Roca Rey vuelve a tronar en Valencia

El peruano corta dos orejas y abre la puerta grande en el último suspiro de la feria. Josemari Manzanares interpretó dos sinfonías inacabadas ante la pasión de su público y frente a dos toros de muy diferente condición.

Por JOSÉ LUIS BENLLOCHL.

Cualquiera que se hubiese asomado a la plaza arrastrado el último toro podría pensar que la tarde había sido un paseo en lancha, un desfile triunfal en loor de multitudes, y nada más lejos de la realidad. Fue una tarde extraña, complicada, apartada del guion que había convocado en la plaza la mejor entrada con diferencia de la feria, pero aquella vuelta al ruedo del toro, sorprendente, y los clamores con los que el público despedía a Roca disimulaban la auténtica realidad. Nada que contradiga la legitimidad del triunfo del peruano, que estuvo una vez más contundente y valeroso, con la fe del catecúmeno para perseguir la gloria final hasta allá donde no parecía haber posibilidades.

Antes de ese clímax, la tarde había pasado por los momentos más extraños. Hubo motivos para abjurar de los toros a la moderna, ¡vaya con los cuvillos esta vez!, el primero y el cuarto, mismamente, estuvieron absolutamente vacíos de fuerza y de casta, y ninguno remató en lo que siempre se espera de esta ganadería. Hubo pasajes extrañísimos también, de pura contradicción, como que el toro más protestado por chico, el coloradito tercero, fue el más complicado de la tarde, lo que viene a demostrar que no hace falta ser grande para ser un cabrón. El pájaro embestía rebrincado, pegando tornillazos, a dos velocidades, y acabó con la moral del propio Roca.

Curiosamente, ante la dificultad, los que lo habían protestado de salida ya no dijeron ni mu. Claro que también protestaron al sexto y acabaron premiándolo con la vuelta al ruedo para redondear el más absurdo de los círculos.

Luego, hubo pasajes en los que Manzanares dibujó el toreo.

Fueron dos sinfonías que cabría calificar de inacabadas, que permitieron, una vez más, escenificar el manzanarismo de Valencia, que naturalmente no es mancha sino recordatorio del buen gusto de una afición a la que no siempre se le reconoce. Y hubo, lo dicho, el momento crucial de esa última faena de Roca, de pies muy firmes, la muleta puesta, en una comunión absoluta con un público que si era manzanarista está claro que también idolatra a Roca. La vuelta al ruedo del último toro entra en el capítulo de lo anecdótico, ni una tarde sin una ocurrencia presidencial.

Era la tarde de las figuras. Eso se apreciaba claramente en la afluencia de público. No me cansaré de recordar que históricamente, no me hablen de modas, Valencia es una plaza de carteles cerrados, con todo lo bueno y de malo que tiene el asunto. Con la referencia de las dos tardes que la precedieron hay que convenir que estos carteles generan otro toreo, es otra fiesta, otro mundo. Sucede ahora y sucedió siempre, no cabe rasgarse las vestiduras. Ayer pesó durante mucho tiempo como una losa el nivel de tensión, también de emociones, de la tarde anterior. El libreto en ambos casos lo marcaron los toros. Los de Cuvillo no tuvieron nada que ver con los que le han convertido en predilectos de las figuras.

A estas alturas con los dos toros, muy bonitos por cierto, pero absolutamente muermos y vacíos que le correspondieron a Castella, no creo que al francés le queden muchas ganas de repetir con la divisa de El Grullo.

También hubo toros de alta complicación, el tercero que les he contado, que se llevó Roca. Fue menudo, áspero, con dos velocidades, sin ritmo, y el mismo toro segundo de la tarde se vino arriba en el último tercio y no se entregó en ningún momento, dificultades, por cierto, que siendo de quien eran, no se acabaron de valorar en su justa medida por los tendidos.

Después hubo dos toros con más toreabilidad, caso del quinto, al que Manzanares le tuvo que dar tiempos y tiempos hasta rayar en la pasividad para que no se viniese abajo, y hubo un toro sexto, el de la vuelta al ruedo, inédito en varas y obediente en el tramo final, cuya principal virtud fue la suerte, la suerte de caer en manos de un tipo ambicioso e inasequible al desaliento. En resumen, hubo toros para enfadarse, toros para la esperanza, toros para cuidar mucho y toros para cuidarse de ellos.

El protagonista de la tarde, es evidente, fue el peruano, que se topó con el incómodo tercero, el toro de las dos velocidades, una primera por dentro y medio obediente, y una segunda hasta el final del muletazo, agresiva y descompuesta. Y ante semejante prenda, lo que no puede ser no puede ser y hubo que esperar al sexto. Y como los grandes no se rinden, Roca le salió al jabonero sexto con absoluta decisión. Toro bruscote que apareció sin prometer nada, bruto y desclasado, pero que acabó sometido al mando de RR. Las rogerinas con las que lo puso en suerte fueron el parteaguas de su actuación, el trueno de aviso que despertó al público. La faena fue de mano baja y de plantas firmes, con la muleta siempre adelante en busca de la ligazón que tanto cala en los tendidos. ¡Y vaya si caló! Con la izquierda y con la derecha, aderezados con pellizcos del uy y del ay en las espaldinas. Lo amarró todo con una estocada de efectos espectaculares y el presidente, con buen criterio, le concedió las dos orejas de golpe. Lo del pañuelo azul, a lo peor fue un golpe de ese viento que tanto molestó a los lidiadores a lo largo de la tarde.

La corrida de Núñez del Cuvillo, de muy discreta presentación y desigual juego, apenas dio opción

Las dos primeras partes de las faenas de Josemari fueron de altos vuelos. Hubo muletazos de trazo largo, deslumbrante estética y sobrada torería. Curiosamente, en los dos trasteos, hubo un punto fatídico: dos desarmes de lo más inoportunos. A partir de ahí su primero se vino arriba y su segundo se aplomó hasta hacer imposible la ligazón. Los pasajes más hermosos, una trinchera a su primero, pura inspiración, y una trincherilla sobrada de improvisación y buen gusto, sin olvidar un quite por chicuelinas al quinto, puro manzanarismo, el giro y la mano baja fue un homenaje a su señor padre.

Castella, buena técnica, mucha templanza y pocas opciones ante un lote muy vacío.

Y con esto acabó la feria, que un julio más ha sido la feria de Paco Ureña.

Publicado en Las Provincias

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