¿Es posible unos Sanfermines sin corridas de toros? Claro que sí

Por ANTONIO LORCA.

La pregunta es provocadora, sin duda. Y tiene dos respuestas posibles. La primera, ortodoxa, NO, con mayúsculas; sin corridas no hay encierros ni fiestas de San Fermín. Y la segunda, herética y disparatada, CLARO QUE SÍ.

La polémica la inició el alcalde de Pamplona con ese disparo que surtió el efecto deseado: “No veo unos sanfermines sin toros, pero sí sin corridas”.

Y se encendieron algunas alarmas. Hasta los ganaderos, tan silentes siempre, firmaron una carta en la que, envalentonados por una vez en su vida, decían, en plan pataleta infantiloide, aquello de que “no vamos a consentir los encierros de Pamplona sin la celebración de las corridas”; como si ellos pudieran impedir con su negativa los Sanfermines. En el caso más que improbable de un boicot, en Navarra hay toros suficientes para los encierros, y está por ver si alguno de los firmantes rechazaría una suculenta oferta económica como la que suelen hacer en la capital navarra.

Lo cierto, sin embargo, es que el primer edil pamplonés no planteó ninguna barbaridad; y él mismo reconoció que todos los grupos municipales han admitido que existe un debate social en torno a las corridas de toros.

Ha nacido un nuevo encierro, previsible y profesionalizado

Así es, guste o no a los taurinos. “La corrida de los toros”, recalcó el alcalde, “es una actividad cultural que genera controversia”. Y es verdad.

¿Cuál ha sido la reacción de la afición de Pamplona?

Ah, pero ¿hay afición a los toros en Pamplona? ¿Afición o tradición? Por lo que se ve en la plaza, la corrida parece más una celebración festiva, un acto social y no una reunión de exigentes aficionados en la que prime la búsqueda de la emoción. Ni siquiera la llamada Feria del Toro —la del toro serio y astifina arboladura— es una demanda de los que pueblan los tendidos, sino la solución a un litigio de despacho entre la Casa de Misericordia y los diestros Luis Miguel Dominguín y Antonio Ordóñez en el año 1959.

Y hablamos, claro está, de los tendidos de sombra, que no han dicho ni mu a las palabras del alcalde.

¿Y el sol?

¿Alguien duda a estas alturas de que a los espectadores de sol les importa un pimiento los toros, y que todos los peñistas acudirían a la plaza exactamente igual si se celebraran en el ruedo fuera un espectáculo de recortadores o una pega de forcados portugueses? Pues eso.

“En Pamplona, el espectáculo está en el tendido”

Es más: Mariano Pascal, portavoz de la Casa de Misericordia, ha argumentado en este periódico que un abono en la plaza de Pamplona es “una propiedad familiar, como un apartamento en la playa”. Claro que sí, como lo era en Sevilla y Madrid hace unos años, y ha dejado de serlo. Lo que antes era un tesoro, —un abono—, hoy es pura bisutería.

Cierto es que el formato de San Fermín no se entiende sin el toro, pero lo único sagrado es el encierro. Esa es la motivación fundamental que ha universalizado esta fiesta y la llamada a la que acuden turistas de todo el mundo. El encierro, pero no la corrida.

Lo que hoy parece impensable, mañana puede ser una realidad. Impensable era que la muy taurina Cataluña volviera la espalda a la fiesta hasta el punto de dar alas al independentismo para su prohibición; impensable que La Maestranza haya pasado de casi siete mil abonados en los buenos años de la bonanza económica a poco más de dos mil, si es que llegan, en la actualidad; impensable era hasta hace poco que una terna de primeras figuras en ferias de postín no colgara el cartel de ‘no hay billetes’, y hoy es noticia relevante cuando consiguen llenar la plaza.

La fiesta de los toros está en crisis y hay que defenderla cada tarde con uñas y dientes; y no parece que ese sea el objetivo prioritario de la ‘afición’ de Pamplona, que permite un espectáculo taurino caricaturizado y, a veces, esperpéntico, dirigido por una presidencia que causa sorpresa y sonrojo por su constante veleidad.

Conclusión: la corrida goza hoy de buena salud en San Fermín, pero puede enfermar mañana contagiada por el creciente antitaurinismo y el silencio pasivo de quienes asisten a la plaza.

¿Es posible unos Sanfermines sin corridas de toros? Claro que sí. Ojalá no haya oportunidad de comprobarlo, pero ese puede ser su destino a medio plazo si no se establecen medidas de defensa y apoyo. De momento, Pamplona ha callado ante las insinuaciones del alcalde, y ese es un mal presagio.

Y mientras la supervivencia de los festejos taurinos se somete a discusión pública, ha nacido un nuevo tipo de encierro. Permanece el riesgo, pero la carrera ha dejado de ser una aventura, se ha vuelto previsible y, lo que es peor, se ha profesionalizado.

Los cabestros ya no son acompañantes, sino ‘liebres’ que marcan y lideran la carrera; los toros son atletas entrenados en el corredero del campo para la media distancia; más que correr, vuelan, hermanados, compactados, y, si alguno cae, busca con desesperación la manada. Animales todos ellos profesionalizados para ocho carreras que se parecen unas a otras como gotas de agua.

Profesionales parecen también la mayoría de los corredores, actores de un espectáculo televisivo, estudiosos del trazado, expertos medidores de la velocidad, las pulsaciones y los miedos.

Y la guinda del pastel es el líquido antideslizante presente en parte de la calzada, que ha desnudado el encierro de resbalones, caídas, golpes y emparedados en los tablones de la curva de Estafeta. Ese componente químico de milagrosos resultados es como un chute de buenismo que ha restado violencia y exhala compañerismo y divertimento al menor riesgo posible.

Dicho de otro modo, el encierro interesa cada vez menos, es uniforme y previsible, ha perdido autenticidad, y correrlo ya no es —al menos, no lo parece— la aventura de antaño.

Pero el encierro tendrá solución porque es el alma de San Fermín. Lo preocupante es en qué echarán la tarde los toros de los años venideros; si saldrán al ruedo o volverán a la dehesa.

Una prestigiosa revista nacional publica en su edición de julio un amplio reportaje sobre los Sanfermines y el autor termina así su relato: “En Pamplona, ya se sabe, no hace falta mirar al ruedo: el espectáculo está en los tendidos”.

He ahí el problema.

Publicado en El País

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