Enrique Ponce, el drama catastrófico de un torero incombustible

El torero Enrique Ponce, el pasado día 16 en Valencia. JUAN CARLOS CÁRDENAS EFE.

Por Antonio Lorca.

El pasado lunes, cuando toreaba en el patio de su casa, en la feria de Valencia, rodeado del cariño y la generosidad de los suyos, ante un toro de la ganadería comercial de Hermanos García Jiménez, un descuido, un desliz, quién sabe si un exceso de confianza, acabó, por el momento, con todos sus proyectos taurinos. Al intentar un pase de pecho, el animal lo enganchó, primero, por la hombrera, le levantó los pies del suelo y clavó el pitón derecho en la parte posterior del muslo izquierdo del torero, lo que le produjo una herida con dos trayectorias de 12 y 5 centímetros. Pero ese no fue más que un arañazo en comparación con el fotograma siguiente a la voltereta.

En esas ráfagas de segundo que parecen imperceptibles para el ojo humano, el torero cayó al suelo con la pierna izquierda totalmente doblada, y, aunque nada se oyó ni en la plaza ni en la pantalla de televisión, la rodilla de Ponce dio un chasquido y pareció romperse en mil pedazos, como un jarrón chino. Aún en la arena y con la mirada del toro a escasos milímetros de su piel, el torero, con la cara demudada por el dolor, se echó mano a la zona herida antes de que su adversario lo zarandeara a placer por la arena en la búsqueda, felizmente infructuosa, de hacer añicos el cuerpo de su presa.

Cuando Enrique Ponce recuperó con gran esfuerzo la verticalidad era evidente que la vida le acababa de cambiar en ese mismo instante. Desde entonces, yace en una cama de hospital, en Valencia, primero, y desde el martes en el hospital Nisa de la localidad madrileña de Aravaca, donde ha sido intervenido por el traumatólogo Ángel Villamor, quien ha calificado la lesión del torero de “rodilla catastrófica”.

Así se denomina en medicina la fractura del ligamento cruzado anterior, que ya tenía roto por un percance en el campo que se produjo a finales del año pasado; la fractura del ligamento lateral interno, los dos meniscos y la mitad de la meseta tibial, que, además, estaba hundida dos centímetros. Un drama. La operación quirúrgica ha sido, al parecer, un éxito, pero ahora le espera un largo calvario de rehabilitación que puede durar varios meses y amenaza, incluso, con tener que decir adiós a la temporada completa.

La primera incógnita la despejó el propio torero antes de que fuera anestesiado en la noche del pasado miércoles: Victoriano Valencia, su suegro y apoderado, firmó un documento con el empresario de la plaza de Las Ventas en el que Ponce se comprometía a cumplir sus dos tardes en la feria de San Isidro a pesar del diagnóstico médico. Las buenas intenciones de estar en la feria madrileña que se celebrará del 14 de mayo al 16 de junio, se desvanecieron pocos días después, cuando en los carteles de la feria apareció el nombre de El Juli en las dos fechas que Ponce tenía comprometidas. Pero su actitud pone de manifiesto el interés desmedido del torero por volver a los ruedos y estar presente en todas las ferias.

Lo que pudiera ser una condición lógica en un joven con aspiraciones de figura, plantea interrogantes en un personaje que ha cumplido 47 años, lleva 29 temporadas como matador de toros, goza del reconocimiento unánime y ha ganado, se supone, el dinero más que suficiente para disfrutar de una muy cómoda posición económica. Es conocida la apasionada vocación taurina de Enrique Ponce, pero llama poderosamente la atención su exagerado interés por hacer el paseíllo en plazas de mayor y menor categoría de España, México, Perú, Colombia, Ecuador… De hecho, parece que decidió aplazar la operación de la rodilla que se lesionó en el campo para hacer la campaña americana, y este domingo, día 24, estaba anunciado en la localidad sevillana de Morón de la Frontera junto a Jesulín de Ubrique, que reaparece en los ruedos, y Cayetano. Como si tuviera una imperiosa necesidad material más que espiritual…

Los toreros saben de toros y viven en otro mundo; compran bienes y hacen inversiones. Pero, como ocurre con todo hijo de vecino, a veces aciertan y, a veces, no. No han sido pocos los de luces que han debido volver a los ruedos para subsanar delante del toro las pérdidas de negocios ruinosos. Se desconoce si este es el caso de Ponce, a pesar de lo que cuentan aquellos que dicen estar en los secretos más íntimos de los toreros famosos. Sea como fuere, un descuido, un desliz o, quizá, un exceso de confianza ha hecho añicos los planes taurinos del maestro Enrique Ponce.

Una rodilla “catastrófica” le obliga a guardar cama, y a someterse a una dura y larga convalecencia. Así de incierto y peligroso es el toreo. Incluso para los toreros sabios y doctores en técnica como él. Ojalá su optimismo sea más realista que el diagnóstico médico; ojalá su pasión taurina sea más venenosa que una necesidad bancaria, porque, al margen de gustos particulares, Enrique Ponce es un torerazo clarividente y nacido para la gloria.

“Soy hijo de un sueño”, dijo hace algún tiempo a este periódico en referencia a su abuelo materno, que lo convenció para que abandonara su inclinación infantil por la pelota. “¿Ves lo peligroso que es el fútbol, Enrique?”, dice que le comentó con motivo de una leve lesión. Cambió el balón por la espada y la muleta y se ha convertido en un torero para la historia. Sus números son mareantes, ha toreado más que nadie, ha batido todos los récords, ha salido a hombros de todas las plazas –cuatro veces por la Puerta Grande de Madrid y una por la Puerta del Príncipe– y ha indultado 53 toros, los suficientes para hacer varias ganaderías.

Está casado con Paloma Cuevas y ambos son padres de dos niñas. El matrimonio tiene tiempo para hacer vida social, y asiste con frecuencia a fiestas solidarias y saraos culturales que le conceden la pátina social de la que carecen los taurinos. Por si fuera poco, sus íntimos aseguran que Enrique es un hombre discreto, sencillo, exquisito… a quien le encantan los boleros, la moda, el golf, la caza y el esquí. A pesar de que ya es un señor con toda la barba, sigue teniendo la cara de no haber roto nunca un plato, aunque su rictus sonriente le ha desaparecido ahora a causa de esa caída tan inoportuna y dolorosa.

– ¿Por qué sigue toreando?, le preguntó este periódico hace un par de años.

– Porque me encuentro muy bien, muy fuerte y he conseguido perfeccionar mi toreo. Porque soy torero y estoy vivo. No busco nada, solo seguir madurando. Y porque estoy en el mejor momento de mi vida.

Ahora, sin duda, no está en el mejor momento de su vida, pero es torero y está vivo. Ojalá vuelva pronto y por las mismas razones que esgrimió hace un par de años. Ojalá su mala suerte ante el toro no sea, además, un drama ‘catastrófico’.

Publicado en El País

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