San Isidro 2018: La épica como recurso / Ureña, una verdad a medias

Por Paco Aguado / Foto: Teseo Comunicación.

No estaban terminando de salirle las cosas al bueno de Paco Ureña. Con el primero, que aunque cargado de carnes fue el mejor hechurado y, por tanto, también el mejor toro de la corrida, porque le pudo la ansiedad: una visible, tensa y empecinada intención de rebozarse de toro, de despatarrarse hasta lo obsceno y de pasarse muy cerca de la bragueta unas embestidas que pedían, en cambio, más sutileza formal y sobre todo menos ligereza de muñecas en los remates.

Cuando acertó a cogerle medianamente el aire, le pegó de tal guisa una serie de naturales vibrantes y bizarros, pero que, por aquello que le faltó, ya no logró volver a repetir mientras la faena se le iba cayendo hasta los cinco pinchazos que la hundieron en la nada. Y con el quinto, que se movió mucho y con recorrido sin emplearse demasiado, Ureña se tiró también un largo rato sin concretar casi nada bajo un tendido que empezaba a contagiarse del fresco de la noche y del frío del ruedo.

Así que, una vez más, en el tiempo de descuento el de Murcia apeló a la épica, al drama más buscado que encontrado, a esa impostura que sabe recurso infalible en una plaza aparentemente tan dura pero en realidad tan impresionable como la de Madrid. De nuevo vimos a Ureña en su versión “hard core”, con el arrimón desafiante entre los pitones, el ajuste amontonado de empellones, el ¡uy! por el ¡ole! Y, para redondear la escena trágica, tampoco faltaron la voltereta final, la duda de la cornada y el renacer doliente, después de caer entre las patas del toro en una estocada a cara de perro.

Cayó también así la oreja que se dejó en el otro, para repetir la que ya parece su tópica imagen de marca: aferrada la mano al trofeo, tinto en sangre el desaliñado vestido y el rostro crispado, entre lastimero y feliz. La gente le quiere por su humildad, por su constante sufrimiento, pero tiene ya ganas de verle salir a hombros con el traje impoluto y entero, salpicado si acaso de pelos del toro, y con una sonrisa de oreja a oreja después de que el toreo que busca le fluya de una vez sin tanta fatiga.

Del resto de la corrida, con el color ambiental que le dio el primer lleno pero coherente con el gris de todo lo que va de feria, quedó apenas la pasajera sensación de haber presenciado una jornada laboral más de El Fandi, con un lote vacío, y la voluntad evidente y desangelada de un López Simón que aún sigue por la tortuosa senda que le lleve hasta sí mismo.

Publicado en Cuadernos de TM

Ureña, una verdad a medias:

El torero murciano cortó una sola oreja al lote de más calidad de Puerto de San Lorenzo.

Por Antonio Lorca.

Que Paco Ureña es un gran torero es una innegable. Pero los héroes artistas no siempre tienen la inspiración a punto para culminar obras bellas.

Ayer, el torero murciano firmó una actuación valerosa, sincera, emotiva a veces, emocionante en algunos destellos, pero no arrebatadora ni conmocionante, como, quizá, exigía el lote que le tocó en suerte. Paseó una oreja a la muerte del quinto después de una faena de medianías y una voltereta en la suerte suprema que fue la que, de verdad, empujó para la concesión del premio. Una actuación a medio gas, por tanto, de un referente del mejor toreo actual al que se le debe exigir un mayor compromiso.

Todo comenzó en un quite por gaoneras ceñidísimas al primer toro de la tarde, anuncio de su plausible disposición. Recibió, después al suyo con un manojo de verónicas embraguetadas y otras tres, en el quite, de gran empaque.

Empujó el toro en el primer envite con el picador y salió suelto en el segundo; galopó en banderillas y pronto mostró su clase, hondura, prontitud y humillación en la muleta. No llegó a acoplarse Ureña con la mano derecha, y el buen toreo comenzó a surgir con unos naturales largos, templados y bien ligados, que dieron paso a una magnífica tanda por el mismo lado, con el compás abierto, en una demostración evidente del toreo auténtico. Aún hubo un gran pase de pecho, otro del desprecio monumental, una trincherilla y ayudados por alto finales. Mató mal, muy mal, pero ya antes había quedado explícito que brillaron trazos extraordinarios pero incapaces de crear una obra de arte. Fue una labor de menos a más que cayó por el precipicio de los pinchazos. Sobraron muletazos y faltó remate y conmoción. El buen toro mereció mejor suerte.

Bueno fue, otra vez, el recibo a la verónica al quinto, otro animal con movilidad y nobleza en el tercio final. Fue la de Ureña una faena larga, en la búsqueda incansable e inoperante de una emoción que no se hizo presente más que en destellos puntuales. Culminó su labor con unas anodinas manoletinas que, sorprendentemente, cerró con un remate y un pase de pecho torerísimos. El toro quedó cuadrado para la muerte, y Ureña se tiró encima del morrillo con decisión, lo que le costó una espectacular voltereta. Esta y la bella muerte del manso y noble toro propiciaron el premio de la oreja. Bien, pero puede y debe estar mejor. Es imprescindible que así sea por el bien de la tauromaquia.

El resto del festejo no tuvo color. El Fandi pechó con un lote infumable. Inválido, muy protestado, un cadáver en puertas, fue su primero, ante el que falló en un par de banderillas al violín y con el que trató de justificarse en una voluntariosa labor de brocha gorda.

No tuvo mejor fortuna con el cuarto, manso y deslucido, al que banderilleó con más fortuna, aunque desistió de hacerlo en la suerte del instrumento musical, por si acaso.

Y el madrileño López Simón confirmó la impresión que dejó en la pasada Feria de Abril: que atraviesa un bache, que no está, que da muchos pases y torea poco, que su labor no llega a los tendidos, y que, en pura lógica, aburre.

Tuvo toros de triunfo, nobles, obedientes y repetitivos los dos, pero a ninguno le cogió el aire, ni se sintió a gusto ni gustó a casi nadie. Algún muletazo largo, alguna tanda ligada, pero todo en un mar de aguas insípidas.

Cómo haría mella el aburrimiento en los tendidos que, mientras López Simón daba muletazos al sexto, se lanzaron vivas a España, a la tauromaquia y a san Isidro Labrador, motivo más que suficiente para que el buen torero reflexione sobre la crisis de identidad que, por lo visto, padece.

Otra tarde más deben subir al podio toreros de plata henchidos de gracia: Tito Sandoval por un buen puyazo al sexto, y Vicente Osuna, Yelco Álvarez y Jesús Arruga, por meritorios pares de banderillas. Los cuatro, miembros de la cuadrilla de López Simón; lo que son las cosas…

SAN LORENZO / EL FANDI, UREÑA, SIMÓN

Toros de Puerto de San Lorenzo, bien presentados; el primero, inválido; segundo, mansón y de calidad suprema en la muleta; cumplidor en varas y noble el tercero; deslucido el cuarto; manso y noble el quinto, y con movilidad el sexto.

El Fandi: casi entera (silencio); estocada caída (silencio).

Paco Ureña: dos pinchazos —aviso— tres pinchazos y un descabello (ovación); estocada (oreja).

López Simón: media estocada, un descabello —aviso— y un descabello (silencio); pinchazo —aviso— media tendida y un descabello (silencio).

Plaza de Las Ventas. Octavo festejo de la Feria de San Isidro. 15 de mayo. Lleno. (22.275 espectadores, según la empresa).

Publicado en El País

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