El clarividente que forjó la edad de oro del toreo

Óleo de José Gómez Ortega “Gallito” por Ruano Llopis (subastado por la Casa Morton en 2010)

Por Antonio Casanueva Fernández.

Se conoce como “la edad de oro del toreo” (Corrochano, 1992) a la época que va desde la alternativa de Gallito en 1912 a su muerte en Talavera de la Reina, en 1920. Un período caracterizado por la rivalidad entre Juan Belmonte y José Gómez Ortega “Gallito” que transformó el toreo en un espectáculo artístico y de masas.

Belmonte y Gallito fueron el yin y el yang de la tauromaquia: dos fuerzas opuestas y complementarias. Belmonte elyin, la oscuridad, “el señor de las tinieblas”, el terremoto. Gallito el yang, el albor, “el rey de la luz”, la maravilla. Alameda (1989) se refiere a Belmonte como un torero “mágico” –cerrado, misterioso– y a Gallito como un torero “fáustico” –abierto, expansivo.

La aparición de Joselito –rey de la luz–, produjo júbilo. La de Belmonte –señor de las tinieblas–, asombro. José aparece como una superación –“Maravilla”, le dijeron–. Juan, como un fenómeno –“Terremoto”, le llamaron–. En medio está el toro, que determina el primer acto del drama. El toro, ya evolucionado, que permite a Belmonte disputarle su terreno. Y que permitirá a Gallito encontrar nuevos desarrollos hacia el futuro [Fáustico y que, como tal, empieza por vender su alma al diablo –por aceptar el terreno de Belmonte y bajar, como Orfeo, hasta los infiernos–.] (Alameda, 1989, p.173).

José Gómez Ortega (Gallito o Joselito) fue nieto, hijo, sobrino y hermano de toreros: la dinastía de los Gallos. Su padre –Fernando Gómez “el Gallo”– se casó con la bailadora gitana Gabriela Ortega, quien también era hija de torero, el banderillero Enrique Ortega “el Gordo Viejo” (Cruzado, 2013). De esta manera, confluyen dos estirpes muy fuertes que determinan la forma de ser y de torear de Gallito. Adicional a sus genes taurinos y flamencos, desde niño, Joselito observó a sus hermanos y a otros toreros que asistían a la finca de los Gallos, de esta manera, por tradición oral y por vivencias de la infancia, José absorbió la tauromaquia de su época. Como lo explica Aguado (1999), Gallito era un compendio de los conocimientos del toreo del Siglo XIX. La sapiencia se sumó a una intuición innata para entender el comportamiento del toro. Cuentan que Don Eduardo Miura, al referirse a Gallito, decía: “Parece que le ha parido una vaca” (Amos, 2015).

El conocimiento y la clarividencia le permitieron un dominio de cualquier tipo de res y de encaste. Fue un niño prodigio. En su presentación como novillero en Madrid, con tan sólo 16 años de edad, “va a los corrales de la plaza, ve los toros y le parecen chicos. La empresa trata de hacerle comprender que no son chicos. El insiste y pide una corrida mayor, concretamente, una corrida de toros –no de novillos- de Olea que tenía la empresa. No se le puede convencer de que lo que pide es una corrida dispuesta para matadores de toros, y ante su decisión irrevocable, hay que echarle la corrida de Olea” (Corrochano, 1966).

Tenía claro que había llegado para mandar en la fiesta. Su primer objetivo fue destronar y echar a Ricardo Torres “Bombita”. Su padre, Fernando Gómez “el Gallo”, fue un torero modesto que se retiró prematuramente por una enfermedad que, también, le ocasionó la muerte cuando Joselito tenía 2 años. La familia de los Gallo pasó muchas premuras económicas. Al volverse matador, Rafael, su hermano, brindó esperanza a la familia, pero Bombita lo vetaba y eso impedía que la familia tuviera los recursos financieros necesarios. De ahí el rencor a Bombita, a quien Gallito acosó desde su alternativa, hasta lograr que se retirara dos años después. Se decía que había llegado a la fiesta con una tijera de cortar coletas (Aguado, 1999, Morente, 2011b).

La primera intención de Joselito, cuando Belmonte apareció en escena, fue destruirlo. Pero no pudo con la fama inicial de Juan quien llegaba como un iconoclasta, que se colocaba donde nadie antes lo había hecho. Pronto Gallito, con su agudeza, se dio cuenta de que Juan Belmonte debía ser su rival, su antítesis, su complemento… Se acordaba de lo que había pasado con Guerrita: los públicos se habían hartado de él por ser el único mandón. A partir de ahí, José decidió proteger a Belmonte. Por su parte, Juan –astuto y “muy zorro”, según lo explica Aguado (1999)– se dejó llevar, se dio cuenta de que a Joselito le convenía torear con él, que además era un gran negociador y un visionario, por lo tanto, la rivalidad/complemento le convenía a los dos. Le beneficiaba a la tauromaquia.

España se dividió entre Gallistas y Belmontistas. Eran toreros distintos y, por ello, la dialéctica del toreo moderno, que explicábamos en un artículo anterior –toreo en línea natural vs. toreo cambiado–, llegaba a su máxima expresión.

La evolución definitiva, de la tauromaquia del Siglo XIX al toreo moderno, se dio en la feria de Sevilla de 1915. En una tarde, Gallito lidió magistralmente a dos toros de Miura, faenas poderosas a toros fieros, tal como se acostumbraba en antaño. Al día siguiente, toreó en línea natural –antecedente directo del toreo en redondo que perfeccionarían Chicuelo y Manolete– a Cantinero, negro listón, lucero, bien puesto de pitones de la ganadería de Santa Coloma. La faena fue tan impactante que el presidente le concedió la primera oreja que se cortó en la Real Maestranza de Sevilla, rompiendo así una secular tradición (Morente, 2011c).

José había entendido que, para el toreo moderno, se necesitaba un toro distinto. Un tipo de astado que se había empezado a seleccionar por influencia de Guerrita, quien procuró afinar tanto el estilo de los toros como su tipo y encornadura, “a fin de hacerlos más aptos para la lidia y facilitar, con el lucimiento de los toreros, la brillantez del espectáculo” (Alameda, 1961, p.16). Como lo explica José Morente, Gallito, entonces, “se preocupó y mucho porla marcha de las ganaderías. Por las cruzas. Porque no se perdieran por cuestiones económicas algunas ganaderías en trance de desaparecer o dividirse (que viene a ser lo mismo) o por enviar al matadero las que no servían” (Morente, 2011a). Joselito apostó por los encastes Vistahermosa, Ibarra, Parladé, Murube y Saltillo. Por un toro que le permitiera a él torear en línea y ligar naturales, y a Belmonte templar y colocarse en los terrenos del toro.

Recordemos que a Joselito le interesaba cuidar a Juan Belmonte y, por lo tanto, necesitaba buscarle ese toro para que tuviera más tardes buenas y que no se cumpliera el presagio del Guerra (“el que quiera verlo debe darse prisa”). Alameda (1961, p.18) calificó de gran paradoja la relación entre el Guerra y Belmonte: “Guerrita que, al hacer posible al toro moderno, hizo posible a Belmonte, fue el primero en negar el toreo belmontino. Como un padre que no reconociera a su hijo”. Esto se explica porque quien continuó con el hilo del toreo de Guerrita fue José y no Juan, quien se decantó por el toreo cambiado y en ochos. Gallito influyó, aún más, en la selección del toro que permitiría el arte, temple y la colocación de Belmonte.

El toreo es un espectáculo popular y así lo entendió José. La pasión que provocaba la rivalidad con Belmonte, le hizo darse cuenta de que las plazas quedaban pequeñas y empezó a influir para que se construyeran plazas monumentales, capaces de dar cabida al pueblo que quería ver a sus ídolos. Para situarnos contextualmente, la época de oro del toreo se da en la segunda década del Siglo XX, unos años antes de que el filósofo español José Ortega y Gasset –quien, por cierto era gran aficionado a los toros– escribiera La rebelión de las masas. Para dar espacio en los toros a la aglomeración, al “advenimiento de las masas” (Ortega y Gasset, 1929), Gallito participó en la construcción de tres plazas monumentales: Barcelona, Sevilla y Madrid. En Sevilla, tuvo que desafiar a la alta sociedad, a los maestrantes y, pese a repulsiones, consiguió que se levantara una plaza con cupo para más de veinte mil espectadores. Y si bien, con la muerte de Joselito, la sociedad sevillana dejó en ruinas la Monumental de Sevilla, el ejemplo ayudó para que, en años posteriores, se construyeran otras grandes plazas que sirvieran para que las masas aclamaran a ídolos populares como Manolete o el Cordobés. En México, se construyó una plaza de casi cincuenta mil concurrentes donde los mexicanos pudieran ver al Monstruo de Córdoba.

Joselito fue, también, el primer matador que pasó de las 100 corridas en una temporada. Y lo hizo en los años de 1920s, donde las comunicaciones y medios de trasporte eran una limitante. Pero, como mandaba dentro y fuera del ruedo, diseñaba temporadas inteligentes que le permitían aprovechar las rutas del tren. José cuidaba sus derechos –y los de Belmonte–, sabía manejarse dentro y fuera de la plaza. Dio así las pautas para que posteriormente sugiera el apoderado moderno, personajes como Camará y Domingo “Dominguín” aprendieron de él (Aguado, 1999).

Fueron los años más intensos en la historia del toreo. Con 25 años de edad y en tan sólo 8 temporadas (1912 a 1920), José Gómez Ortega cambió el devenir de la fiesta. Un genio que tomó el hilo del toreo de Guerrita para torear en línea y ligar naturales, que influyó en la selección de un toro que permitía un trasteo templado y artístico, y que diseñó una fiesta para que el pueblo se apasionara y vitoreara a sus ídolos. Como lo describe Paco Aguado (1999), Joselito “el Gallo”, el rey de los toreros.

Publicado en Intolerancia

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