Las manos de quien solo sirvió para ser torero

Al Faraón por sus sesenta años de alternativa.

POR CARLOS DEL BARCO Se torea más a gusto con la izquierda, con la derecha te cansas más, pero te defiendes más que con la izquierda.

«El Gallino», qué buen torero, lo vi torear unas becerras en «La Cigüeña», ahí en la marisma, qué forma de torear. Yo ya iba al «Wellington» porque estaba con su tío, Caracol el padre, el del Bulto, y el «Gallino» me decía que fuese a su casa con un capote y yo le decía a Manuel que para qué, y él que decía que fuera y cogí mi capote y allí que me planté. Me dijo coge el capote y vale, ya está, era nada más para saber cómo lo cogía.

Las manos. Las yemas para dar en la «yemita» y pulsear, las muñecas y las palmas para enseñarle al toro los caminos, para ayudarlos y cuidarlos hasta que se van haciendo, qué difícil, para salirse, engancharlos y someterlos, cambiarle las trayectorias de cadera a cadera. En el toreo ése, en línea recta, el toro va a su aire, como los pases por alto, que van con las caras arriba cuando hay que echársela ahí y pararlos despacio. Algunos toros que son muy bravos, muy bravos, a los diez o doce pases ya va el animalito «errengao», de pura entrega.
Se torea más a gusto con la izquierda, con la derecha te cansas más, pero te defiendes más que con la izquierda. Pero cuando se torea bien… Domingo Ortega no cogía nunca la izquierda y a nadie se le ocurría nada cuando estaba bien. A mí nunca me han dicho cuando estaba a gusto… Cuando se está toreando, qué más da. Que con la izquierda se expone más, indudablemente, hay que abrir la muleta con la muñeca, hay que abrirla con la muñequita, que es el toreo, que es como yo digo, se torea desde aquí hasta el dedo gordo del pie. Y no forzar la figura porque aquello no tiene armonía.
Lo que pesa un capote y, claro, un «zamarreazo» lo pega cualquiera, pero con las «muñequitas», a pulso, ahí es donde está lo difícil. Eso lo reconozco, que se nace con eso, yo no hubiera sido torero si no soy de esa forma de torear, yo no, de ponerme allí de rodillas, de pegar zapatillazos, uff, me gusta aquello suave y sedoso, sin pegar voces, despacito todo, sin tirones, que se caen mucho por ese latigazo.

Y estos chavales que ahora se copian unos a otros porque ven que la gente responde, que se ponen en los medios con la muleta aquí y se la sacan por allí. El toro viene derecho derecho y lo rompen, y lo bonito es enseñarle los caminos al toro, salirse desde las tablas a los medios. Sin que te arrolle, sin que te llene de sangre. Yo me ponía malito, no porque me los pasara cerca, sino porque no me gusta la sangre, porque me llenaba el traje, que no… Pero las grandes faenas son de tarde en tarde, porque es imposible todos los días. Como escribir bien siempre y pintar un cuadro para los restos de los siglos…

Para, como le dijo uno de Jerez, que le den un aviso con el capote, acordarse de Pepín Martín Vázquez, «otro de los nuestros, con lo difícil que es hacer el toreo ése»; de Salomón Vargas, que tenía la talla de Cagancho, yo conocí a Cagancho en México en el 63, me lo llevó Camará a la habitación y estuve comiendo con él; y Antonio Gallardo, uhh, ése llenaba la plaza de Sevilla para verlo torear con el capote «na» más. Belmonte lo apreciaba mucho, se volvía loco viendo a Gallardo. Con la muleta no lo veía claro, pero arte. Se casó con Lolita Ortega, que tenía en la Avenida una casa de antigüedades.

Y esa misma mano, le daba también para ayudar a su amigo «Chicuelito», a quien aún ve «de cuando en cuando, en algunos funerales, qué arte tenía». Le faltó afición porque se crio muy bien con su padre, comía allí como en un hotel, se lo traían de afuera y, cuando lo vi un día con el carro de los yogur, trabajando, le llamé atención, que qué haces trabajando, tú eres muy joven y te pongo en Sevilla dos tardes, pero había que medirse con la comida y andar, pero no, se fue a Ríos Mozo para que le mandara unas pastillas y se cayó delante del toro, claro estaba sin fuerzas. No funcionó. Una pena, pero qué torero más bueno. Iba con su padre a los tentaderos, las cosas que le hacía a las becerras.
Las mismas muñecas que nunca estuvieron en Miura hasta que «Eduardo me invitó hace dos años a comer», que nunca apuntaron en una libreta de ganadero porque «es un problema que tú, que has sido torero, y echas un par de toros de ésos que te quieren quitar la cabeza y se acuerdan de uno»; que nunca cogieron las riendas de un caballo porque le dolía mucho la espalda y que sí se iban todos los días a la soledad de Aznalcázar para coger el sitio; y que le escribía las cartas de pedir dinero a Caracol el del Bulto, «ojú cómo era, era un niño chico, cómo son las personas, que cuando uno se cabrea está de mala leche y éste cabreado tenía más gracia todavía, qué difícil es eso, eso es de buena persona».

Yo nada más que he servido para ser torero. Entrenaba en el campo y de salón todos los días. Me iba con el capote y la muleta solo, a andar y a torear, y ahí cogía yo el sitio. El que no ha perdido en sus 85 años Curro Romero, las mismas manos de zagal en Gambogaz, de mancebo de farmacia en La Pañoleta, las de «Flautino», esas mismas que «Gallino», sobrino y nieto de los Gallo, quería ver en el «Wellington» cogiendo el capote: ya está, le dijo. (Se le echa de menos, maestro).

Publicado en ABC.

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