San Isidro: la óptica de un periodista catalán y, sin embargo, aficionado en Las Ventas

Por José R. Palomar.

Para ir a la Ventas lo ideal es coger el autobús. Ya en el trayecto captas quién se dirige a la Monumental para ver la corrida de la Feria de San Isidro. Y no
resulta extraño intercambiar con el desconocido comentarios como “: ¡qué, ¿se llenará?”. Es aconsejable bajarse, traspasada la plaza de Manuel Becerra porque siempre encontrarás un bar donde se arremolinan los aficionados saboreando el último café. Luego todos son prisas… Hay que atravesar el fielato de la puerta de arrastre y el empleado- que se cree dios- en la puerta con ese sonsoneque que te rompe los tímpanos del “¡ aquí no entra nadie hasta las seeeiiis !!. No valen las seis menos dos minutos, tienen que ser las 6… Y al mismo tiempo, a tu lado entran como Pedro por su casa los enchufadillos que, normalmente, no reparan en que te estás derritiendo a pleno sol y a 30 grados donde la piedra quema..
Ya dentro, respiras. Estás a salvo, y te dará tiempo de conversar con los compañeros en la coqueta sala de prensa (sólo falta una botellita de agua, cuando se te seca la boca), pero espacio para escribir hay de sobra. De nuevo las prisas, especialmente si es un cartel de “No hay billetes” como el que presenciamos con el cartel: El Cid, López Simón y Roca Rey. Encontrar sitio en la barra de los pasillos es tarea utópica, luego habrá que sortear empujones que provienen de las prisas, del público- más que el fiel aficionadoque espera al último momento para acomodarse.

Y con suerte (el espectador ocasiona), sabrá el orden de lidia y distinguirá los trajes de los tres diestros…En tardes de toros de tronío se ensambla el espíritu festivo que dimensiona la banda de música a todo volúmen, con los nervios y la seriedad que, aún desde el palco de prensa y su última fila, atisbas o intuyes en el rostro de los toreros. Vida y muerte (ojalá no ocurra lo segundo) se entremezclan en esta Fiesta inigualable.

¿Quien decía que la el espectáculo taurino era pernicioso para los niños??…Junto a mí se encuentra un matrimonio valenciano y con ellos una simpática y graciosa pequeña de tres añitos, que aplaude alborozada cuando sus padres lo hacen, pregunta con curiosidad por el pelaje de los toros, con esa candidez e ingenuidad de la infancia que los mayores perdimos…

Silencios.

Los silencios en las Ventas no alcanzan cotas como los de la Maestranza, pero son síntoma de que lo que ocurre en el ruedo tiene trascendencia. En “tardes del clavel”, siempre se encuentra en el tendido el listo de turno que los rompe, arrancándose con una voz destemplada (pensando que está en una barra de bar andaluz), o hace un amago de cante jondo. Normalmente es obligado a callarse por la mayoría de aficionados con dos luces…También en el momento más inoportuno se escucha al listillo del 7 con el “colócateeeeeé”, descentrando al que se juega la vida en el ruedo, o peor, algún gritito de amargado que va a “desfogarse” a la Ventas del suplicio que, seguramente le aguarda en casa con la parienta.

Al margen de esos desafinos esporádicos, un aficionado- y en este caso periodista – catalán, disfruta en Las Ventas con el ambiente de expectación y el runrrún que acompaña sin necesidad de música, las grandes faenas. Fue el caso de la que tuvimos ocasión de contemplar la tarde del 23 con la nueva “ explosión” de Roca Rey, y el agradecimiento en forma de aplauso respetuoso al maestro El Cid, que aún no campeando como en sus años gloriosos, mantiene la vitola y los andares de figura del toreo…Disfrutas con un encierro del Pilar que pondría quizá, en otro sitio a las figuras del “sota, caballo y rey” que se repite con machaconería en las ferias de provincias (dicho con respeto, lo de provincias)…

Y esa tarde “del Pilar” hubo luces y sombras: cogidas dramáticas como la de Gonzalo Caballero, y diestros curtidos en la dureza como Juan del Álamo o José Garrido (aunque este último no tuvo su tarde más afortunada). Pero son tardes en las que no te aburres. Todo lo contrario que en la de Jandilla, donde cuando ves a Sebastián Castella esperando en el centro del ruedo para dar el sempiterno pase cambiado por la espalda, y ya te has tragado antes tres toros- como el resto- fofos, parados, sin casta ni fuerza, dan ganas de tumbarte en el sillón del palco y pegar una reparadora siesta, de la que el frenesí de los días isidriles donde los compromisos se multiplican, te la han privado al mediodía.

Con todos los respetos para el galo, y su innegable valentía, el año pasado alcanzó las cincuenta corridas y hay toreros que piden paso con urgencia, que apenas sobrepasan la decena. Volviendo a la tarde del 23, donde se colocó el “ No hay billetes”, vemos en los asientos- barreras de lujo la presencia del Rey. Siempre, cuando se aplaude con denuedo, están los que critican esos aplausos, y los que por el contrario, se quedan cuando algún torero “republicano” no acude al brindis cariñoso. Siempre está el “quejica”.¿Qué trascendencia tiene para el aficionado que tal torero haya- o no- brindado al Rey Emérito, o deje de hacerlo?. ¿No van a ver torear y a valorar simplemente lo que ocurre en el ruedo??…¡Y raudos los micrófonos para captar lo que el matador le diga al Emérito!; ¿va a improvisar acaso un discurso como en el Congreso, para tomar nota con urgencia del contenido de esas palabras?. Que cada uno brinde “a quien…” ( ya saben)…Son preguntas o reflexiones que uno deja en el tintero.

Lo que menos me gusta de los tarde isidriles son los que se las toman como un actosocial más, para que les enfoque la cámara, saludarse con el brazo – móvil en mano- con el amigo de turno. Y dejándose ver con el traje de gala (procurando que no se ensucie con las manchas de sangre en el patio de arrastre, según donde pise), una vez finalizado el festejo. Entre las dos barras, perfectamente atendidas, te puedes encontrar al taurino, aficionado o
torero más insospechado y bueno es el intercambio de opiniones. A no ser que prefieras abrirte paso a codazos en los bares de los aledaños de las Ventas, donde conseguir un sitio en la barra y que algún camarero te atienda, es tarea casi imposible…

A mí me encanta cuando el silencio se vuelve a apoderar de la grandiosa y bellísima plaza, con la noche echada, y si acaso las luces y el eco de alguna estancia donde se aprovecha, todavía, para disfrutar algo de música y bebidas. Y alejarse poco a poco, sin apretujones ni prisas, camino de la calle de Alcalá.

Publicado en Diario Criticó

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