Historia del brindis de Roca Rey a Calamaro con una faena de rabo en Jerez

«Hay algo muy poderoso en el aire cuando un torero llega caminando hasta donde estás para brindarte una faena de semejante categoría y gloria», cuenta el artista argentino de puño y letra.

Por Andrés Calamaro.

Llegamos a Jerez de la Frontera al mediodía, a tiempo para comer y esperar la hora de sentarse en los asientos de barrera que me había dejado mi buen amigo, el torero, Alejandro Talavante.

Llegamos puntuales (en Andalucía nadie llega demasiado temprano) y nos sentamos al lado de dos ganaderos, reconocí a DonVictoriano porque viajamos juntos a Nimes (en Francia) para ver la que todavía se recuerda como la corrida del siglo, el encierro de José Tomas con seis toros de diferente ganaderías, uno de Victoriano. (El otro ganadero era el de Fuente Ymbro).

El cartel prometía tanto arte como espectáculo, toreaban Alejandro con El Juli y el torero peruano Andrés Roca Rey, que está firmando otra gran temporada (escribo en Jerez y antes de ver a Roca Rey en Madrid). El primer (toro) y el tercero resultaron buenos toros que sirvieron para que El Juli «corte» una oreja y, Roca, dos apéndices clamorosos… El segundo, correspondiente a mi amigo Alejandro, no resultó un buen toro y Talavante abrevió el trámite como lo hubiera hecho Morante (que regresó al ruedo ayer después de retirarse eventualmente el año pasado en mitad de la temporada pasada). El cuarto permitió algunos alardes de Julián, pero el quinto fue impracticable para Alejandro… En el tercer tercio embestía de forma irregular haciendo imposible un encuentro artístico entre toro y torero…

El sexto era para el joven torero sudamericano… Después del tercio de banderillas, Roca Rey vino caminando hacia donde estábamos sentados para brindarme el toro en gratitud por la música que escuchó y sigue escuchando… Le respondí ofreciendo mi gratitud, mi amistad y mi respeto. Y me quedé con la montera bajo la atenta mirada de toda la plaza pendiente de algo siempre trascendental como es un toro brindado a alguien entre el público…

De ahí en adelante todo fue sorpresa; el torero aprovechó cada embestida del toro (hasta las que no tenía) para bordar una faena que puso patas para arriba la plaza de Jerez… Al tercio de espadas del último de la tarde no le faltó de nada y remató el peruano con formidable estocada que desató un poderoso reclamo del público. Andrés Roca, como corresponde, volvió caminando hasta donde le esperaba montera en mano para terminar el brindis con mi correspondiente devolución de la montera (que es el gorro negro de los toreros)… La plaza era un clamor y el alguacilillo le esperaba con dos orejas y un rabo… Solo pude agradecerle buscando una mirada que estaba perdida en la distancia entre el tiempo presente y el destino…

Mientras se llevaban en andas al triunfador de la tarde (cuatro orejas y un rabo con la lógica y correspondiente salida a hombros de la plaza), el ganadero Victoriano me felicitaba. No es nada frecuente que un torero brinde un toro de dos orejas y un rabo, un sexto que vale un triunfo en la tierra del arte y del cante… Plazas con sabores. Salimos del coso en éxtasis…

Sorpresa

Hay algo muy poderoso en el aire cuando un torero llega caminando hasta donde estás para brindarte una faena de semejante categoría y gloria… Era la primera vez que saludaba a Andrés Roca Rey, a quien ya había visto toreando en Madrid… No se cómo supo que yo estaba, dónde estaba, ni cuándo decidió ofrecerme la vida de lsexto de la tarde. Y la suya propia, porque todos somos mortales, pero los toreros son -acaso- más mortales que la mayoría… Nuestros privilegiados asientos estaban a cierta distancia de los burladeros en donde los mozos de espadas tienen dispuestos los petates… No hubo una mirada cómplice ni nada que pudiera haberme hecho suponer semejante gesto… Fue ver llegar caminando a Roca Rey hasta donde yo estaba sentado … Yo no había salido de mi sorpresa mientras Andrés (así se llama Andrés RocaRey) daba la vuelta a la plaza con un toreo espectacular, de riesgo, de estética, de arte y mucho valor. Y todo fue a más hasta el instante de gloria, la estocada final, la suerte suprema… El clamor unificado del público, el reclamo de los pañuelos que piden todos los premios, y un presidente (de la plaza) que así lo considera… Devolví entonces la montera a mi espontáneo admirador, que eligió compartir conmigo el momento de eternidad justo antes de demostrar lo que tiene adentro -y puede sacar afuera- de repertorio, torería genuina y jugando la vida con arrimones de escalofrío.

Cada persona en la plaza miraba fijo cada gesto del diestro sudamericano… y el gesto fue brindarme el toro, dejarme en custodia de la montera, marcarse una faena perfecta, sacándole cada embestida al cornúpeta, triunfar por todo lo alto, volver a recoger el tocado y cerrar el brindis… conmigo.

¡Qué torero!, le dije. Pero tantas cosas pasaban frente a la mirada de Andrés… Él seguía mirando a los ojos a la eternidad… El respetable gozaba… Tres toros buenos y ninguno devuelto a los corrales es una buena corrida. Además, el príncipe Roca Rey había cerrado la tarde de la mejor de las maneras posibles con ese sexto, que decidió brindarme a mí para mi sorpresa y la de las miles de personas, expectantes en el primer paso del brindis y extasiados cuando el torero volvió por su montera antes de recibir dos orejas y rabo, y salir a hombros de la plaza de Jerez de la Frontera, la cuna original del cante y del palo cortado.

Publicado en: ABC

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