«El torero no tiene más verdadera vida que la del peligro»

¡Suerte, torero! Por María Verónica De Haro.

En su ‘Tauromagia’, Guillermo Sureda se preguntaba qué extraña cosa es ser torero tras colegir que, si toda elección comporta tener que renunciar a otras maneras posibles de llenar la vida, la de ser matador de toros implica poner esa vida en una situación límite. Ciertamente, ¿qué poderosa razón puede inducir a alguien al deliberado abandono del natural instinto de protección con el único fin de crear un resultado estético de naturaleza efímera?

«El torero no tiene más verdadera vida que la del peligro», declaraba Ignacio Sánchez Mejías a ‘El Caballero Audaz‘ para justificar su vuelta a los ruedos en 1934. «Vivir sin torear no es vivir», confesaba José Tomás a Almudena Grandes para El País en vísperas de reaparecer en Barcelona en 2007. «Torearé en Valencia. La vida me ha dado la oportunidad de seguir toreando y soy afortunado por ello», anunciaba en rueda de prensa, a finales de diciembre pasado, un enjuto y emocionado Paco Ureña en su primera aparición pública tras la tremenda cornada que primero le costó la pérdida de visión de un ojo y finalmente el globo ocular.

«¡Hagan ustedes dramas después de esto!», exclamaría quien descubriera la gravedad de sendos testimonios. El aforismo se atribuye a Alejandro Dumas padre, tras presenciar funciones taurinas durante su viaje a España en 1846 con el asombro del que vislumbra en los toreros esa vieja casta de hombres bravos que nacen con una ornamental vocación de morir subrayada por Álvarez de Miranda.

La necesidad de expresarse como artistas legitima las vocaciones toreras. Y nadie que conociese el valor del sueño que anida en el corazón de Ureña y su voluntad inquebrantable de superación, ponía en tela de juicio que volvería a torear. La prontitud con la que se hace presente de nuevo en los ruedos es una muestra más de su admirable capacidad para sobreponerse a las dificultades. Querer es tener el valor de chocar con los obstáculos, decía Stendhal Y qué valor el suyo, torero, ¡qué valor!

Gracias por la ilusión que vuelve a regalarnos y por las emociones que nos hará sentir en Valencia esta tarde y las que, si Dios quiere, vendrán después. Muchísima suerte, torero, y mi abrazo a Elena, su hermana, sus padres y Juanvi, su fiel escudero.

Publicado en La Opinión de Murcia

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