Degenerando Por Salvador Boix

Los políticos intentan ganar un puñado de votos a costa de la tauromaquia y la estulticia de algunos diestros les ha hecho el juego.

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Primero fue Morante de la Puebla pegando carteles en Sevilla y montando a caballo con Santiago Abascal. Más tarde, el PP anunció el fichaje del torero Miguel Abellán como número 12 de sus listas por Madrid. Hace unos días, el único matador catalán en activo, Serafín Marín, de Montcada i Reixach, anunció que será el tercero de la lista ultraderechista por Barcelona. Con las fallas humeando, el diestro valenciano retirado Vicente Barrera, nieto del gran Vicente Barrera y Cambra, se anunciaba como número tres de Vox en el Congreso por Valencia. La semana pasada, Francisco Rivera Ordóñez ‘Paquirri’, declarado ultranacionalista, se liaba en esta cosa de los hilos de las redes sociales echando gasolina a las brasas de la frágil convivencia en Catalunya, con el consiguiente eco – nunca falla si la cosa es contra los toros- en los grandes medios norcoreanocatalanes, que en catalán son casi todos, con el líder Basté al frente mojando pan. Remataba la faena hace un par de días Pablo Iglesias, desde el otro extremo, reclamando un referéndum sobre la pervivencia de las corridas con el sólido argumento de que a él no le gustan.

A todos les une el mismo y descarado objetivo: captar un puñado de votos a costa de politizar el arte sin ningún pudor. Grave pecado de indecencia política, de desprecio a los artistas y a los ciudadanos libres que gozamos de él por encima de toda ideología.

Entretodos

En medio de tanta suciedad, siempre inerme y a disposición de quien sin ningún escrúpulo la quisiera ultrajar, la tauromaquia, el arte sagrado del toreo. La última, la más culta y verdadera de las poesías que nos queda. La patria del compromiso ético con la verdad y la belleza. En abstracto y en concreto. Porque unos cuantos millones de aficionados apasionados todavía hoy entendemos de qué va esto de los toros indómitos ante unos hombres solos, héroes singulares, embutidos en sus trajes de luces con trapos y espadas en las manos. Una inmensa minoría que nutrimos nuestro espíritu con un natural sin tiempo o una verónica a compás.

Que sepa todo el mundo que más allá de la manipulación de la tauromaquia por parte de los políticos y de la estulticia de estos toreros que se dejan manipular, en un rincón de nuestra cultura milenaria, sigue habiendo vida en el territorio de la emoción del toreo.

Seguimos vivos esperando desde el tendido el milagro de una tarde gloriosa que volverá, seguro, mientras haya hombres vestidos de toreros dispuestos a hacer honor a la historia, a la liturgia y al misterio.

Un banderillero de Juan Belmonte de nombre Joaquín Miranda, una vez retirado terminada la guerra, fue gobernador civil de Huelva. Una tarde, El Pasmo de Triana fue a Huelva a una corrida que presidía precisamente el tal gobernador Miranda. El acompañante de Belmonte le preguntó

-Maestro, ¿cómo ha podido llegar a gobernador civil este señor si era banderillero suyo?

Juan Belmonte, sabio inventor del toreo moderno, le respondió:

-Pues ¿cómo va a ser?, degenerando, hombre, degenerando.

Publicado en El Periódico

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