Miuras patronales en Valdemorillo

Por José Ramón Márquez.

Echamos a rodar la temporada en la Plaza de los Ecos de Valdemorillo convocados por la A con asas de Miura que, según parece, ha desistido de traer su ganado a Las Ventas en el año 19. Seis toros de Miura no han sido capaces de poner el “No hay billetes” en una Plaza de tercera en la que, hasta la fecha, el único que ha conseguido llenar el aforo fue Victorino y su A coronada. Tampoco hay que ponerse tiquismiquis en un gache, que Valdemorillo no es Madrid, y por eso podemos decir que la corrida ha tenido una dignísima presentación, pitones que no se astillaban, bocas con más tendencia a permanecer cerradas que a estar jadeantes, algo de flojura y, sobre todo, esas chispa, esa incertidumbre miureña que hace que tan poco grato sea para los de oro y para los de plata estar en la parte interior del círculo pavimentado de arena.

Y esa es la cosa que Miura nos ha traído y lo que nos ha mantenido atentos al espectáculo. La incertidumbre, el arreón cuando menos te lo esperas, el susto de lanzar un derrote porque el toro se ha dado cuenta de lo que pasa, lo imprevisible, justamente lo que nunca pasa con esas ganaderías borregas, que crían toros bobalicones de los que tanto gustan a los figuras y, no nos engañemos, a los no figuras.

Se conoce que como la cosa del ganado se ponía carilla, decidieron equilibrar las cuentas quitando a un torero y planteando un mano a mano en el que nada se ventilaba, porque la pugna entre Manuel Escribano y Pepe Moral dista muchísimo de ser una competencia que sea capaz de llevar la más mínima pasión a los tendidos.

De Manuel Escribano resaltaremos su deleznable manera de banderillear, todo ventajas, los peones aparcando al toro, el peón escondido tras la barrera con el capote listo como un AK47, las carreras desaforadas, el clavar a toro pasado… Bueno, estamos en un pueblo y tampoco hay que pedir milagros y las buenas gentes disfrutaron bastante con las constantes negaciones del arte de banderillear que demostró Escribano en los cuatro toros que mató. Cuatro por tres son doce y doce son los pares que fue dejando Manuel Escribano en los animales, por aquí y por allá. Luego, con el muleteo, el sevillano tampoco quiso darse aires y se mantuvo en un aire muy pueblerino con muchas carreras, mucha descolocación, muy poca claridad de ideas -el famoso “conceto” de Manquiña- y un estoque certero y bien manejado, particularmente la estocada al quinto de óptima ejecución. En cuanto a los toros que sorteó y el que le cayó de remoquete, la verdad es que no puede quejarse. Le tocó el mejor toro de la tarde, el tercero, y el resto presentaron condiciones como para tomarse las cosas en serio y tratar de hacerles el toreo. Escribano optó por lo otro: a su primero lo recibió con la pestífera pedresina y no quiso enterarse del estupendo pitón izquierdo de ese animal, su labor en general fue de mucho acompañamiento y poco toreo, se llevó los canónicos sustos cada vez que los animales le descubrían, se hinchó a dar molinetes y se ganó el favor del público cortando tres orejas generosas de un pueblo en plenas fiestas patronales.

Lo de Pepe Moral va de otro registro. A su primero le dio unos encajados lances a la verónica al recibirle y después se llevó un fuerte golpe en la rodilla que le produjo una cojera intermitente de ésas que tienen a veces los toreros. Entre que el hombre debía estar dolorido y que lo de enfrente era un Miura, Moral no acabó de confiarse y presentó un largo trasteo en el que apenas hubo nada reseñable: muchos pases y poquito toreo. Cuando volvió de la enfermería para dar cuenta del cuarto traía una venda en la pierna y, acaso por prescripción médica, decidió ponerse a torear sin chaquetilla. A medida que la faena iba avanzando la cojera intermitente iba y venía:

-Mañana, cuando esté poniendo ladrillos, le voy a decir al capataz que estoy cojo a ratos…

Así se explicó un albañil, vecino de localidad, con esa certeza del saber popular. La cosa fue a peor porque Moral, que no es ni mucho menos el As de Espadas, se enmarañó en la cosa de los aceros y no le echaron el toro al corral porque estamos en un pueblo en fiestas y porque no es cuestión de transformar aquello en un drama. Para que se vea la bondad de las gentes, le pegaron a Moral una ovación de lujo mientras él hacía unos aspavientos entre desmayo, epilepsia y pucheros camino de la enfermería donde entró llevado por las asistencias.

De las cuadrillas, la mejor la de Escribano. Buenas varas de Chicharito y Curro Sanlúcar y mucha brega de El Algabeño, que esta tarde se hinchó a torear con su capote. La tarde dio poco más de sí, aunque merece reseñar que, para el tradicional sorteo del jamón, se utilizó como urna mi gorra de Campbell’s of Beauly, resultando agraciado el número 1361.

Publicado en Salmonetes ya no nos quedan

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