Dos de Mayo en Madrid. El héroe fue Javier Cortés, alzado en armas (“¡pata alante!”) en Las Ventas

Por José Ramón Márquez.

En su clásico libro “La ley mojada”, imprescindible para quienes amamos los bares, el gran Perico Chicote da las normas esenciales por las que deben regirse los establecimientos de bebidas y ofrece una espléndida porción de recetas de los cocktails que le hicieron famoso. Para el denominado “Beauty cocktail” fija estos siete ingredientes, que deben ser preparados en coctelera: unos trocitos de hielo picado, una clara de huevo, unas gotas de absinthe, una cucharada pequeña de jarabe de granadina, media copita de dry gin, un cuarto de copita de vermut Cinzano y un cuarto de copita de vermut Noilly Prats, que deben ser bien agitados y servidos en copa de cocktail. Siete elementos necesita Chicote para elaborar el “Beauty cocktail” y esos mismos elementos, siete, son los que José Miguel Arroyo, Pepe Veragua, necesita para elaborar el “Ugly cocktail”, que es la escalera de ganado que ha mandado hoy a Madrid a ver si ya tomaba antigüedad de una santa vez. Siete elementos: Juan Pedro Domecq, El Torero, Jandilla, Luis Algarra, Vicoriano del Río, Daniel Ruiz y Las Ramblas han tenido que aportar su nada para que el siglo pudiera conocer el resultado de los desvelos ganaderos sustanciados en los toros del 8 y el 4 (el 6 y el 4 estaban ya tomados como icono por el tuitero Pastrana), etiquetados como El Tajo y La Reina, los Tajirreinas de Pepe Veragua. Y los siete elementos que en manos de Chicote conforman una bebida deliciosa, en manos de José Miguel Arroyo hacen una redada nocturna en un after hour, con ciento y pico de quilos de diferencia entre el más grande y el más chico, con unas diferencias en tipos y en hechuras como de higos y castañas, con uno que tenía más chepa que Pablo Iglesias, con otro que apenas si se mantenía en pie, con otro del 12/12… En suma, un grupaje, que dicen los del transporte cuando llenan un contenedor poniendo en él mercancías heterogéneas.

El primero, un colorado llamado Listillo, número 5, fue el más claro de la tarde: remató en tablas de salida y en el tercio de muerte embistió sin maldad y con clase; el segundo al que el programa ponía melocotón y daba el aire de jabonero claro, Matrón, número 78, fue el más chico y feble de la tarde; el tercero, un negrito, Resabido, número 20, parecía que lo habían recogido de paso en otra finca, que ni en tipo ni en hechuras se asemejaba a lo que llevábamos; el cuarto, Calandrio, castaño con el número 43, hizo la pelea en varas que debería haber hecho el desgraciado aquel que indultaron en Sevilla; el quinto, Cazador, número 6, colorado, era el de la chepa, toro áspero que acudió de largo al caballo sin codicia; el sexto, Cerillero, número 36, que demandaba firmeza y claridad de ideas.

El hecho de que los dos Vicente, Héctor y Jesús, los hermanos de Iván agarrasen buenos puyazos en el primero y en el cuarto, no empaña el que los toros apenas fueron picados esta tarde. A Antonio Molina le aplaudieron por las banderillas en el quinto, pero yo me quedo con la sensacional brega que dio al segundo, de la que parece que apenas nadie se dio cuenta.

Iván Vicente trajo la plasta de cada día, de cada día de la marmota que vamos a los toros. Le salió el toro de vaivén con una embestida bonita y nada tontorrona y el tío se puso a destorear, a aprovechar los viajes, a echar la pata atrás, a acompañar las embestidas que le ofrecía Listillo a cambio de un tundimiento de trapazos que hería los ojos, y la banda venga con lo de ¡Bieeeeennnn!, ¡Bieeeeeeennn!, que no se oye un ¡Ole! porque esa forma de torear no es de Ole, sino de Bieeeeennn. Y zurra que dale con lo mismo, y otra vuelta, y ves que el toro se le va como agua entre las manos y el hombre creyéndose lo de los Bieeeennn sin modificar un ápice sus formas, otro trapazo, el obligado por alto, la trincherilla, otra vez Bieeeennn… para qué seguir, si es lo de todos los días. Ese festival de idas y venidas al que ya hay muchos que lo toman por toreo del bueno, es una falacia que ha sido puesta en solfa por la nefanda influencia de la TV y de los desalmados que peroran en ella, que han sido capaces de confundir a muchas gentes, que supeditan ya todo al hecho de que el toro se mantenga en movimiento (que es lo que le viene bien a la TV) sin dar ya importancia ninguna al desde donde ni al hasta donde (que es harto difícil discernir en la TV). Ésta es, en mi opinión, otra batalla ya perdida, por lo que se va a relatar a continuación, y esto es que cuando Javier Cortés plantea sus argumentos frente al melocotón/jabonero y lo hace con una enorme verdad, acaso algo tosca pero incuestionable, nadie de aquellos del ¡Bieeeennn! se da cuenta de la revolucionaria manera en que el de Getafe está planteando su pugilato. Hay desgarro, hay autenticidad en el cite, hay solución de continuidad en invadir el terreno donde el peligro acecha, pero las buenas gentes ni se enteran porque no se está dando el movimiento continuo. Así están las cosas.

El hecho es que Javier Cortés está hecho un tío con su primero, con personalidad, con ganas de agradar y haciendo guiños a lo que queda de la afición, como ese inicio con la zurda citando en distancia y echándose a torear directamente, buscando siempre la posición buena, metiéndose en el viaje del toro, que en realidad era una mona blanquecina empeñada en que no se luciese el torero. Cuando le clavó el estoque de aquella manera ya estábamos deseando que llegase el quinto, para ver si aquello que Cortés había apuntado era un espejismo o no.

Luego salió Caballero, de quien esperábamos una actitud feroz, dispuesto a comerse el mundo, y resultó que el hombre andaba por la Plaza como en estado de introspección, en plan aburrido y existencialista, sin que el tono aburrido del toro Resabido ayudase a sacarle de su mundo interior. Puede decirse que, en su primero, Caballero pasó como un fantasma por Las Ventas sin decir nada y mandando al tendido la impresión de que tampoco tenía mucho que decir. Por no aburrir al paciente lector despacharemos el cuarto toro y a Iván Vicente con la famosa sentencia que reza: “El toro era peor y el torero era el mismo”.

Desde que sale el grandón de Cazador, Javier Cortés se ocupa del animal, le torea con solvencia de capa, dejándole a buena distancia del caballo, pone a su buena y ordenada cuadrilla a trabajar y cuando los clarines tocan a muerte le da fiesta al toro dejándole galopar y le pasa de muleta en redondos toreando, cayendo hacia adelante entre muletazo y muletazo, presentando la muleta para ligar, guiando la embestida hasta el final y rematando con torería con el de pecho. Buena serie y run-run en los tendidos. Luego cita de nuevo a distancia y Cazador galopa de nuevo hacia la muleta, uno, dos, tres, cuatro derechazos de gran enjundia y mando y cuando pretende dar el de pecho, cruzadísimo con el toro, este le protesta lanzando un derrote certero. Vuelve a la cara del toro a ejecutar otra serie de cuatro redondos de mando y colocación rematada con el de pecho y la sangre le chorrea abundante por la pierna izquierda, señal de que el derrote fue certero. Le vuelve a citar en otra serie por el mismo pitón, otra vez cuatro de mando y colocación rematados con el de pecho y un pase de trinchera; luego, con evidentes signos de dolor, se perfila para matar cobrando una estocada aguantando a un tiempo y en la que mete con habilidad el estoque de manera perpendicular. Aguanta en la Plaza hasta que dobla el toro y se lo llevan a los dominios de don Máximo García Padrós mientras las gentes demandan la oreja, seria oreja de las de Madrid de verdad, oreja de peso, justo merecimiento a una labor muy auténtica y denodada, la primera oreja que se corta con verdad en lo que va de temporada en Las Ventas.

La actitud de Gonzalo Caballero en el segundo parecía que había cambiado. Cuando andaba capoteando a pies juntos, los pases del pegoleteque decía el abuelo de mi querido Vicente Palmeiro, en un remate con revolera se le vino el toro encima y le propinó un fortísimo trompazo. Se lo llevaron a la enfermería de donde salió al cabo de un rato, cuando ya habían banderilleado a Cerillero, y remató su tarde sin chaquetilla o como se llame la cosa goyesca ésa y sin zapatillas y con una especie de lazo en la pierna derecha, que luego nos enteramos de que llevaba un puntazo. Planteó sus series sin mucho compromiso, recibiendo más apoyo del público del que había cosechado en su primero, y mató a la última. Los que habíamos ido a Las Ventas apostando en que hoy Gonzalo Caballero daría un aldabonazo con el que firmar sus quejas verbales en la fiesta de presentación del san Isidro 2018 nos quedamos con el boleto y sin los cuartos.

El que dio el aldabonazo fue Javier Cortés. Hay que repetirle a la primera ocasión.

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