La politización daña a la tauromaquia

Abellán en el ojo del huracán.

Degenerando Por Luis Sánchez Molini.

Hubo un tiempo en que los toreros eran héroes, semidioses que nunca caminaban solos por la calle Sierpes, hombres que cuando estaban en plena temporada casi no probaban hembra y no tenían más distracción que mirarle a la cara a la muerte. Cuenta un cronista de la Guerra de África que en uno de esos barrancos infernales del Rif se encontró a un destacamento militar español. Todos llevaban brazaletes negros, por lo que el periodista pensó en alguna tragedia bélica. Le preguntó al oficial al mando y éste, con los ojos un tanto alucinados, le preguntó: “¿Pero es que no se ha enterado usted de que un toro ha matado a Joselito en Talavera?”. Un luto así sólo se guarda por un titán, nunca por un modelo publicitario o un candidato.

Ya saben la famosa anécdota de cuando Belmonte se encontró a un antiguo subalterno que había alcanzado un alto cargo político. El Pasmo de Triana le preguntó por su nuevo oficio y éste humilló: “Ya ve, maestro, degenerando”. En España ya todos degeneramos: los toreros, los generales, los profesores, los filósofos, los periodistas y los escritores. Las listas electorales se han convertido en agentes corruptores de primer orden. Antes, bastaba con firmar un manifiesto o acudir a un mitin para dar el apoyo a una determinada causa. Ahora, además, hay que ir en las papeletas de los partidos. Y con mala suerte, si el incauto sale elegido, viene la jauría y el ridículo. Un torero se puede permitir una bronca del respetable o una tormenta de almohadillas, pero no a un hato de intrigantes políticos, elementos peligrosos para quien está acostumbrado a que los cuernos le vengan de frente.

La semana pasada estuvimos trasegando vinos y charlando con dos aficionados de los que ya apenas quedan. Gente cabal que dicen “el Maestro” al referirse a Ordóñez y que ya sólo recuperan el entusiasmo cuando, como el personaje machadiano, evocan la hazaña de algún torero. Tipos generosos y divertidos, con labia y riqueza léxica, imposibles de encontrar en los clubs de comida vegana o en los círculos de fans de Star Wars. Les preguntamos por los fichajes taurinos de algunos partidos y el escepticismo y la inquietud hizo presencia. Acordamos que la identificación de la tauromaquia con una facción política determinada es un inmenso error, precisamente el que más deseaban sus enemigos. Con esta estrategia, la fiesta es cada vez es menos nacional y más partidaria.

Publicado en el Diario de SEVILLA

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