Roca Rey: “A veces no te das cuenta del riesgo que corres”

Por Juan Carlos Rodríguez.

El triunfador de los ruedos es un “millennial” que escucha “reggaeton”, reza a sus muertos y fue astro infantil del golf. ROCA REY, 30 puertas grandes en 54 corridas la temporada pasada, visita fugazmente Madrid para recoger el premio Paquiro. Aprovechamos para entrevistar a este joven peruano de 22 años y cambiarle de “look”.

Tres jóvenes novilleros están viendo una película en su piso compartido de Gerena (Sevilla), el pueblo con más profesionales taurinos de España. Aún no han cumplido los 20 años y tienen la cabeza llena de sueños. Rock n Rolla, la cinta de Guy Ritchie sobre unos delincuentes británicos que intentan sacar tajada de la corrupción inmobiliaria, no refleja en nada su ascética vida de toreros en ciernes. Pero, de repente, un diálogo del protagonista atrapa su atención: “A todos nos gusta la buena vida. A unos el dinero, a otros las drogas, a otros el sexo, el glamour o la fama. Pero un rocknrolla es diferente: quiere el pack completo”. ¿Y qué significaba para ellos el pack completo? Ni más ni menos que salir a hombros por la Puerta Grande de Las Ventas.

De modo que aquella tarde hicieron una apuesta: el primero que lo consiguiera haría la señal de los cuernos con la mano, en plan rockero. Como en la peli. “Y el primero que lo hizo fui yo”, dice el torero peruano Andrés Roca Rey (Lima, 21 de octubre de 1996) rememorando su brillante debut como novillero. Como había prometido, aquella tarde de abril de 2015 celebró su triunfo con ese gesto iconoclasta que nadie, salvo sus dos compañeros de fatigas, acertó a interpretar. Arrancó así una fulgurante carrera que no se recuerda desde los tiempos de El Juli, el ídolo de su infancia. Apenas han trascurrido tres años desde su alternativa en Nimes y ya se ha ganado el respeto de crítica y afición, que le sigue como a un mesías redentor. El diestro de 22 años ha revolucionado la fiesta y agota el papel en taquilla. “Tiene cabeza, corazón y bragueta, que diría un taurino. Arriesga, pero por más que se arrima está muy seguro y no a merced del toro. No es nada conservador. Le sobran condiciones de figura, ambición y personalidad. Tiene carácter de número 1, y sin duda es el que más gente lleva a las plazas. Le hacía falta a la fiesta; la despertó”, opina el veterano periodista taurino Manolo Molés.

Con Mario Vargas Llosa

El pasado 2018 fue el año de su consagración: cortó 89 orejas y abrió 30 puertas grandes en 54 tardes, a las que asistieron medio millón de espectadores. Protagonizar el acontecimiento taurino de la temporada le ha hecho merecedor de la X edición del Premio Paquiro, el prestigioso galardón otorgado por El Cultural de El Mundo. Roca Rey nos recibe horas antes de recibir el premio de manos de su compatriota y amigo Mario Vargas Llosa. Alto (1,83 m) y delgado, tiene percha de modelo y aguanta estoico las cuatro horas de sesión de fotos. “¿Me veis saliendo con esto a la calle?”, pregunta divertido cuando la estilista le ofrece probarse un moderno batín azul. Educado y risueño, a veces guasón, no está maleado. “He madurado como persona, pero en el fondo sigo siendo El Andi, aquel niño que jugaba a ser torero en el jardín de mi casa”, dice este limeño del barrio de Miraflores que toreó su primera becerra a los 7 años.

Hijo de un empresario del algodón y de una asesora financiera de fondos de pensiones, se educó en una familia de gran raigambre taurina: su hermano Fernando también es matador; su tío José Antonio fue rejoneador y un abuelo administró durante muchos años la plaza de Acho, en Lima, que después de la española de Ronda es la más antigua del mundo. Su madre le llegó a apuntar a clases de tenis y de golf (fue campeón nacional en categoría infantil), pero su vocación ya era firme: él soñaba con enfundarse el traje de luces. El maestro José Antonio Campuzano, su actual apoderado, le echó el ojo a los 10 años en un pueblo peruano y enseguida supo que tenía entre manos a un diamante en bruto. “Para ser una figura mundial”, le dijo, “tienes que venirte a España”. Dicho y hecho. A los 14 años, mientras sus primos optaron por estudiar inglés en el extranjero, él prefirió pasar los dos meses de verano en Badajoz, donde vivió en casa de una familia de picadores y recibió clases en la Escuela de Tauromaquia de la Diputación. Tras foguearse en varias plazas de América bajo la atenta mirada de su mentor, a los 16 llegó a Sevilla sin billete de vuelta.

Dejar atrás su hogar, sin saber cuándo volvería a ver a su familia, fue duro para todos: “Mi mamá no fue al aeropuerto de Lima porque le daba pena, y me acompañaron mi papá y mi hermano Fernando. Mi papá me dio un abrazo, pero mi hermano, en vez de abrazarme, estiró la mano y me dijo: ‘Mucha suerte, torero. A partir de ahora te vuelves un hombre’. Su intención era probarme, hacerme sentir si estaba convencido de mi decisión”, explica RR, a quien esta experiencia le marcó de por vida: “Cuando tengo que hacer un gran esfuerzo, siempre me acuerdo de aquel día y eso me motiva”, asegura el fenómeno peruano, “un enfermo de su profesión que a su edad parece que ha vivido tres vidas”, según describe su banderillero Juan José Jiménez. Un joven de su tiempo con más de 120.000 seguidores en Instagram, que se inspira en Muhammad Ali, escucha música reggaeton y conduce un Lamborghini rojo. Indiscutible número 1 del escalafón, parece feliz con su pack completo.

El año pasado cortó 89 orejas y abrió 30 puertas grandes. ¿Se ha propuesto superar estas cifras?

Yo no le echo mucha cuenta al tema numérico. En el toreo, más que cortar muchas orejas, cuentan las emociones.

Decía Belmonte que “el toreo es, ante todo, un ejercicio de orden espiritual”.

Estoy de acuerdo. Los toreros siempre nos mentalizamos para afrontar una temporada o una tarde importante. O para enfrentarnos al miedo. El traje de luces es como de cristal, transparente, y deja ver tu estado de ánimo. Si estás feliz, sin querer acabas transmitiendo esa felicidad.

Le han llamado “el Messi del toreo”. ¿Cuál ha sido su faena más memorable?

Lo que más recuerdo son esos triunfos de partida donde todo estaba empezando, como mis primeras Puertas Grandes de Las Ventas como novillero o matador. Más que una faena concreta, uno memoriza hasta las miradas de los toros, incluidos los que te han hecho pasar un mal rato.

Entró en el Sorteo de San Isidro “por decisión propia” y le tocó en suerte Adolfo Martín, ganadería considerada “dura”. Para el aficionado a combinación es un premio gordo. ¿Usted podrá demostrar que se atreve con cualquier encaste, condición que algunos críticos le exigían para considerarle un torero de época?

En España no se habían dado las circunstancias, pero en América he toreado encastes de Santa Coloma y Albaserrada. Al aceptar el sorteo del bombo mostré mi disposición a torear cualquiera de las 10 ganaderías propuestas. Nunca me había enfrentado a toros de Adolfo Martín. Me apetecía, y gracias a Dios se ha podido dar la oportunidad.

Manzanares, El Juli y Morante rechazaron entrar en este sorteo. ¿Le agobia la responsabilidad de tirar usted solo del abono de Madrid?

¡Más bien me motiva!

Muchos le ven como el sucesor de José Tomás. ¿Qué le falta para alcanzar al mito?

Primero, la edad que tiene. Él tiene su edad y yo tengo la mía. Contra la edad no se puede luchar [sonríe]. Obviamente, la gente compara, pero cada torero es un mundo. Yo sigo mi camino.

¿Quiénes son sus principales mitos de la tauromaquia?

Joselito El Gallo, Belmonte, Manolete, Luis Miguel Dominguín… Son toreos a los que admiro, más que por lo que hicieron en el ruedo y la impronta que dejaron, por lo que me impactaron sus biografías.

Andrés, me ha dicho su banderillero que, por su porte y elegancia en la plaza, le recuerda al maestro Dominguín…

Estará enamorado de mí… [suelta una carcajada].

¿Qué queda de El Andi, el niño que jugaba a ser torero?

He madurado como persona, pero aquel niño sigue ahí. Con 5 o 6 años no sabía pegar un pase, pero me impactaba que los toreros entraran en la plaza bien vestidos y peinados y, tras la faena, salieran llenos de tierra y sangre. Por eso yo regaba el jardín de mi casa y me embarraba la ropa para parecerme a ellos. Lo que me llamaba la atención era toda esa entrega.

Sus comienzos en España fueron duros. No le salían corridas y extrañaba a su familia. ¿Se le pasó por la cabeza tirar la toalla?

Algunas noches sí me daba por pensar eso. Recuerdo que tras mi primera novillada de luces me metí en la habitación y no salí en 24 horas. Si no se daban bien las cosas, me deprimía.

¿Y entonces llamaba a su madre?

No, porque no me gustaba dar pena.

¿Rezaba quizás al Señor de los Milagros? [en su muñeca derecha lleva un rosario del patrón de Perú].

Sí, pero sobre todo me gusta pedirle a los familiares que están muertos. Siento esa conexión…

Con sus pases estatuarios, tieso como una vela, desafía al toro hasta extremos suicidas. ¿Es así de temerario?

Cuando vas a la plaza pasas miedo, porque sabes a lo que te expones. Pero muchas veces estás tan concentrado que no te das cuenta del riesgo. O te das cuenta, pero lo asumes como algo normal, porque antes has recapacitado sobre ello. Obviamente, no quieres que pase ninguna desgracia, pero estás dispuesto a que pase con tal de triunfar.

“El día que se torea crece más la barba. Es el miedo”, le contó Belmonte a Chaves Nogales, autor de su célebre biografía. ¿A usted le pasa?

Yo aún no tengo barba, no me afeito [bromea]… Depende del día; hay días que tienes miedo y te cuesta hasta comer. Y hay días que estás demasiado tranquilo, y también te preocupas, porque piensas: “Si tengo que torear en dos horas, ¿cómo puedo estar así?”.

Cuando brindó un toro a Victoria Federica, la nieta del Rey Juan Carlos, captó la atención de la prensa del corazón. ¿Se liga mucho siendo el rey de los ruedos?

No tengo tiempo de distraerme. Me gusta ser responsable, estar mentalizado para afrontar cada corrida, y eso implica evadirse de algunas cosas. Obviamente, el triunfo conlleva amistades nuevas…

¿Qué música escucha en su iphone?

Me gusta el reggeaton, el ballenato, las rancheras, el flamenco más moderno… Me gusta Rosalía. Hizo una canción muy taurina [Malamente].

Así como Rosalía ha enganchado al flamenco a los “millennials”, usted está atrayendo público joven a los ruedos.

Es bonito ver a tanta gente joven en los tendidos, a la salida de los hoteles o siguiéndote en Instagram. Igual que ellos se pueden sentir identificados conmigo, yo también con ellos. Esa empatía me motiva mucho.

Al mismo tiempo, muchos jóvenes de su generación se declaran antitaurinos e incluso participan en “vigilias veganas”, acompañando a los animales a los mataderos…

Si tú no conoces el mundo del toro, si nunca has ido a ver una corrida ni has sentido las emociones que se sienten en una plaza de toros, si tu familia no te ha inculcado la afición…, y luego te enseñan una foto del toro ensangrentado, lo más normal es que digas: “pobrecito el toro”. Lo que no saben es que ese animal ha nacido para morir. Yo respeto a los antitaurinos, pero les pido que nos respeten a nosotros.

En su Instagram, la mayoría elogia sus faenas, pero hay quien le califica de “asesino”. ¿Le entristece?

Estoy acostumbrado. Recuerdo que una profesora de educación física me llamó asesino delante de los alumnos. Hay quien está más a favor del animal que de la persona. Abogan por la abolición de las corridas pero al mismo tiempo te están deseando la muerte.

¿Prestaría su imagen a un partido como Vox, defensor a ultranza de la tauromaquia?

¿A Vox? [silencio]. ¿Qué digo, Marco? [pregunta apurado a su asesor de prensa]. Yo prefiero a los partidos que apoyan la tauromaquia, pero, claro, luego tendría que ver detenidamente cada programa.

¿Ya sabe qué traje lucirá en San Isidro?

Aún no me lo han hecho. Pero un traje de luces es algo tan especial. Con él entras en la plaza a jugarte la vida, así que yo lo disfruto desde que voy a la sastrería a tomarme las medidas.

2018: la consagración

Golpe a golpe, como el martillo pilón que golpea el hierro candente sobre el yunque, Roca Rey insiste en el triunfo. La extraordinaria temporada que fraguó en 2018, con 54 festejos, 89 orejas y 30 puertas grandes, han convertido a El Cóndor de Perú en el rey de los ruedos. Entre bernardinas y manoletinas dejó varios hitos para el recuerdo: la corrida del Domingo de Resurrección en Sevilla, donde cortó dos orejas; su doble puerta grande en Valencia, o las seis orejas que cortó en solo 48 horas en la plaza de toros de Pamplona durante los sanfermines. Casi medio millón de personas (494.903 para ser exactos) le vieron hacer el paseíllo en el año de su consagración.

De las 54 actuaciones, sólo cinco bajaron del 75% de asistencia y 28 superaron el 90%, agotando el papel en sus dos tardes isidriles con casi un mes de antelación. Pero más que los números, a RR le importan las emociones.

* Este reportaje se ha realizado en la recién estrenada zona VIP Level del Hotel NH Collection Madrid Eurobuilding, situado en el 23 de la Calle Padre Damián. La experiencia VIP Level es una oferta única concebida a la medida de los huéspedes más premium.

Publicado en AMP EXPANSIÓN

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