Plaza México: Soberbias faenas de Arturo Saldívar en la séptima corrida de la Temporada

Saldivar al natural. Foto Plaza México.

Por Leonardo Páez.

¡Qué gran torero es Arturo Saldívar! ”

Después de triunfar en las principales plazas del mundo al lado de los toreros más famosos del mundo, sigue a la espera de que el sistema taurino de México, su país, decida confrontarlo con los que se autonombran figuras sin serlo. Pero en el enrarecido ambiente de los despachos, los mandones, las empresas y los monopolios, los criterios son otros y, aunque usted no lo crea, el diestro nacional que triunfa se regresa a la cola.

Ayer, en la desairada séptima corrida de la temporada menos chica de la Plaza México, hicieron el paseíllo el jerezano Juan José Padilla (45 años, 24 de alternativa, 56 corridas toreadas este 2018, 46 en España y 10 en México), en su tarde de despedida de los ruedos, y los aguascalentenses Arturo Saldívar (29, ocho de matador y 20 festejos) y Fermín Espinosa Armillita IV (24 años, cuatro y 15 tardes), ante un encierro de la debutante ganadería zacatecana Boquilla del Carmen, pesado pero escaso de bravura, fuerza y estilo, salvo el lote de Saldívar, que lo hizo lucir gracias a su rotunda tauromaquia.

Memorable de la tarde en la Plaza México

Tras ocho minutos de retraso y de ser develado un busto de Miguel Espinosa Armillita Chico, lo verdaderamente memorable de la tarde corrió a cargo de Arturo Saldívar, primero frente a Arpista, con 504 kilos, y después con Jaranero, de 561 kilos y se dio una vuelta de campana en los lances iniciales.

En ambas faenas hubo un común denominador, y es que Saldívar, siempre gozoso de estar en la cara del toro desde que era becerrista, ha alcanzado una madurez torera que reúne cabeza, corazón, cojones y carisma, esa capacidad de saber convencer a un grupo, ganando su atención, reconocimiento y afecto. Con su primero, noble y con recorrido más que codicioso, ejecutó una faena por nota, iniciada con cambiados por la espalda y tersas tandas de muletazos por ambos lados, templando, mandando y ligando sin forzar sino aprovechando con serena y precisa colocación las cualidades del astado.

Al final, toreando por bernadinas, fue prendido aparatosamente y pisoteado. Se levantó con la misma serenidad, continuó con la misma suerte y dejó un estoconazo hasta la empuñadura.

La gente, emocionada con aquel concierto tauromáquico, solicitó las dos orejas, pero el juez Ramos amaneció con dolor de exigencia y sólo soltó una.

Saldívar, en vez de ponerse a mendigar la otra mirando al palco, recorrió el anillo con la misma elegancia que imprimió a su trasteo. Con su segundo impartió otra cátedra de colocación, mando y estructuración, gracias a su sentido de la lidia, dejando media estocada y dos descabellos.

Merecía por lo menos una vuelta. Lo demás, créame, fue lo de menos.

Publicado en La Jornada

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