Las monjas lo criaron y lo apuntaron a la escuela taurina: así cumple su sueño de ser torero

Jordi Pérez es un joven español que a los 11 años ingresó en el Hogar de San José de la Montaña, en Valencia, una residencia para menores al que los servicios sociales de la comunidad autónoma confían la atención de los niños que no cuentan con atención familiar.

Aquel niño rubio llegó con sus tres hermanos. Y las religiosas, desde el primer momento, le tomaron cariño como tratan de hacer con cada uno de los pequeños que llegan allí, con carencias afectivas y experiencias del pasado a veces traumáticas.

Jordi fue creciendo y apareció la vocación taurina. La llevaba en el recuerdo porque en Carlet (su pueblo de origen) pasó muchos días hablando con el dueño de un taller mecánico que a menudo, cuando encontraba al chiquillo haciendo de las suyas, le reñía con un cariñoso: “Tú tienes que ser torero”.

En el Hogar de San José de la Montaña, que pertenece a la Orden Madre de los Desamparados y cuenta con 14 menores atendidos, su tutor le animó a seguir esa afición por los toros. Las monjitas, casi como si se tratara de aquella película de “Marcelino, pan y vino” con Joselito o “Canción de cuna” de Garci, han sabido hacer del cariño la materia prima para que crezca un Jordi que hoy es plenamente feliz.

Ellas fueron las que lo llevaron a la Escuela Taurina de Valencia y Jordi es hoy ya, con 18 años, un torero de pies a cabeza. Toreó en Valencia recientemente y en agosto le espera el coso de Málaga. Pero es que, además, resulta que quien le ha orientado en la escuela es Juan Carlos Vera, sobrino de Enrique Vera, quien protagonizó “El niño de las monjas”, otra historia cinematográfica que guarda similitudes con Jordi.

El auténtico Niño de las Monjas es Jordi Pérez, que sigue viviendo en el Hogar de San José de la Montaña y dice: «Mi sueño es tomar la alternativa y sé bien a quién brindaría el toro». Porque sus monjas son sus seguidoras, sus cuidadoras, sus madres de corazón y su todo: «Con ellas, la vida me dio otra oportunidad», confiesa.

Las religiosas se encargan de surcirle la ropa y el traje de luces (concretamente la madre Elisa es quien lo hace) y le siguen en sus salidas a la plaza. Se las puede ver en el tendido, algo insólito pero que se entiende al pensar en el vínculo que han creado con el muchacho.

Las monjas lo criaron y le apuntaron a la escuela taurina: así cumple su sueño de ser torero.

Publicado en Aletia

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