Obispo y Oro: Los toros de Alcurrucén eran de “la secreta”

Por Fernando Fernández Román.

Los toros de Alcurrucén, de verdad, eran de “la secreta”. De aquella policía de antaño que vestía de paisano y le pedía la documentación al sujeto sospechoso que pasara por allí, previa doblada de la solapa izquierda de la chaqueta, donde se guarecía la placa que acreditaba su indiscutible autoridad para solicitar la identificación de forma fehaciente a quien menester fuere. En verdad, para el que suscribe, “la secreta” era el colmo del secretismo, porque nunca vi a nadie de “la pasma” practicando tan rocambolesco cometido, ni, por supuesto, nadie me importunó jamás abordándome con la temida frase: ¡Documentación, por favor! Ayer, en Las Ventas, los toros de los hermanos Lozano me hicieron evocar aquellos muy lejanos temores –infundados, la mayoría– de la España permanentemente vigilada tras el visillo de la autoridad competente, porque salían a la arena de la Monumental de la villa y corte como salían las fuerzas de Orden Público a la calle de la Ballesta para hacer una redada rutinaria, a la carrera y a voz en grito: ¡Documentación, por favor!, dicen que gritaban los polis disfrazados de gente del común, al tiempo que practicaban el solapazo de marras, mientras a los viandantes interpelados les entraban las cagaleras de la muerte. Pues eso fue lo que pasó en el ruedo con toros y toreros; aquellos, pidiendo papeles, y estos acreditándose, más o menos, en la medida de lo posible, sin que el resto del personal observante se enterara de lo que ocurría. Me ratifico, pues: los toros de Alcurrucén, eran de “la secreta”.

No es que pidieran el carné de toreros a quienes se encontraban por allí, moviendo capas y muletas o enarbolando puyas y garapullos, es que les pedían hasta la partida de nacimiento, la cartilla escolar y el certificado de penales. ¡Menuda tropa llegó a los corrales de Las Ventas, desde los diversos parajes que tienen registrados esta familia de Alameda de la Sagra! Sobre todo en El Cortijillo, que es todo un señor cortijo en el toledano término municipal de Urda y alojamiento principal de los toros “de saca”. Los de ayer, eran toros guapos, perfectamente equilibrados de peso y talla para su edad, desigualmente armados y alguno, como el tercero, con pinta de no haber aprobado el último examen en la academia de policía, a juzgar por su juvenil aspecto; pero ninguno abjuró de su linaje, encastado en Núñez por la vía de Rincón. Ahora bien, ¿por qué no se repartieron los papeles, en ese consabido juego de poli malo-poli bueno? Misterios de la genética del toro de lidia. La mayoría, jugaron al primer cometido.

El que abrió Plaza, se llamaba Zambombo, nombre raro para un bello toro colorado, cuatreño de 520 kilos de peso. Éste fue de los pocos que compaginó autoridad con un pequeño plus de benevolencia, porque exigió a Antonio Ferrera firmeza de plantas y valor sereno. Menos mal que el torero respondió sin titubeos, pero el examen debió hacérsele largo al torero, porque se pasó los pitones muy cerquita de los muslos sin pestañear. Si pestañea, lo lleva al trullo, léase, el “hule”. Por tanto la labor de Antonio fue meritísima, pero poco valorada por algún sector del público, el que sigue emperrado en creer que pasarse al toro por la línea natural de su embestida es una trampa denunciable, cuando es justo al revés: ahí, en ese hilo donde el ojo del animal enfoca el objeto, está el riesgo más evidente. Ferrera toreó por naturales con gran naturalidad, y se permitió arabescos y licencias que solo puede acometer quien está seguro de dominar la situación, mediante el desbroce de esa aspereza que, a veces, envuelve a la bravura de los toros de lidia. Mató de una estocada al encuentro y saludó una ovación. El cuarto, que llevaba el hierro de El Cortijillo, atacaba con los pechos y se defendía con las pezuñas por delante, no solo en sus primeros escarceos por el ruedo, sino hasta el final de su lidia. Lidia, por tanto, imposible para esbozar siquiera unos trazos medianamente artísticos. Ferrera se quitó de en medio al bruto astado de un pinchazo y estocada baja. Por tanto, no había carné que enseñar, sino la hoja de su espada. La cosa, no daba para más.

El lote de Diego Urdiales estuvo formado por un toro, que soltaba la cara y embestía a empellones y otro muy astifino (por cierto, protestado sin venir a cuento) que ocultó el riesgo que subyacía en el viaje que le marcaba el torero, precisamente, por la seguridad con que le plantó cara el arnedano. Ello permitió que pudiéramos ver en ese quinto de la tarde lances de capa, suaves y apretados; y, después, esos muletazos de cadencia, temple y sosiego, tan propios en la concepción que del arte del toreo tiene Urdiales. Con el anterior, no había nada que tratar, ni documentación que exhibir. No lo merecía el toro; pero en este segundo de su lote, había que desbastar esas rebabas de fiereza que manifestaba el alcurrucén, pegando un tremendo gañafón, acompañado de un salto de toro desairado a la salida de los pases. Fue ésta forma de embestir, con pechugazos, tornillazos y brincos desaforados, la tónica casi general del carácter de toda la corrida. Un carácter agrio, soberbio y abusivo. Pedían la documentación a empellones, y esas no son formas. Diego, torero paciente y hombre bien educado, exhibió en este toro su impecable currículum, acabando su primera labor de una buena estocada y la segunda de un volapié que prolongó en exceso el derrumbamiento del díscolo animal. Un manto de silencio y dos avisos con ovación de reconocimiento, fue el saldo que obtuvo ayer en Madrid este torero, a quien estamos deseando volver a ver en la corrida de Beneficencia.

Protestadísimo fue el poli malo que salió en tercer lugar. Los protestantes, tenían razón. Parecía un novato de academia. Lo de la flojedad, después, fue mero recurso al pataleo, en vista de que el presidente lo mantuvo en el ruedo. Este toro no tenía galones para pedir nada a nadie en el ruedo, y Ginés Marín tampoco se molestó en enseñar sus credenciales, de sobra compulsadas por esta Plaza. El sexto, fue el peor. Abanto, descentrado, merodeador sin horizonte, se iba de un picador a otro, sin orden ni concierto. Como dato curioso, en su frente zaina presentaba el navajazo blanco (“facado”, es la denominación correcta) con una “uve”, algo similar a la que lucía aquél toro de José Escobar Barrilaro (otros se lo adjudican a Paco Galache) que mató Manolete en Valencia en el año 44, cuya cabeza regaló a Winston Churchill, en recuerdo a la famosa “uve” que hacía con los dedos de su mano, en señal de victoria, el famoso político inglés. Pues bien, con éste, de victoria, nada. Guerra sucia por doquier, a cargo de un manso malo y huidizo. Ginés se lo quitó de en medio con prontitud, cazándole con su espada.

Que los toros de “la secreta” se fueran al otro mundo con las orejas puestas y gachas, fue la natural consecuencia a un comportamiento impropio, colmado de protervia. No había nada que declarar ni papeleo que esgrimir ante tanta bronquedad de trato y tanta violencia incontenida. Los tres toreros estaban perfectamente identificados como tales. A Dios gracias.

Publicado en República

Anuncios

Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s