Curro Romero: «Ahora los toreros le tienen más miedo al empresario que al toro»

  • Se cumplen 60 años de su alternativa en Valencia.

Por Alberto García Reyes.

Sesenta años. Seis papas en Roma. Un caudillo y dos reyes en España. Y un solo Faraón en el toreo. Curro se sienta en su casa, desde cuya ventana se ve la Giralda, a tratar de recordar todo lo que ha vivido desde que Gregorio Sánchez, con Jaime Ostos de testigo, le dio la alternativa en las Fallas el 18 de marzo de 1959, miércoles. Pero la conversación va más al corazón que al cerebro. Habla de lo que siente, de lo que sueña, de lo que le duele…

No se preocupe, la encontrará seguro. Además, no le voy a preguntar por las estadísticas.

Uf, menos mal, porque esas cosas las tengo yo olvidadas.

Ahora puede hablar con perspectiva porque lo ha vivido todo y además está retirado, aunque se es torero siempre.

Eso es. ¿Hay algún pintor o escritor que diga «me voy a retirar ya»? Pues los toreros también lo somos siempre.

Usted lo es exactamente desde hace 60 años, Dios mediante.

¡Cuánto tiempo! Esta es una profesión con tanta exposición… Yo el toreo lo he considerado siempre un punto y aparte de las demás profesiones. Los artistas dependen de ellos mismos, pero el toreo es diferente porque depende de un toro, un animal que además sale cada día distinto. Cada tarde te toca torear dos toros y no son iguales. Tienes, además, diez minutos para bien o para mal. Hay que luchar con el tiempo y uno no quiere que el tiempo pase, es una pelea y tienes que tener la cabeza perfecta con lo que te estás jugando, que es más que un triunfo o un fracaso, es la misma vida. Por eso es punto y aparte. Otra cosa es la soledad que tiene un torero, que estás tú y él, él y tú, los dos solos. No quieres ni que nadie salga a la boca del burladero. ¡Dejadme solo! En esas condiciones, hay gente que me dice: «Me has hecho llorar». Cagondié, se me remueve todo el cuerpo.

¿Cón qué se torea, con la cabeza, con el corazón…?

Con los sentidos. La mente la dejas parada entre el toro y tú y luego tienes que procurar que haya armonía, porque si no hay armonía hay pelea, y la pelea no es buena.

El tiempo en el toreo es una paradoja, hay que dar sensación de lentitud en un momento.

Sí, ese es el problema. En todos estos años han cambiado muchas cosas y el problema es el mismo para el toreo y para España: ahora no se para nadie para nada, todo el mundo tiene mucha prisa. Estás con alguien hablando y está mirando el reloj, no se está enterando de lo que le estás diciendo porque está pensando que se tiene que ir.

¿El toreo es el último reducto de la España lenta?

Puede ser. El toreo es un arte, pero siempre que la persona lo produzca. Todo el mundo no tiene esa suerte y cuando vienen las cosas flojitas, se viene abajo el tinglado. Vienen los baches porque deja de ir la gente a los toros. Tiene que ser todo muy medido. Hoy falta todo. El tiempo se hace largo en la plaza, hay corridas que duran tres años y es una pena que un espectáculo tan puro tenga un bache como el que está teniendo.

Cuando usted tomó la alternativa había tres cuartos de plaza. Este año hay sólo un cuarto de plaza en las Fallas. ¿Qué ha pasado?

Yo creo que es muy importante la medida del tiempo. Los toros desgraciadamente tampoco están hoy embistiendo lo que embestían en mi época, hace 30 ó 40 años, que embestían muchos toros y se podían hacer las cosas que uno sentía, pero es que los toreros de hoy, los pobres, tienen que luchar con ese toro que se para, y ellos quieren triunfar y se llevan ahí de tiempo… Venga y venga y venga. Tendría que haber una persona en el callejón que les diga: «Entra ya a matar». Porque no se debe cansar al público. Eso es lo peor. Todas esas cosas hay que pensarlas y revisarlas.

¿El propio mundo taurino es responsable?

Todos lo somos. Habría que poner otra vez los toros en tipo, que los han sacado de tipo, para que puedan los toreros sacar su magia en faenas grandiosas en las que el público se olvida de la tragedia que se mastica en una plaza. Cuando hay un ser que te hace olvidar que allí se muere, fíjese qué clase de arte tiene que surgir. Ese momento es el que hace afición y se abarrotan las plazas.

Usted también ha sido muy crítico siempre con el reglamento porque dice que es antiartístico.

Además, en cada autonomía hay uno distinto. Los veterinarios echan para atrás los toros a los ganaderos, que han apartado sus toros con mimo. No, no, así no.

Ahora en Madrid sortean las ganaderías con un bombo. ¿Qué le parece?

Cosas nuevas que van empeorando más todavía. Si a mí me contrata Madrid y hay una ganadería que embiste con regularidad, yo la pido para mí. Pero, ¿me vas a poner en el bombo a mí una corrida que va a contraestilo mío? Es machacarme yo mismo. El pintor escoge su lienzo, el escultor escoge la madera o la piedra para esculpir. Cada artista coge lo mejor, lo que sea suave de manejar para él. Pues el torero igual. Un toro es bravo, pero muy noble, si embiste bien, va fijo como un reloj, te mira, embiste al toque y a la voz… Ese toro, animalito, era el que yo buscaba para mi obra. A mí me da pena incluso que a ese toro le corten las orejas y lo mutilen después de muerto. ¡Guardadlo con sus orejitas para adentro! ¿Yo para qué quiero esas orejas? Hay muchas cosas que no veo. Antes los aficionados veían esas cosas, pero ha desaparecido casi todo.

¿La evolución del toreo desde que usted es matador es similar a la de la sociedad?

Parecida. Ahora no salen toreros con el interés de antes. Hay algunos que acongojan de los cojones que le echan, pero yo prefiero emocionarme de arte, de ver un torero que pegue tres o cuatro lances despacio, a pasar un mal rato, porque ahora hacen pasarlo a la gente mal. Eso pasaba en mi época con uno que decían que cada vez que toreaba llevaban un ataúd en un coche preparado. ¿Eso qué es, Dios mío? Eso trae a aficionados nuevos que no saben de nada, llenan las plazas pero haciendo daño.

Pues este año el Ministerio de Cultura ni siquiera ha dado la Medalla de Bellas Artes a ningún torero.

Ni subvenciones, ni nada. No dan ni un duro para los chavales que empiezan, al contrario, lo quitan. Han quitado las escuelas… No entienden cómo se protege el ganado bravo, que es una maravilla, cómo viven los toros bravos, cuidados… Pero es que los toreros hemos tenido mucha culpa de todo lo que ha ocurrido, hemos tenido mucha culpa, con los apoderados nuevos que han venido que no tienen ni idea. Los toreros ahora le tienen más miedo al empresario que al toro. Y a la gente del tendido. Porque sabiendo que no tiene un pase el toro siguen ahí para que no le peguen una bronca. Tú hazle de vez en cuando una fiesta buena al toro, verás como la gente viene a verte otra vez y llena la plaza.

¡Esa receta es buena también para Cataluña!

(Risas) Tiene poco arreglo esto, la verdad, porque con los políticos pasa como con los abogados. El nuevo abogado que termina Derecho debería estar cerca de abogados buenos que están casi para jubilarse y tener un poco de amistad con ellos para escucharlos. Pero los abogados de ahora tienen muy malas ideas, más malas ideas que sabiduría.

¿Ahora es más difícil triunfar que hace 60 años?

Con los toros de hoy, yo no habría sido torero. Cuando los veo digo: «A este hace ya cinco minutos que me lo he quitado del medio». Yo no vacilaba. Lo probaba, veía las dificultades que tenía, y si no podía encontrar la armonía, entonces nada. Con el toro que me tenía que pelear, poder con él, lo que hacía era colocarlo para matarlo. Dos o tres pases por abajo, de pitón a pitón y entrar a matar. Así venía la bronca que venía. Pero yo lo hacía porque tenía afortunadamente carácter para tirar por la calle del medio, personalidad. Por eso se formaba el lío que se formaba, pero la gente cuando salía de la plaza no salía aburrida. Salían diciéndome de todo: «¡Cabrón, miedoso!». Pero al día siguiente iban otra vez a verme.

Cómo aguantaba esas broncas sin salirse de sus casillas?

Miraba para abajo y salía lo más pronto que podía de la plaza para quitarme del medio porque eso no es agradable, escuchar una bronca y que te digan cosas feas, pero prefería eso a tracionarme a mí mismo. Prefiero una bronca a hacer cosas que no siento. No creo en esa mentira

Hoy todo el mundo quiere quedar bien con todo el mundo y se engaña a sí mismo. Ese discurso no está de moda.

Ya, pero si yo engañase a la gente, no me quedaría dormido luego. Me habría dicho: «Tienes que esperar tu momento, hombre». Pero no necesité hacer eso porque nunca me traicioné, supe esperarme y procuré dar la talla cada vez que el toro funcionaba. Yo quería torear despacio, traerlo, llevarlo, dominar la medida del tiempo, los desplantes a tiempo… Es como un ole a tiempo a un artista cantando. Entra a compás. En el toreo pasa igual. Yo he querido parar con el capote a algunos toros que vienen violentos y la gente, con las ganas, me ha dado un ole, pero era un ole eléctrico que yo no sentía, como tampoco sentía el lance porque aquello era violento. Yo lo intentaba, pero si no se podía, pues nada, al caballo.

Esa fijeza en las ideas es sorprendente porque viene de una familia humilde y se supone que tenía más urgencias por alcanzar la gloria.

Eso lo pienso muchas veces. Qué suerte he tenido en mi vida. Me hice torero para salir del barro porque yo trabajé de muy chico, con doce años, de pastor con los cochinos y con las vacas. Por eso le dije a mis padres que quería ser torero. Nos compramos entre unos cuantos chiquillos de Camas una lona, la cortamos con una muleta que nos prestaron para tener la medida, y le echamos un tinte colorado. Teníamos la muleta una semana cada uno. Había uno que iba a Sevilla y se enteraba de los tentaderos con las muchachas del servicio, preguntando a las que limpiaban en las fincas. Esas penas son muy necesarias y yo las supe pasar.

Y además triunfó.

Mis padres eran dos fenómenos porque no nos han dejado nada más que buenas formas siendo dos personas que no sabían leer ni escribir, pero tenían una educación selecta, de verdad, auténtica. Por eso les dije cuando tomé la alternativa: «Ya no trabajáis más». (Se emociona). Le compré una casa a toda mi familia con una habitación para cada uno y dejamos de dormir todos juntos en un colchón de foñisco. Ahí se acabaron todas mis aspiraciones. Descubrí que mi felicidad era el toreo no por la situación económica, sino por ver a la gente gozar viéndome torear. Qué maravilla. Ahora veo las corridas y digo: «¿Yo he sido torero, Dios mío?» Casi ni me lo creo. Veo los toros y me digo: «¿Eso lo he toreado yo?» Estaba embelesado de tal forma…

Utilizo una frase suya para terminar. Usted dice que lo más difícil del mundo es comer despacio cuando se tiene hambre y, escuchándole hablar, parece que se lo ha aplicado.

Todo lo he hecho despacio en mi vida

Y decía al principio que no iba a encontrar las palabras…

Publicado en ABC

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