Obispo y Oro: Ureña, por fin, estalla en Las Ventas

Por Fernando Fernández Román.

Le llaman de “La Cultura” porque de alguna forma hay que llamar a la tercera de las corridas especiales (fuera de abono) que completan esta dilatadísima feria de San Isidro, pero bien llamada está. Por lo visto y leído, la palabra Cultura es la más buscada en la RAE, y se define como el conjunto de conocimientos, ideas, tradiciones y costumbres que caracterizan a un pueblo, a una clase social, a una época, etcétera, para lo cual, habrán de aportarse las facultades intelectuales que faciliten su explicación y comprensión entre los seres racionales de distintas generaciones. En el caso de los toros –de la fiesta de los toros—está claro que concuerda o empatiza con la idea expresada, así que no me perderé por entre los jardines que puedan salirme al paso en esta cuestión, por otra parte, ampliamente debatida a través de la parte de la Historia que nos compete. Diré, sin embargo, que apellidar “de la Cultura” a la corrida de toros, en el caso que nos ocupa, no deja de ser un eufemismo. Todas las corridas de toros se mantienen adscritas a su proveniencia cultural.

Como es archisabido, García Lorca consideraba que esta Fiesta nuestra es “…la más culta que hay hoy en el mundo”, pero ha sido “increíblemente desaprovecha por escritores y artistas, debido principalmente a una falsa educación pedagógica que nos han dado…” Y esto lo decía el 10 de junio de 1936, dos meses antes de su muerte.

Líbreme Dios de tratar de impartir doctrina alguna a este respecto, pero son bien significativas las palabras de Federico cuando señalan la “falsa educación pedagógica” que han recibido los “escritores y artistas de su generación”. Han pasado ochenta y tres años –casi un siglo—y seguimos igual, con falsarios postulados y canonizaciones vacuas. En este sentido, amigos, no hay más que una cosa cierta: un toro bravo que viaja con dos muertes sin estrenar y una ser humano que es capaz de crear arte desafiando al riesgo latente y permanente, unidos ambos para generar la más sublimes de las sensaciones que alteran el estado de ánimo de los entes racionales: la emoción.

Ayer, en la Plaza de Las Ventas de Madrid, un torero de Lorca, llamado Paco Ureña, explicó lo que tantas veces había enunciado más o menos sucintamente, pero esta vez, acabó la lección con el desbordamiento apasionado de una apoteosis largamente esperada.

Fue en el último toro de la penúltima corrida de este ciclo que se estiraba como un día sin pan. Habíase corrido turno, por el percance sufrido por Ureña en el segundo de la tarde, un toro de Victoriano del Río de magnífico juego, bravo, noble, codicioso e incansable en sus acometidas. Desde que apareció en el ruedo, mostró sus excepcionales cualidades, a saber, viaje largo, hocico al suelo y un ritmo sostenido en su galopar que le confieren el calificativo de extraordinario. Paco lo toreó de capa con tanto ceñimiento como solemnidad, fue el toro al caballo como un bólido y le zurraron en varas sin contemplaciones. Vuelve Ureña a interpretar el lance a la verónica en el quite y Roca Rey interviene en su turno por chicuelinas; pero regresa el de Lorca al lugar de los hechos –los medios de la Plaza—para replicar con unos lances, entre delantales y una especie de “puente trágico” de Nacional II que enloquecieron a quienes llenaban los tendidos hasta las tejas. Si digo que puso la Plaza boca abajo y al público en pie, seguramente alguien no entenderá este disparate de la física, pero los lectores, que son aficionados a los toros, me entienden; pero, por si acaso así no fuera, lo diré con el formulismo de los revisteros de antaño: se armó la tremolina.

El toro, Jabaleño de nombre, lució sus cinco años y medio bien cumplidos con una entereza nada frecuente, porque iba dejando rastros de su brava sangre en la arena del ruedo, a pesar de lo cual, nada le hizo renunciar a la insistencia en el ataque. Digo ataque, que es el sentido cabal que debe tener la embestida de los toros de lidia. Este fue bravo-bravísimo, y duró una eternidad. Y es que, después del brillante saludo del espada y de los ¡tres! quites referidos, le dieron decenas de capotazos en el tercio de banderillas. No obstante, tomó el toro la muleta que era una bendición, así que Paco Ureña lo aprovechó en varias tandas en redondo, con la derecha y al natural que contribuyeron al recalentamiento del graderío. Tanto se confió Ureña en la boyantía del de Victoriano del Río, que Jabaleño no tuvo más remedio que echarse a los lomos al torero, infligiéndole la consiguiente paliza y lesiones varias, de las que posteriormente fue atendido en la enfermería. Visiblemente mermado de facultades, volvió a torear Ureña por naturales con emocionante naturalidad, pero pinchó, antes de la estocada que provocó la rendición del bravo cornúpeta, junto al estribo de la barrera. Todavía le pidieron la oreja al torero, pero no fue concedida y Paco, visiblemente adolorido, dio una consensuada y muy ovacionada vuelta al ruedo. ¿Y al toro, qué? El olvido se lo llevó tras el balancín del tiro de mulas. La liviana ovación en el arrastre, parecióme pírrico premio para un torrente de bravura.

Salió Paco de la enfermería para lidiar al segundo toro de su lote, y su desfile por el callejón fue celebrado con una estruendosa salva de aplausos. ¡Qué gozoso debe ser contar con el beneplácito previo de este público de Madrid! Paco Ureña es, sin duda, un privilegiado. El caso es que salió el toro y… también fue de bandera. Empanado, se llamaba el burel; un toro bello de hechura donde los haya; pero es que esa belleza de formas se transformó después en belleza de fondo, haciendo exhibición de una bravura fuera de lo común. Lo volvió a torear de capa Ureña con el mismo ritmo y ajuste que al toro anterior. Se arrancó el de Victoriano al caballo de Pedro Iturralde como una exhalación y el piquero vallisoletano le colocó dos magníficos puyazos. Galopa en banderillas y se luce Curro Vivas. Se va al centro de ruedo el matador y brinda ceremonioso y agradecido al público, “su público” de Madrid. Los estatuarios en el tercio del “7”, solemnes y ajustados, terminaros en unos pases de trinchera con la zurda y de la firma, despatarrado, que fueron otros tantos lambreazos de escalofrío. Después, las series se sucedieron con cadencia, temple y poderío, exigiendo al toro a tomar por muy abajo la muleta, en pases con la derecha bien ligados y varias de naturales que pusieron aquello –la Plaza—al rojo vivo. Ureña se emborrachó de toreo y embriagó con su arte a veinticuatro mil personas, contando las del callejón. Estocada en lo alto y explosión de júbilo en el público. Se amorcilla el toro, pero se rinde después de larga agonía. Sonó un aviso. ¡Al cuerno, el aviso!, debió pensar el público, y los tendidos que pusieron blancos de pañuelos, demandando las dos orejas para el torero. Se las dieron, por supuesto, pero también el público se volvió a olvidar del toro, que fue, sencillamente, excepcional. ¿Los toros de carteles de relumbrón no son dignos de premio? Valiente “torismo”, es este.

El resto de la corrida tuvo un guion bien diferente. El lote de Sebastián Castella estuvo compuesto por un toro flojón que fue tozudamente protestado, desde que salió al ruedo y otro mucho más cuajado, cinqueño y con pelaje y aspecto propio de los encastes más alejados de la línea domecq, que tuvo un comportamiento temperamental al comienzo del último tercio y acabó apagándose en los adentros, hasta irse a las tablas descaradamente. Con ambos toros, Sebastián estuvo correcto y solvente, acabando con el primero de pinchazo, estocada y descabello y con el cuarto de una estocada caída. Silencio y silencio. Escaso bagaje.

Andrés Roca Rey se enfrentó a un lote ciertamente deslucido. El tercero de la tarde, tuvo un comportamiento desconcertante, porque tras un puyazo demoledor llegó agresivo a la muleta, queriendo coger con el pitón contrario de la embestida. Insólito. La firmeza del diestro peruano minimizó estos detalles de peligro, aumentados por los gestos del cornúpeta, desentendiéndose de la lidia y practicando correrías varias por el ruedo. Tan pronto respondía bravucón a los cites del torero, como se mostraba abanto y disperso. Toro difícil de desentrañar, por sus constantes cambios de carácter. Un enigma astifino y ladino, ante el que Roca Rey jamás dio un paso atrás. Pinchazo y estocada caída. Aviso al canto. Al correrse el turno ya referido lidió en quinto lugar el segundo de su lote, el toro peor presentado de la corrida de Victoriano del Río: chivatón de expresión, lavado de cara y escurrido de carnes, fue justamente protestado. Además, se comportó en el ruedo como un manso rajado, que fue obligado por el torero a medirse con él en los medios y solo aguantó tres tandas a regañadientes; después, marchó a la querencia sin disimular su cobardía. Dos pinchazos y estocada colocada arriba. Nadie se pronunció al respecto.

De lo dicho se infiere que la corrida de La Cultura halló en Paco Ureña su mejor baluarte y un protagonista triunfal, cuando gran parte de las gentes que acudieron a la Monumental madrileña no le incluían en las apuestas previas al acontecimiento. Así de impulsiva, sorprendente y maravillosa es la fiesta de los toros. Todas las miradas puestas en Roca Rey y todos los pronósticos decantados a su favor, pero llega Ureña y hace estallar la bomba de relojería que lleva dentro: un toreo desgarrado y bellísimo que hasta ayer solo había interpretado en sinfonías inconclusas. Por fin, lo hizo estallar en Las Ventas, su Plaza, y se lo llevaron en hombros por la Puerta Grande. Bien merecido lo tiene.

Publicado en República

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