como siempre y radical como nunca, y en su deber atávico, en su ensimismamiento vital, todo toreador se dice aún para el pueblo y no para el público. Valga hoy, y cada domingo de los toreros, nuestra gratitud por ello.

Publicado en El Diario de Córdoba

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