Milagro en Alcalá 237 tras una cornada espantosa: «Román está vivo»

«¡Lo ha matado, lo ha matado!», se escuchaba en los tendidos tras el terrorífico percance al torero valenciano.

Por Rosario Pérez.

Román se había comprado un viaje de ida al país de la verdad, a ese centro del dolor de donde no siempre se vuelve. La noticia se resumía luego en tres palabras: «Román está vivo». Y llegó a las nueve y media de la noche tras una espera de reloj parado y angustia veloz, de una señora con sus dedos temblorosos sobre las cuentas de un rosario, un acomodador besando una vieja estampita y matadores y cuadrillas en el umbral de la enfermería. «Está en las mejores manos», decían. El milagro se había obrado en la calle de Alcalá, número 237.

No recordaba la afición de Madrid una cornada tan espantosa en los últimos tiempos: «¡Lo ha matado, lo ha matado!», retumbaba en las gradas. El rostro de los tendidos era el del museo del horror. Casi veinte mil almas pálidas, con lágrimas en los ojos, con el llanto de los peores temores. Aquella faena del joven valenciano a «Santanero I» fue un toma y daca, con un valor descomunal y una sinceridad que no merecía el toro, «un cabrón con pintas», como lo definían profesionales y aficionados. Y eso fue, una prenda con la que Román buscó la auténtica colocación, valentísimo de principio a fin. Cada vez tardeaba y esperaba más este «Santanero», como ya había hecho en banderillas, donde el sentido común ni asomó por el palco presidencial de Gonzalo Villa. «¡A la porra el reglamento! ¿No ve las veces que han pasado los banderilleros y los palos que se han caído?», comentaban angustiadas las buenas gentes del tendido. Y, claro, ocurrió lo que se veía venir: el percance, por fortuna sin consecuencias, del Sirio. De azabache vestía, y negro se veía todo alrededor del castaño de Baltasar Ibán, con su frondosa arboladura por las nubes mientras Román plantaba la muleta con una firmeza superior, ganándose el respeto de sol y sombra. Asustaba al miedo el torero de la sonrisa eterna, el torero de la verdad descalza. En el recuerdo de la afición, Iván Fandiño, el último héroe caído, precisamente con esta ganadería.

El terror se afilaba en cada cara, menos en la de Román. Quiso coronar la batalla con una estocada y, literalmente, se tiró a matar o morir. El toro, con dos perchas que apuntaban al cielo, pegó un derrote seco, lo prendió por el muslo y lo zarandeó con una violencia brutal. Era Saturno devorando a su hijo, una pintura negra que tardará en olvidarse. En la arena, el espada se llevó la mano al boquete. Una impresión general: «Le ha atravesado el muslo». Un cáliz mortal y grana manaba camino de la sala con olor a cloroformo. Si aquella imagen conmovió, un «¡ay!» infernal crujió cuando las miradas apuntaron a «Santanero I»: el pitón derecho estaba completamente embadurnado de sangre, la sangre mortal y rosa de Román y su épica. La única que queda en el siglo XXI. La de los ruedos: «Así es el toreo, tan duro y tan bonito, tan de jugarse la vida», señaló Curro Díaz, que brindó una faena de oreja a su compañero herido.

El parte médico confirmó la gravedad: «La cornada, de 30 centímetros, ha provocado muchos destrozos musculares y contusionado la arteria femoral, casi sin pulso. Y en la parte distal del pie apenas tenía pulso ni coloración, le impedía mover el tobillo», explicó el doctor Máximo García Leirado. Después de «reparar las lesiones musculares y ligar los vasos sangrantes», Román fue trasladado al hospital San Francisco de Asís para ser valorado por cirujanos vasculares. Durísima la cogida, «aunque pudo ser peor», se consolaban los cercanos.

Publicado en ABC

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