FERIA DE SAN MARCOS: CORRIDA DE HOMBRES, CORRIDA SIN TRAMPAS

Cuatro toros de Santa María de Xalpa, de los que destacó el 3o. por su bravura, premiado con arrastre lento, uno de El Vergel (1o.) y otro de Los Cues (5to).

Por Sergio Martín del Campo. R.

Foto: NTR Toros Twitter.

Orgullosamente se pregona. Así fue, una función sin chapuzas, sin patrones, sin ventajas ni decodificadores, de esos cartabones que las llamadas figuras -abusivas, soberbias e insulsas- imponen por su gusto.

Fueron no tres toreros, si no tres hombres los que partieron el anillo en el despeje de cuadrillas. Y seis toros, si, seis toros con las dos únicas características que demanda el
pagador y aguantador público y demanda la fiesta: edad y trapío. Dos características, en las que se mezclan la ética y el honor de quien los cría, que son veneno letal para los sinvergüenzas peninsulares, sobre todo. Si… seis toros que atravesaron orgullosamente los
portones de toriles.

No fáciles, no blandos, no mansos-mensos, no dúctiles, no maleables como los “teofilitos”, “fernanditos”, “bernalditos” y otras tóxicas yerbas que son enemigas y anestésicas sustancias de la fiesta, o bípedos disfrazados cobardemente de “taurinos”. Los toros aquellos, aromáticos de antaño, fueron no para la “faena bonita”, no para “erguir la figura”, no para hacerse ver hermoso el que los “enfrenta”, no. Sí para hacer ver y deslumbrar con la entraña profunda de la tauromaquia práctica que tanta falta hace y que es la única que, paulatinamente, podría devolver el sentido trágico y sacrificial -como sostiene un “tal” Leonardo Páez”-, lo que es el olor mero de la fiesta brava.

Y fueron tres toreros de seda y alamares los que rayaron el albero en su caminar; tres entes marginados que fueron toda la vida por el chapucero sistema que busca e impone la “tauromafia” imperante.

Los “papelillos” más desafortunados fueron a dar a las yemas del apoderado de Alfredo Ríos “El Conde” (división y silencio). En ellos iban los números de los toros con menores opciones de sacar algún provecho, no obstante, el tapatío sacó adelante el compromiso decorosamente.

Juan José Padilla (oreja y dos orejas), sin cuidarse de las posturas, lanceó con enjundia de acero a su primero; posteriormente mantuvo cautivo al cotarro en el segundo tercio, y el hombre de Jerez, que cuenta con un mítico respaldo en su nombre, se perfiló con entrega y marcada vehemencia, y pese a las malas formas de embestir del antagonista, le hurtó sin trampas varios pases de basta exposición, para luego amacizar el brazo y dibujar una estocada un poco contraria pero suficiente.

Si decorosa, variada y vistosamente saludó con la capa a su segundo adversario, mejor se marcó al tomar las banderillas, mientras al coger la de ballesta se entroncó con un toro resabiado y mal intencionado al que sin embargo le desprendió algunos muletazos valiosos, flagelados que fueron por el viento, y acabando el acto sobre la escena de un espadazo bien ejecutado en regular sitio.

Y llegó el momento en el que desemparejaron el portón de toriles. Dejó éste su espacio libre.

Era el tercer lugar y reclamó espacio el volumen de un torazo muy serio, enmorrillado, alto, hondo, mejor que bien armado y ante al que se les arrugó el ceño a más de diez.

Y seria, duramente seria, fue la labor completa que le hizo el tlaxcalteca Uriel Moreno “El Zapata” (oreja y oreja). Para abrir pasta le clavó en inmejorable sitio el “Par Monumental”, tal acción el tercio, bastante comprometido en la frontera del tablero, para luego blandir su sarga – atormentada que fue en todo instante por las impetuosas embestidas del burel y las malditas ráfagas implacables del viento-, no aplacando sus ansias el de seda y brocados, hasta dar cabal
entrega a un trasteo heroico, como para volver loco al más cuerdo. Si, era la faena de un hombre de absoluta entrega a la tauromaquia y no a su remedo, cuando de pronto se echó el
alfanje al pecho, se fue tras él y dejó media arma tendenciosa y muy poco caída.

Función estremecedora estaba viendo el público. En un tono. En una tesitura. Y esta indicación terrible no se destiñó. El sexto toro tampoco dejó vértice a la duda. Ni el más insignificante.

Para hacer los honores a la ética del criador, “El Zapata” presentó un mosaico muy vistoso de suertes con el percal, más que nada en el quite, y al empuñar las banderillas fue el acabose.

Tres pares distintos: reeditó el “Monumental”, siguió con un cambio en los medios y firmó con un cambio al paralelo de las maderas.

Tomada y armada la tela roja, buriló una faena recia, de basta profundidad, no importándole que el toro a estas alturas embestía descompuesto, con poder y sin entrega a las telas, pero al que atinó a matar de un supremo espadazo.

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