Luis Mazzantini y seis toros de Miura

Por

José Antonio Sotomayor

Aunque es muy aventurado precisar cuándo ocurrió, por primera vez, un suceso en el mundo de los toros, anoto que el primer espada que se encerró, una encerrona lo llaman en México, con seis ‘miuras’ fue Luis Mazzantini. Lo conté en el libro que publiqué, hace muchos años, con esa ganadería y sus sucesivos propietarios como protagonistas. Entonces me apoyé en un comentario del cronista ‘Pánico’ en la revista Sol y Sombra. En la crónica de la novillada celebrada el 4 de agosto de 1907, en Sevilla, escribió: “Desde que Mazzantini en sus buenos tiempos estoqueó solito seis terribles ‘miureños’, el caso no se había repetido”. No precisaba la fecha del suceso. Buscando crónicas, en el Boletín de Loterías y de Toros, para la redacción de un libro en el que cuento la historia de la ganadería de Nazario Carriquiri, precisamente en el año del fallecimiento de este, por casualidad, encontré una croniquilla de la corrida mencionada al comienzo. Lo de los buenos tiempos de Mazzantini que decía ‘Pánico’, invita a pensar que fue en la época de más esplendor del matador de toros. Realmente fue unos meses después de tomar la alternativa de manos de ‘Frascuelo’, doctorado que le confirmo ‘Lagartijo’. De su valía, de la de Mazzantini, dice mucho el haber permanecido en primera fila junto a los anteriores, seis y nueve años, respectivamente, y haber competido, o al menos estar entre los primeros, durante toda la trayectoria profesional de ‘Guerrita’.

Volviendo a la corrida de los seis ‘miuras’, se celebró el 12 de octubre de 1884 en Sevilla. La reseña del corresponsal de la revista Boletín de Loterías y de Toros es muy escueta. Sí cuenta que “el matador demostró condiciones muy especiales para llegar a ser un buen torero”. Esto ratifica mi comentario de más arriba. Y aún abunda más en esto cuando afirma: “Mazzantini considerado como aficionado, es superior. Como matador de toros, deja mucho vacio para la afición; no es tampoco acreedor a la protesta que ciertos aficionados, ‘de cañas y aceitunas’, le tenían preparada”. Hoy, como ayer. Esto lo añado yo. El torero de Elgoibar estuvo incansable durante toda la corrida. Realizó quites, banderilleó, y muy bien, y a la hora de matar, lo que siempre fue su fuerte, llegó varias veces con la mano al morrillo. Las faenas fueron buenas, malas y también regulares, pero, dada la poca experiencia del espada en aquellos días, el conjunto fue muy aceptable. El público comprensivo le aplaudió, no por la calidad que, como he dicho, no siempre la hubo, sino por la entrega, el pundonor y el deseo de complacer a los asistentes. En aquella época se hacían muchas estadísticas de las actuaciones, y en esta ocasión el revistero de la publicación citada contabilizó 147 pases de muleta, más de 24 de media por cada toro; 10 pinchazos, ocho estocadas y dos descabellos; en banderillas clavó tres buenos pares; los toros de Miura tomaron 50 varas, dieron 19 caídas y mataron 15 caballos. Y como es justo hacerlo, anotó los subalternos destacados. Dos picadores: Pinto y ‘Badila’; y tres banderilleros: Galea, ‘Pulguita’ y ‘El Primo’.

Si nadie descubre otra corrida de estas características, celebrada con anterioridad, fue la primera en la que un matador de toros se encerró con seis bichos de Miura. Después lo hicieron otros, no demasiados. Sobran dedos de las manos para contarlos.

Publicado en Grada

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