Las Ventas: Resurrección del toreo sevillano en Madrid

Por José Ramón Márquez.

Domingo de Resurrección parece que es algo que evoca a Sevilla, que bastante se preocupan los de las fake news en ponernos por delante de los ojos esa venda, y de hecho ellos huyen de la Corte y vuelan a la vera del Guadalquivir, como si en Sevilla en esta tarde se ventilase algo de interés que no sea esa hoguera de las vanidades del Baratillo con el viejarras más visto que el TBO de Julián (el del platillo), con Manzanares y sus alifafes y con Roca el contorsionista (el del bombo), haciendo el paseo ante toda esa banda de la americana azul cruzada y con esos bovinos silencios de la mal llamada Maestranza, que según los que chanan de esto hay que decir “la Plaza de los Toros”. Pues bien, para que se vea bien clarito el lío que tienen los sevillanos desde la jubilación de Curro, ahí han puesto esta tarde a un tío de San Blas, a otro de Alicante y a otro de Lima a no rascar bola, y mientras tanto la Sevilla de los toros de verdad, la que hunde sus raíces en el barrio de San Bernardo, la del matadero, la de la Puerta de la Carne, se aparecía en Madrid a hacer el paseo a las seis de la tarde, transfigurada en la persona de Juan Ortega, ungida de lo que es el toreo (sevillano) de antes de llegar la época de la tontería. Resurrección del toreo sevillano en Madrid. He ahí la noticia.

Para esta fría, desapacible, tarde abrileña el Señor del Bombo y su think-tank estimaron que lo óptimo era programar a la ganadería de El Torero, y repetir lo del año pasado, se conoce que entusiasmados con la vuelta al ruedo que le dieron al sexto porque sí, y así se vinieron a los madriles desde Cádiz Lozano, Sarmentero, Bastón, Ostionero, Pegaso y Republicano (números 30, 20, 40, 41, 21 y 46) a demostrar lo que llevaban dentro. Lo que llevaban dentro, en líneas generales, era blandura, blandura caediza de planchazo y de deslome, aunque de esa evaluación general hay que poner aparte al sexto, que fue, sin lugar a dudas, el toro más interesante de la tarde. El que peor parte llevó fue el tal Pegaso, que tras varias caídas, acaso siete como Nuestro Señor, fue derivado hacia la industria cárnica sin pasar por el trámite de la muerte a estoque, merced al pañuelo o trapo verde que exhibió don Víctor Oliver Rodríguez, que se estrenaba hoy como Presidente del festejo. Claro que, con anterioridad, don Víctor había conocido la cara más agria de la afición cuando se empeñó en mantener en el ruedo al cuarto, cuyo nombre era Ostionero, aunque a éste lo que le cuadraba era haberse llamado Bastón, nombre que apuntaba a lo que el pobre toro hubiera necesitado para mantenerse mínimamente en posición de cuadripedestación. La lidia de Ostionero fue un descalzaperros (descalzamascotas en la actual sensibilidad), con el tendido convertido en coro de gritos y con nadie haciendo caso de la labor del matador. Son esas circunstancias que a veces se dan y que sirven para malbaratar una sexta parte del festejo: allá don Víctor y su conciencia, allá la responsabilidad del eminente profesor veterinario don Juan José Urquía García y las razones que en su fuero interno ambos esgrimiesen para mantener en la Plaza a un cacho de carne con ojos a todas luces inhábil para la lidia y, de paso, para dejar en nada la mitad de la ilusión que tendría depositada en esta tarde un muchacho que se viene a Madrid con ocho corridas en el año pasado.

De la terna hemos adelantado más arriba el nombre de Juan Ortega, y junto a él estuvieron haciendo el paseo David Galván y Pablo Aguado, dos sevillanos y uno de Cádiz.

El toro que abrió Plaza era una especie de mastodonte gordo, un salpicado de 650 kilos que era como un luchador japonés de sumo. Su falta de fuerzas unida a su obesidad mórbida fueron responsables de que el animal estuviese cayéndose por aquí y por allá con esas caídas tontas que no son de desplome y que parece que el bicho ha tropezado con algo que había en el ruedo. Allá que se fue David Galván a ver cómo enhebrarle una faena, o lo que sea, y a dejar bien patente ante la cátedra que él venía a la Plaza sin un plan preconcebido. No es que se trajese la faena pensada desde el hotel, es que por parte alguna se veía aparecer el concepto que Galván venía a defender. Digamos que Galván pone en marcha una de esos trasteos posibilistas tan comunes en la hora presente en los que tras una serie en la que nada ha salido como se espera, se recompone la figura y se comienza otra a ver si esta vez la cosa sale, sin modificar el planteamiento. La experiencia nos enseña que ese planteamiento sólo sirve para alargar el trasteo y para dar la oportunidad a los buenos fotógrafos, que hay unos cuantos en Las Ventas, a obtener una instantánea con el muchacho trazando un derechazo que pueda ir enseñando por ahí. Fue su segundo el tal Ostionero del cisco mayúsculo y entre el griterío y las trazas del matador, no hubo forma de levantar aquello dejando Galván una impresión de toreo forzado, de toreo de esfuerzo lumbar, sin acabar de ver clara la posición, siempre bastante más por las afueras de lo deseable, sin mando ni temple.

Ahora vamos a decir lo de Pablo Aguado, que se las vio con el jabonero Bastón, el cual le propinó una voltereta a causa de la insistencia del matador en dejarse ver. El toro no tenía lo que se dice unas malas intenciones, pero tampoco era 100% la tonta del bote, que Bastón tenía su corazoncito y Aguado le ninguneaba bastante. La cosa es que Aguado era uno de los pilares que daban interés a la terna de hoy y, en honor a la verdad hay que decir que, en general, defraudó. Y luego esa costumbre de andar a grito pelado con el toro, tampoco ayuda, que uno no recuerda a los grandes andar a chillido limpio con los toros. A ver si los que están próximos al torero le animan a practicar el voto de silencio mientras se halle en el ruedo frente al oponente. Su segundo fue, de largo, el toro de la tarde, y cuando se dice toro nos referimos a la condición de toro de lidia, no de material artístico del que se hacen los sueños. El tal Republicano debía ser de los de la I República, de los del Cantón de Cartagena, de los de Dos Hermanas que declararon la guerra a los del Cantón Andaluz de Sevilla, porque el bicho no estaba dispuesto a facilitar las cosas en nada a su matador. El toro presentó dos de las cosas que en general resultan molestas para la mayoría de los coletudos: casta y vigor, además de una bonita presentación, y Pablo Aguado no se vio con fuerzas o resortes adecuados para plantear al animal la pelea que éste demandaba. Una pena, porque ahí podía haber mostrado el matador una faceta más dominadora en la que no se le habría tenido tan en cuenta otros defectos, aunque bien es verdad que la ausencia de mando que demostró en su primero lo mismo le llevó a pensar que no estaba hecha la miel para la boca del asno. De Pablo Aguado rematemos el aliño recordando que fue su atropello por un novillo de Fuente Ymbro la que dio lugar a Andrew Moore a poder captar la más hermosa fotografía taurina que se ha hecho en lo que llevamos de siglo XXI.

Y ahora Ortega, que el apellido pone los pelos de punta. A despecho de la condición algo blanda de Sarmentero, segundo de la tarde, ya desde el principio se manifestó Juan Ortega con ganas de mostrar el sello de su estilo y su personalidad y lo hizo en dos lances a la verónica en los que acaso resaltó más la óptima colocación del torero que la pura ejecución de los mismos; luego llevó al toro al caballo con gracia, rematando con una airosa revolera plena del aire de Sevilla en primavera y después, ahí sí, dejó dibujadas tres verónicas y una media plenas de encaje y torería. Para comenzar el trasteo se fue a las rayas del 7 y ahí dejó un inicio de puro clasicismo, tres ayudados por bajo y un pase de trinchera que eran oro molido, estropeados por la caída del toro. Luego, en el tercio (¿había aire?) la manera de presentarse ante el toro, pisando el terreno, la verticalidad sin impostar, la muleta agarrada con la derecha por el centro del palillo, el cite suave y mandón, la posición erguida, el toreo hecho de pura naturalidad, como quien va por la calle y se encuentra a un conocido, y el toro conducido hasta el final del muletazo y ligado, cosido, con el siguiente de manera limpísima, luego otro remate por trinchera de mucha enjundia y se pasa la muleta a la zurda donde acaso no acaba de dar el paso adelante, y no plantea el cite con la nitidez que lo hizo en los redondos anteriores y no consigue la ligazón, estando en el toreo al natural por debajo de lo demostrado con anterioridad. Luego vuelve a la diestra y tras un final algo embarullado con algunos enganchones deja una estocada baja. Da una vuelta al ruedo de mucho peso, más que decenas de esas orejas que antes de llegar a la boca del Metro ya se han ido para siempre de la cabeza. Las condiciones de su segundo, que fue el sobrero Huracán, de Lagunajanda, número 23, no tenían nada que ver con las del primero y Ortega pareció que se conformaba con el aldabonazo que había dado en Madrid en su primero y que no estaba por la labor de ponerse a currar en el tajo.

Las mulas, que más que mulas parecen caballos de pura sangre, volvieron hoy, otra vez, a salir de estampida sin haber enganchado al toro, como viene siendo habitual. Apunta el aficionado V. que, entusiasmados los animales con la visión del clásico de Semana Santa, Ben-Hur, han transmutado Las Ventas por el Circo Máximo y andan a la busca de un Mesala que las guíe y las contenga, porque los benhures de la propineja a todas luces son incapaces.

Foto: ANDREW MOORE.

Publicado en Salmonetes ya no nos quedan.

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