San Fermín: el toro manda

El toro como centro indiscutible de la fiesta de Pamplona.

Por Victor Martín.

En un párrafo extraído de “Sanfermines 204 horas de Fiesta” escrito por Larrión y Pimoulier se cuenta cómo la Junta de Gobierno de la Casa de Misericordia, entidad de carácter benéfico que tradicionalmente organiza la Feria de San Fermín en Pamplona, programó un festejo fuera de la Feria del Toro el 15 de julio de 1966. Aquel festejo que se incluyó en el cartel de la feria fue contestado por el propio Antonio Ordóñez. El diestro predilecto de Pamplona argumentaba que si “alguien se anunciaba en Pamplona debía acudir a la Feria del Toro y con las ganaderías contratadas por la Casa de la Misericordia”. Es San Fermín: el toro manda.

Aquel festejo que sirvió para presentar a Sebastián Palomo Linares ante la afición fue precedido de una mañana conflictiva en los corrales, donde apoderados y empresa litigaron en la búsqueda de seis toros con el trapío suficiente para la Feria de Pamplona. El festejo finalmente se celebró. Pero al año siguiente, cuando Antonio Ordóñez regresó a su feria de San Fermín, preguntó por las ganancias de aquel festejo. Y donó para causas benéficas una cantidad idéntica.

La Feria del Toro

Es su sello de identidad en el ámbito estrictamente taurino. Las mejores ganaderías tienen claro lo que deben mandar a Pamplona por San Fermín. La cabeza de la ganadería. Los toros con más romana, con más esqueleto y con una cabeza en consonancia con el tamaño y remate del cuerpo. El toro de Pamplona marca la diferencia en el ruedo. En Pamplona importa el ser, pero es fundamental el parecer.

La gran peculiaridad de la feria es que La Casa de la Misericordia organiza históricamente todos los festejos taurinos de la capital navarra. Primero elige las ganaderías y después contrata los toreros.

Esto viene ocurriendo desde 1959. Cuando el forcejeo para la contratación de Luis Miguel Dominguín y Antonio Ordóñez acabó con la ruptura entre empresa y toreros. La empresa dio un giro total. Anunció la I Feria del Toro, contrató lo mejor de las camadas de las mejores ganaderías del país e inició su modelo genuino. Los toreros deberían ajustarse al ganado que disponía la empresa según gusto del aficionado, se acabaron las imposiciones de los mandones del toreo con uno y otro hierro, y los bailes de corrales en tardes de figuras.

El gusto del aficionado mezcla el juego de los astados, tanto en el ruedo como en las calles. Y así, haciendo un breve análisis sobre los hierros que se vienen anunciando año tras año, encontramos una gran estabilidad en el gusto que evidentemente es sensible a los momentos, al alza o la baja, de hierros históricos y a los nuevos ganaderos de éxito. Y por último, el factor de que, dependiendo de la camada, puede ocurrir que una ganadería no tenga toros con el trapío acorde a las exigencias de Pamplona esa temporada.

Miura es un fijo año tras año. En las últimas 9 ferias, sólo dos ganaderías se han unido al mítico hierro sevillano que pasta en Zahariche y no faltan a la cita navarra de julio. Son los hierros de Fuente Ymbro y Victoriano del Río. Cebada Gago y Jandilla han estado en seis de esas nueve. En ambos casos, el encierro de la mañana es un momento álgido de su actuación. Sin duda, dos de los hierros más complicados en las calles. Núñez del Cuvillo acude por tercer año consecutivo y sexta en los últimos nueve. Los santacolomeños de José Escolar debutaron hace tres ferias y este año harán su cuarta aparición consecutiva. Su juego en la plaza suele ser encastado y en general con mucho que torear, pero en las calles han protagonizado encierros inciertos y largos. El octavo hierro de este año es Puerto de San Lorenzo, que repite en relación con el pasado año.

En definitiva, los mismo hierros que el pasado año y un completo crisol de encastes y modos de entender el toro bravo que compiten en Pamplona en trapío y prestigio.

Afición y toreros

Otra de las patas sobre la que se asienta la peculiaridad de la Feria del Toro es la particular idiosincrasia de su afición y la relación con los toreros. Los agrupo porque en varios casos tienen mucho que ver. En Pamplona hay dos públicos. El del sol y el de la sombra. En el sol, peñistas y bullangueros. En la sombra, todo es mucho más comedido. En realidad, en esta plaza se ve con nitidez, en ocasiones con extremismo, las dos sensibilidades históricas referentes al espectáculo taurino. Por un lado, el aficionado que degusta, analiza y examina todo lo que ocurren en el ruedo. Y, por otro, el festivo ocasional. Que se divierte sin necesidad de entender, y en ocasiones, simplemente atender lo que de verdad está ocurriendo por allí. Ambos se necesitan. Unos para salvaguardar la esencia del rito y otro para finalmente pasar por taquilla y, por qué no, anidar con su experiencia un posible aficionado en el futuro.

Así en ocasiones el criterio en el juicio sobre los toreros puede bailar de una tarde a otra, o incluso en la misma tarde. Es de sobra conocido lo difícil que en Pamplona es triunfar en el cuarto toro. Momento de merienda. De viandas y sangrías. De público incluso girado del propio acontecimiento. En ocasiones se pueden perder lo mejor de cada tarde en el trance del tradicional avituallamiento.

En Pamplona el éxito es épico y las broncas atronadoras. En cualquier caso es, sin duda, el antagonismo al silencio ensimismado de la Maestranza de Sevilla. Pamplona es ruido. De la mañana a la tarde.

El torero está en el centro de toda la vorágine festiva. Y aquí nos encontramos con la dualidad brutal. O lo amas, o lo odias. Todo esto frente a un toro imponente.

Así nos encontramos con los ídolos históricos de la afición pamplonesa. Desde Antonio Ordóñez y Luis Miguel Dominguín. Pasando por Diego Puerta, El Viti y Camino. Ruiz Miguel allí fue emperador. Emilio Muñoz remontó en Pamplona muchas temporadas. El propio Jesulín vivió su cima populista en aquel ruedo. Y más cercanos en el tiempo, Liria -que reaparece este año- y Padilla. El aficionado no olvida tampoco las tres orejas que José Tomás cortó una tarde con cebadasgagos, que entró sustituyendo al herido César Rincón. Héroes del pueblo, de corte bien diverso. Artistas y guerreros que se retroalimentaron de ese ambiente singular.

Otros ni verlo. Curro Romero apenas toreó cuatro tardes y ya dejó claro que por allí no le esperaran. El Cordobés, Manuel Benítez, cortó una oreja como novillero, fracasó en su presentación como matador y a la tercera entró sustituyendo al ídolo Ordóñez, y terminó la tarde dando pases con una almohadilla entre una bronca mayúscula limpiándose el polvo de las zapatillas. Por allí no volvió. La lista de exiliados voluntarios es amplia. Morante en toda su carrera sólo acudió en seis temporadas. Manzanares no acude desde el año 2009, Joselito debutó y se despidió un julio de 1998. 27 años después redebutó como ganadero. El propio José Tomás desapareció desde que en 1999 se cayó de un cartel que estaba anunciado. Paco Ojeda solo toreó dos tardes, la última desde la cima del toreo: un Jandilla con genio le dejó sin ganas de volver.

El encierro

Es el aspecto diferencial más notable respecto a las grandes ferias de la temporada española. Como suele ocurrir, lo estrictamente diferencial nace del corazón de la tradición. El sentido del encierro corresponde a la época donde el transporte del ganado a los recintos taurinos se realizaba a pie. El ganado se llevaba a un cercado próximo a la plaza. Y desde allí, apoyado por caballos y/o cabestros, se conducía hasta el coso para su lidia. Y en este punto me paro a subrayar el único sentido que tiene el encierro en Pamplona y salir al paso de la polémica de los últimos días por el representante consistorial de Bildu. En Pamplona se corren los toros para que luego se lidien en la plaza. Cualquier otro enjuague seria desnaturalizar la fiesta y el sentido de la misma. Ciñéndonos al hecho taurino, sería levantizar los Sanfermines con Bous al Carrer.

La mística de Pamplona es exigir al torero por la tarde la cercanía y el riesgo que los mozos corren en la mañana. Es un hecho integral. Si alguien no quiere vivir ese San Fermín tiene otras opciones, que pueden ser el festejo religioso, el musical o el puramente festivo. En definitiva, hay lugar para la celebración para todos.

Regresando al encierro, su origen data del medievo. Pero no fue hasta 1856 cuando cambia la denominación. Hasta esa fecha se llamaba la entrada de los toros. A partir de entonces ya recibe el nombre de encierro. Por primera vez se corre delante de los astados y no detrás para ayudarles a entrar en la plaza. Y es cuando se integra la calle Estafeta que conduce a la plaza.

Así desde entonces queden definidos los 875 metros que desde los corrales de Santo Domingo llegan hasta el Ayuntamiento para salir por Mercaderes, Estafeta, el tramo de Telefónica que enlaza con el coso pamplonés. La única variación fue en 1922 cuando la Monumental de Pamplona se inaugura en un terreno próximo a la Vieja Plaza.

A lo largo de la historia hubo dos momentos en los que, desde el punto de vista de la seguridad, se plantearon dos cambios importantes. El primero fue la implantación del doble vallado. Esto ocurrió en 1941 debido al incidente de los sanfermines de 1939. Entonces Liebrero, un toro de Sánchez Cobaleda, rompió el vallado único existente. La estampida de la masa dio con el burel de la ganadería salmantina persiguiendo a una niña llamada Aurelia Beloki que libró el trance. Pero el toro se fijó en su madre, Clara Herrera, a la que infirió dos cornadas de las que los cronistas de la época dicen que tardó 40 días en sanar. Liebrero finalmente fue abatido por un guardia civil entre la Puerta Principal de la plaza y las taquillas.

La segunda fue la implantación de las gateras en el callejón de acceso a la plaza de toros en 1975. Aquel año se generó un tapón en la puerta de entrada a la plaza. Dieciséis heridos y un muerto propiciaron la medida inmediata de crear escapatorias. Así desde entonces muchos corredores han podido librar momentos de máximo riesgo en sucesivos tapones, o tropezones y resbalones en el angosto pasillo que conduce al coso Monumental.

La leyenda del encierro toma vuelo ante la tragedia. A lo largo de la historia se produjeron 16 fallecidos. El primero en 1910 cuando un toro de Villagodio acabó con la vida de Francisco García Gurrea en un montón que se formó a la entrada de la Vieja Plaza. Hasta la que ocurrió en 2009 cuando un toro de Jandilla segó la vida del complutense Daniel Jimeno con una cornada mortal en el cuello. Y entre medias, dos tardes especialmente aciagas para los corredores. Una el 7 de julio de 1947 y otra el 13 de julio de 1980. El primero, un toro murubeño de Urquijo, y el segundo, un toro de Salvador Guardiola, pasaron a la historia al cobrar dos víctimas mortales cada uno. Semillero y Antioquío, que así se llamaban respectivamente, coincidieron en que su segunda víctima fue ya en el ruedo de la Monumental de Pamplona. Antes habían caído en la Calle Estafeta y la Plaza del Ayuntamiento, respectivamente.

La fiesta que Hemingway descubrió en los años 20 del pasado siglo indudablemente tiene diferentes representaciones. Pero el motor que mueve todo es el toro. Desde el madrugador encierro a la vespertina corrida. Una de las ferias más importantes de la temporada taurina.

Cuando en 1923 un joven reportero del Toronto Star llamado Ernest Heminngway aterrizó en una Pamplona en fiestas buscando material periodístico de cierto color no calibraba el impacto recíproco que se iba a derivar de aquel encuentro.

El joven reportero se enamoró de la ciudad y del espíritu para festejar de sus gentes. Esta huella aparece reflejada en numerosos episodios de su obra posterior. Con especial fuerza en su primera novela de éxito, The sun also rises, traducida al castellano como Fiesta. Luego llegó el Pulitzer, el premio Nobel de Literatura y la consistencia de una obra que dio a conocer los Sanfermines por todos los rincones del mundo.

Desde hace ya décadas no es extraño ver dentro de la multitud de corredores que desafían a su suerte cada mañana entre el 7 y 14 de julio de cada año en las calles de la vieja Iruña una completa miscelánea de corredores de todo el planeta que buscan la inspiración de la adrenalina desbocada para seguir sintiéndose vivos. Eso que tan bien vendió el literato norteamericano.

Por eso y por muchas cosas más, es indudable que el momento del año en que al mundo en general más le llega el hecho taurino es los Sanfermines. La Feria de Abril de Sevilla y luego San Isidro tienen el gran impacto sobre los países taurinos. Pero la gran exposición hacia el mundo en general corresponde a la feria de Pamplona. Con los tiempos que corren, haría mal el mundo taurino en despreciarlo. Es el gran escaparate para vender un excelente producto. El toro.

Publicado en El Independiente

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