Feria de San Isidro: Roca Rey gana su apuesta más arriesgada

Roca Rey da un pase con la muleta a su segundo toro. :: j. lizón / EFE.

Por Barquerito.

El reclamo de la corrida era morboso: Roca Rey con una de Adolfo Martín, que, tres cinqueños abiertos en lotes distintos, vino con todas las de ley a cerrar y celebrar el tercero de los festejos de homenaje al encaste Albaserrada en el centenario del hierro de la A con corona, vulgo Victorino. Roca, torero tiburón, intrépido y ambicioso, fue el único de los grandes del escalafón que aceptó someterse al azar del bombo: se sortearon diez de las veinticuatro ganaderías de San Isidro entre diez jugadores de fortuna. La única ganadería que nadie quería, como si fuera la bola negra, era la de Adolfo Martín.

Y en eso estribaba el morbo. En saberse si Roca, que lleva escapado del pelotón dos temporadas, que serán tres con esta, iba a ser capaz de salir airoso de la apuesta y hasta ganarla. Reventa a tope. La plaza, abarrotada al reclamo del torero peruano. Una minoría en estado de esceptisimo absoluto. Y una mayoría, a favor de obra y casi incondicional. Roca venia de cumplir con éxito mayor su primera tarde de San Isidro: las dos orejas bien ganadas del sexto toro de Parladé hace ocho días. Ya entonces se sintió exigido por las minorías severas de las Ventas. Más que nadie. Y eso acentuaba el morbo.

Ganó su apuesta Roca Rey, solo que le traicionó su casi infalible espada, que en corto, por derecho y hasta el puño suele tumbar sin puntilla tantos y tantos toros de los que ha cuajado en compromisos mayores. Un raro pinchazo y una estocada caída no fueron remate propio para una faena, la del sexto toro, de sello propio, logros redondos y muy fino sentido de toreo por el manejo de distancias, terrenos y tiempos, por la manera tan precisa de tener en la mano un toro, uno de los tres de nota de la corrida, que viajó empapado y no enganchó engaño ni una sola vez pese a que la faena, de poco más de dos docenas de muletazos, pareció más larga por su intensidad que por su misma medida. Desde el arranque, en distancia y ligando cinco en redondo con el de pecho, hasta una especie de ya sexta tanda de propina en que el toreo fue, a todo rendido, puro recreo.

Veleto y paso, corto de manos, bajito de agujas, bravo, pronto y noble el toro, descolgado en seguida y de mucho humillar, pero con su punto agrio por la mano izquierda. Fue por ella, en la cuarta serie, cuando Roca ganó del todo la pelea. Encajado en serio, más de perfil que en el medio pecho, se ajustó de veras y gobernó lo que parecían díscolos viajes y no lo fueron. Hubo muletazos extraordinariamente despaciosos, temple del largo, enganches muy precisos, ligazón, una sabia manera de abrir el toro en el momento justo, remates airosos de tanda -el de pecho a pies juntos, el cambio de mano, la trinchera cosida con el de pecho enroscado- y, sobre todo, una palmaria autoridad. Cuando cuadraba Roca el toro, gritos sueltos de vivas sin cuento descompusieron el final de la obra.

Los tres toros de la segunda mitad fueron los sobresalientes de la corrida de Adolfo, la única de las tres de albaserradas que pudo jugarse sin viento. Los tres fueron distintos en todo: en hechuras y estilo. Veleto y paso, descarado, el cuarto sacó el tranco dulce y el ritmo regular de los saltillos buenos. En un fallo de nervios o error de cálculo, y ya a final de una faena que a partir de solo la tercera serie empezó a ser castigada desde el sector puritano, Manuel Escribano fue prendido por el pitón izquierdo y herido en el mismo instante de la cogida. No pudo ni ponerse en pie.

La cornada trocó el morbo en inquietud. El toro, al cabo, fue a pesar de todo aplaudido en el arrastre. Y también el quinto, capacho y engatillado, demasiado castigado en el caballo, de gran fijeza, falto de un punto de motor pero de embestidas al ralentí. Con él se vació Román en una faena de emoción, sembrada de aciertos y osadías, porque el gobierno del toro fue desigual. La manera de correr riesgos y el desparpajo llegaron a la gente.

De los tres toros de la primera mitad, el segundo salió peligroso, avisado, a la defensiva y queriendo coger, y cogió a Román sin herirlo en una de sus muchas temeridades. El primero, muy quebrado en varas, noble pero apagado, dejó a Escribano hacer. El tercero, el primer saltillo que cataba Roca Rey, reservón, de quedarse debajo, distraído e incierto, puso a prueba los nervios del torero limeño, que abrevió sin más.

Publicado en Diario Sur

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