Céret, la feria taurina en la que suena ‘Els Segadors’

Tercio de varas en la feria de Céret de 2019. MURIEL HAAZ.

Por Alejandro Martínez.

La silueta de un enorme toro bravo y una pancarta en la que se lee Céret de toros. Association des Aficionados Cérétans, colocadas en lo alto de un gran puente construido sobre el río Tec. Esto es lo primero que uno se encuentra cuando se acerca a Céret, una localidad de menos de 8.000 habitantes situada en el sureste francés, a escasos kilómetros de la frontera con España

Un pueblo prácticamente desconocido que, sin embargo, se ha convertido en lugar de peregrinaje para cientos de aficionados a la tauromaquia. Cada año, a mediados de julio y coincidiendo siempre con el final de los sanfermines, Céret comparte atención y protagonismo con una feria tan importante y popular como la de Pamplona.

Pero, ¿cuál es su secreto? Solo hay uno: el toro. El toro íntegro y encastado, el exigente, el duro, aquel que no regala nada y que vende cara su vida. A diferencia de los aficionados de la inmensa mayoría de plazas y ferias españolas (y también muchas francesas), los de Céret están orgullosos de su sentimiento torista. “Aquí venimos a ver toros, no toreros”, aclaran.

Y no les valen cualquiera. Año tras año, durante el invierno, recorren el campo bravo en busca de las mejores corridas para su pequeña y rústica plaza, que cuenta con capacidad para casi 4.000 espectadores. A las fincas van en busca de seriedad y trapío, pero también de casta y variedad. Como buenos aficionados al toro, son unos enamorados de la variedad de encastes y se interesan por ganaderías de sangres únicas ya casi extintas.

¿Garcigrande?, ¿Núñez del Cuvillo?, ¿Juan Pedro Domecq? Hablar de estas divisas en Céret es casi un sacrilegio. El toro cómodo no va con ellos. Tampoco la fiesta moderna, que ha reducido la lidia a la faena de muleta. Ajenos a las modas actuales, el primer tercio sigue siendo fundamental en Céret. Pese a ser una plaza de segunda categoría, allí el toro toma, como mínimo, dos puyazos. Pero lo normal son tres o más.

Céret, una localidad francesa de menos de 8.000 habitantes, cercana a la frontera con España

La suerte de varas, lejos de ser un mero simulacro, es todo un espectáculo. Aunque muchas veces los picadores hacen caso omiso a la demanda popular, se exige que al toro se le coloque correctamente, cada vez desde una mayor distancia, que se mida el castigo y que se pique arriba. Y cuando se hace correctamente la suerte, el éxtasis se desborda en los tendidos.

Pero estas no son las únicas particularidades de una feria que este año programó tres festejos, concentrados los días 13 y 14 de julio: dos corridas de toros con los hierros de Juan Luis Fraile y Saltillo y una novillada de Monteviejo. Javier Castaño, Iván Vicente, Joselillo, Fernando Robleño, Javier Cortés, Gómez del Pilar, Juan Carlos Carballo, Aquilino Girón y Maxime Solera fueron los nueve valientes que las lidiaron. Ninguna “figura”.

Otra de las cosas que llaman la atención y que contrasta con el triunfalismo imperante en casi todas las plazas (incluida Madrid) es la severidad y exigencia de su público. Respetuosos -el silencio que se hace durante los tres tercios impresiona-, los aficionados ceretanos no dudan en recriminar a los toreros todo aquello que no se haga con pulcritud, verdad y pureza.

Pero, sin duda, son las cuestiones no taurinas las más sorprendentes. Pese a estar en territorio francés, Céret es una extensión de la cercana Cataluña. Y de la más nacionalista. Ninguna bandera gala preside ni adorna su coso taurino. Sí lo hacen, en cambio, decenas de senyeras colocadas dentro y fuera del recinto.

Catalans i aficionados es el lema de la ADAC, la Asociación de Aficionados Ceretanos, encargada de organizar la feria. Un grupo de apasionados vecinos que cuidan hasta el más mínimo detalle. En los alrededores del coso, por ejemplo, junto a carpas y barras en las que se ofrece comida y bebida, destaca una caseta de merchandising de la propia asociación, que ofrece desde carteles de la feria, hasta polos y camisetas con su logo bordado.

Toda la organización es ejemplar. Empezando por el registro que se realiza a todo aquel que accede a la plaza (algo que inexplicablemente no sucede en España) y siguiendo por el particular despliegue de acomodadores. Todos ellos, encargados también de la limpieza tras la finalización de los festejos, son niños. Hijos de miembros de la ADAC y de otros aficionados locales que colaboran desinteresadamente y que ya empiezan a cultivar su amor al toro.

Y todo por no hablar del particularísimo acompañamiento musical. La cobla Mil-Lenària, una agrupación folclórica tradicional de la zona compuesta por 11 músicos, es la encargada de amenizar los espectáculos. En el repertorio hay pasodobles, sí, pero también sardanas y marchas revolucionarias, como la Santa Espina, tocada siempre antes de la salida del último toro. Al principio, antes del paseíllo y con todo el público en pie, suenan los acordes de Els Segadors, el himno oficial de Cataluña.

Céret se erige así en un exilio doble. Por un lado, para los aficionados al toro-toro, hartos de la monótona tauromaquia moderna extendida en España; y, por otro, para los aficionados catalanes, privados desde hace años de su afición y de una parte de su libertad por simple interés político.

Publicado en El País

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