
Regresar a la Nuevo Progreso siempre es motivo de alegría y de expectación para cualquier aficionado por la seriedad que se respira en este recinto. Atrás dejamos el ambiente festivo de la temporada grande de La México y nos adentramos en el silencio casi dramático con el que se vive una corrida de toros en Guadalajara.
Por Juan Carlos Valadez – De SOL y SOMBRA. Guadalajara, Jalisco.
La corrida al menos en el papel presagiaba algo mucho mejor, pero la mansedumbre y la debilidad del encierro La Estancia nos ha impedido ver un festejo de mayor calidad artística. Apenas iniciaba el paseíllo cuando nos enterábamos que el polémico juez de plaza el Ing. Arnulfo Martínez estaba presidiendo su última corrida desde el biombo de la Nuevo Progreso. No es que se pierda mucho con su ausencia, ya que en los últimos años el trapío y la seriedad de los encierros en esta plaza han bajado de nivel.
Ayer por ejemplo cometió uno que otro pecadillo al aprobar un encierro disparejo, así como premiar con el arrastre lento al quinto de la tarde, un toro que no mereció en mi opinión ni siquiera una ovación por su borreguna pero mansa condición al embestir. Que le vaya bien al Ingeniero Arnulfo y que el cambio sea en beneficio del espectáculo taurino.
Ante la falta de bravura en el ruedo, la tercia de matadores decidió que había que ponerse a torear, como fuera y aquello parecía que no se iba a terminar nunca.
Cuando acabo no lo podía creer.
Caminaba por el ruedo muy erguido el diestro Diego Silveti, despidiéndose del poco público que asistió al festejo, y de verdad que no me lo podía creer. Ni que se acabara la corrida; ni que Silveti hubiese dejado de pegar derechazos.
La corrida tuvo vocación de interminable ya desde el primer toro. Había transcurrido casi una hora desde que empezó y El Payo le seguía pegando derechazos al segundo de la tarde. Uno de los conceptos que no parecen entender todavía los toreros millennials, es el de la brevedad.
Ayer Ferrera, Payo y Diego Silveti se comportaron de acuerdo con este criterio, y no hubo poder humano o animal que los detuviera, ya podían los aficionados rogarles brevedad, pero ellos iban a lo suyo. Tanto así que El Payo se pasó de faena en su segundo, un toro dócil que tenía un poco más de calidad en sus embestidas con el que ha estado bien por momentos, inclusive con fijeza. Pero estéticamente se esfuerza tanto en la postura de sus movimientos que por momentos pierden espontaneidad y naturalidad, sin embargo el resultado en conjunto no fue malo, otra cosa es que no tenga el sentido de la brevedad bien equilibrado en su repertorio. Habrá que explicarle bien que lo bueno, si es breve, dos veces bueno.
Dicen los artífices de las faenas largas -y proclaman asimismo sus partidarios-, que estas duran tanto porque se encuentran a gusto con el toro. Y quizá sea al revés: que el toro está a gusto con ellos. Cuando se pegan los muletazos aprovechando el viaje sin ceñir ni obligar, el toro no sufre quebrantos físicos -tampoco anímicos-, y así algunos toros podrían continuar embistiendo toda la tarde.
En fin, que ahí estaba El Payo pegando derechazos que por momentos aderezaba con ademanes corajudos, como si se los estuviera pegando a un Piedras Negras encastado. Cuando ya tenía la oreja ganada, se quiso perfilar a matar y algunos inconscientes le pidieron que continuara toreando, el queretano habrá pensado si no es ahora, ¡pues nunca! y venga otra vez a torear. Al final termino emborronado con la espada una obra que de haber sido breve pudo haber tenido una mayor repercusión.
Con el primero de su lote nos regalo algunos esbozos de buen toreo, pero la faena también fue larga e intermitente.
Tantos minutos de toreo durante toda la tarde en otras circunstancias quizás hubiesen sido algo más meritorio, solo que viendo a los toros de ayer, nada de aquello resultaba convincente. Los toros, todos hermanos de la caridad, estaban además en el límite de sus fuerzas; y algunos se mantenían de pie por obra del Espíritu Santo.
Y yo me pregunto: ¿La culpa es del ganadero? ¡Pues no! El ganadero se mantiene fiel a su concepto de la bravura, ya sea light, con sal o pimienta. Aquí la culpa es de los toreros, de sus veedores y de sus apoderados que siempre están procurándose toda clase de comodidades para triunfar haciendo y exponiendo lo menos.
Hay muchas más ganaderías en el campo bravo mexicano, pero esto es lo que nuestros toreros piden y que les importa a ellos si en una plaza con capacidad para más de 14 mil aficionados apenas hayan podido congregar un tercio de entrada, porque como dicen algunos taurinos muy orgullosos; aquí de lo que se trata es de facturar ¿no? Pues allá ellos y vamos a ver cuánto duran así.
Abrió el festejo Antonio Ferrera que también nos dio la impresión de que anduvo toreando “por destajo” y de que entre más pases de pecho empalmados con la derecha y con la izquierda pegaba, más facturaba. El problema con Antonio es que sus muletazos los pegaba casi todos fuera de cacho, embarcando con el pico y el sector duro del tendido se los recriminó durante toda la tarde.
Completo la tercia Diego Silveti del que puede certificarse que hizo el paseíllo, y al que también le tocaron en suerte un par de toros de parecida condición a los de sus compañeros. Pero ayer me pareció que estaba como ausente y de que estaba puesto mas a fuerzas que por gusto en el cartel. Quién sabe. Pero una gran parte de la afición presente no entendía qué pintaba allí Silveti, quien desde hace un par de temporadas no consigue un triunfo importante en esta plaza.
La Estancia / Ferrera, Payo, Silveti
Toros de La Estancia, desiguales de presentación, flojos en general pero manejables. El quinto fue premiado con el arrastre lento.
Antonio Ferrera: Silencio y división de opiniones.
El Payo: Silencio y al tercio entre división de opiniones.
Diego Silveti: Un aviso y silencio y silencio en el sexto.
Plaza de Toros Nuevo Progreso, 17 de febrero. Segunda corrida de aniversario. Casi un tercio de entrada (aproximadamente cinco mil aficionados).



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