Comienza la edad de oro del toreo

Por Julio Merino.

La confirmación en Madrid -según su biógrafo Paco Aguado– no se hizo esperar demasiado. El día 1 de octubre de 1912, Joselito se liaba el capote de paseo en el túnel de cuadrillas de la plaza de la carretera de Aragón entre su hermano Rafael, Vicente Pastor y el que sería su cuñado Manuel Martín Vázquez, que esa misma tarde también tomaba su alternativa. El torero de Embajadores apadrinó primero a Vázquez II en la lidia de Rosquero, del duque de Veragua. Y, en segundo lugar, Rafael le cedió a José la muerte de Ciervo, un jabonero claro de la misma ganadería. No fue una buena tarde para nadie. Ni los cuatro veraguas ni los cuatros benjumeas que salieron al ruedo facilitaron las cosas, y Joselito no pasó de discreto. Con gran soltura, eso sí, apenas le dio ocho pases al de la confirmación, para matarlo de una estocada trasera y caída. Y sólo tres minutos le duró el segundo, un toro quedado y bronco».

A pesar de no ser «una buena tarde para nadie», Joselito y su hermano Rafael salieron a hombros por la Puerta Grande y entre aplausos y vítores de los aficionados que le esperaban a la salida de la plaza, quizá porque sólo por lo que vieron durante la corrida ya habían intuido el genio que habían visto esa tarde. También la crítica puso de relieve las grandes dotes taurinas que mostraba el niño de los Gallos. José Bergamín, Joselista, desde el primer día que lo vio lo califica de «Luzbel adolescente, caído por orgullo de su luminosa inteligencia viva».

El mismísimo José María de Cossío escribiría poco después lo siguiente: «Joselito, a pesar de su juventud, ha llegado a matador de toros en plena sazón (…) No es entonces el torero cuajado, maestro de todas las suertes, que vendrá a ser más tarde; pero sí sabe mejorar su estilo y enriquecer su experiencia; las directrices fundamentales de su toreo, aquel conocer los instintos y caracteres de los toros no bien los verá dar dos carreras por la plaza, el sacar partido de las condiciones de las reses fuera suerte que fuera y, sobre todo, un saber pisar la plaza como terreno propio sin vacilaciones, mandando en la gente y en el toro e imponiendo su personalidad en los eventos todos de las suertes de la lidia, las posee ya. Y todo esto, milagrosamente, se da en un poco más que adolescente, un torerillo de diecisiete años lleno de infantil amor propio. Así, aparece Joselito como matador de toros, inspirando general simpatía, y así se le prepara la temporada siguiente, que habrá de ser triunfal, aunque erizada de muchas luchas y dificultades».

Campaña antitaurina

Sin embargo, todavía coleaba la campaña antitaurina que había iniciado Joaquín Costa como consecuencia del desastre y del hundimiento español del 98. Campaña que habían secundado Pío Baroja, Jacinto Benavente, el nobel Ramón y Cajal, Antonio Machado, Rubén Darío, Azorín, Blasco Ibáñez (a pesar de su gran novela Sangre y arena), Ramiro de Maeztu, Miguel de Unamuno y la mayoría de los miembros de aquella generación que dominaba el mundo intelectual de la época. Pero todos ellos fueron cambiando o evolucionando en cuanto apareció Joselito y poco después Juan Belmonte. Hasta el punto que, dando marcha atrás, Pérez Galdós fue padrino de boda de Machaquito y Valle-Inclán y Pérez de Ayala organizarían el gran homenaje que años después le dieron los hombres de las artes y las letras a Belmonte en el Retiro madrileño. También los poetas dedicaron versos de gran belleza al arte del sevillano. Entre ellos Gerardo Diego que le dedicaría varios poemas entre ellos éste: «Entre un temporal deshecho/ la gruesa nave embestía./ Al pasar por el estrecho/ la plaza se estremecía./ Tú erguido, firme, derecho,/ faro en tu roca vigía,/ larga el brazo, álzate al techo,/ rompa la espuma bravía./ Y allá va el pase de pecho».

«¿Quién le ha enseñado a usted a torear? -le preguntó un día El Caballero Audaz-. Nadie -contestó José– El toreo no se aprende. Yo no había visto jamás un toro de lidia, y la primera vez que me puse delante de él hice las mismas suertes que hago hoy. Es una cosa especial que uno no sabe explicarse, y es que parece que ya estuvo uno en otro mundo, donde le enseñaron a torear».

Por su parte, el gran crítico Gregorio Corrochano escribiría en su obra ¿Qué es torear? Introducción a la tauromaquia de Joselito estas palabras, que resumen el arte del maestro insuperable: «La distancia de la muleta al toro, no hay que medirla antes del pase, sino en el centro del pase y después del pase. Antes del pase, el terreno depende de la bravura, de los pies y del estado del toro por el exceso o la falta de castigo. Se puede citar distanciado o muy cerca, del toro depende más que del torero; en la lidia de hoy depende del picador. Ni tan distante que el toro no acuda al cite, ni tan cerca que no se pueda adelantar la muleta, que es como se deben empezar los pases para ser completos. Cada toro tiene su sitio, como cada torero. Lo que hay que mirar son los pies del torero en el centro del pase cuando se está pasando al toro, la distancia a que le pasa, y la distancia a que se lo deja o remata el pase. Esa distancia, despegada o ceñida, y la quietud de pies en ese instante es lo verdaderamente importante del pase; más, mucho más que la distancia a la que se coloca para dar el pase. Porque la quietud y la distancia en el centro de la suerte revelan que el toro va muy bien toreado, a su temple, muy embarcado en la muleta, que el que manda es el torero. El pase hay que rematarle, sin dejarse enganchar la muleta -temple- y llevarle, hasta dejarle a una distancia que el torero no tenga que irse, ni dar un salto atrás, para ligar la faena sin interrupción, sin que pueda servir de pretexto salirse para saludar. Ya saludará después».

80 corridas

A partir de aquel momento el mundo del toro, empresarios, apoderados, ganaderos, críticos, se le rindió y le llovieron los contratos: ¡80! corridas de octubre a octubre. Valencia (donde una tarde se encerró a solas con 7 toros del marqués de Guadalest y llenó el cielo de pañuelos blancos), Barcelona, Alicante, Granada, Cartagena, Bilbao, San Sebastián… y Sevilla («el patio de su casa», según su madre).

¡Hasta que irrumpió el «rebelde», el «revolucionario», el «loco», el «pasmo de Triana»: Juan Belmonte! ¡Y aquello ya fue la locura! ¡Porque entre Joselito y Belmonte se comieron España!… Comenzaba la Edad de Oro del Toreo. Como lo vio muy pronto el crítico Dulzuras en Toros y toreros 1913: «Joselito es uno de esos toreros que salen cada 30 años (…) Va a ser el gran torero de estos tiempos, el número uno (…) Árbitro de empresas y ganaderos, se impondrá a todos y sobre todos. Con 18 años tiene el conocimiento del hombre maduro que lleva 25 años en la profesión. Si salen dos o tres jóvenes como él que le hagan sombra nos espera una época brillantísima para la fiesta taurina».

Publicado en Diario de Córdoba

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