Julio Robles, los diez días antes de la tragedia de Béziers

Junto a su cuadrilla y apoderado en el aeropuerto de Palma de Mallorca
Junto a su cuadrilla y apoderado en el aeropuerto de Palma de Mallorca.

Por Javier Lorenzo.

Pasadas las once de la noche del 3 de agosto salió Julio Robles de Salamanca para llegar a Soria poco después de las tres de la mañana. Era la primera cita del periplo del mes de agosto de 1990, el último de su carrera vestido de luces. Estaba previsto que aquel mes toreara 23 corridas de toros. En el ecuador se pararon todos los relojes y se quebraron todas las ilusiones. Timador, de Cayetano Muñoz, se cruzó en su camino el 13 de agosto en Beziers (Francia). Robles vestía el terno azul pavo y oro con el que, anteriormente, por fin, había conquistado La Maestranza cortando dos orejas, el mismo con el que había soñado el toreo con un santa coloma en Santander. Robles atravesaba su mejor momento profesional. Así se lo cantaban los profesionales y se lo ratificaba la crítica del momento.

En Soria a Robles se le fue la espada muy baja y la faena, que era de premio seguro, se quedó en una ovación. Aquella tarde José Luis Palomar y Litri cortaron una oreja. Esa misma noche Robles recogió el premio a la mejor faena que la Diputación Provincial entregaba en aquel festejo de Beneficencia y lo sumaba a su racha triunfal, en la que había sido proclamado triunfador de la feria de Santander y autor de la mejor faena de Tudela (Navarra). La de Soria fue la escultura de un pase de pecho del escultor Revellés. En Soria, Robles cenó con la cuadrilla, antes de partir hacia Trujillo (Cáceres) donde toreaba al día siguiente. En el viaje, de madrugada pasaron por Almazán, donde el diestro salmantino inauguró su plaza de toros y tiene una placa en su honor. A las cuatro y media de la mañana estaban ya en el hotel Las Cigüeñas de la localidad cacereña. Julio Robles, en festejo mixto (5 de agosto) en el coso de La Madroñera, firmó una soberbia faena a un toro de Alipio Pérez Tabernero, de encaste Santa Coloma, en una tarde en la que compartió cartel con el rejoneador César de la Fuente y el matador de toros Juan Antonio Esplá. Cortó un rabo. Aquella misma noche pondrían rumbo a Vitoria. De Trujillo hasta Guijuelo Robles hizo el trayecto con los ganaderos María Lourdes Martín Pérez-Tabernero y Alipio Pérez-Tabernero. El torero cambió de coche en Guijuelo, desde allí los ganaderos tomaron dirección hacia Matilla y Robles siguió el camino hasta la capital alavesa.

A las siete y media de la mañana estaban en el hotel Conciller Ayala. Era el 6 de agosto. La expectación por ver a Espartaco, Robles y Julio Aparicio se derrumbó por la tarde con las nulas opciones que dio el encierro de Ortega y un sobrero de Benítez Cubero. Saludos y silencio en tarde de llenazo en los tendidos. Espartaco se llevó el único trofeo. A partir de ahí, dos días sin toros. Un ligero descanso por delante antes de afrontar lo que iba a ser el gran maratón del verano. Ni una sola fecha libre desde el día 9 hasta final de mes. Antes de empezar la tourneé viajó el miércoles, 8 de agosto, a Ciudad Rodrigo para asistir a una cena en la que el Conde Rodrigo agasajaba a los triunfadores de la Feria de Salamanca del año anterior. Robles recogió el premio al triunfador. José Luis Ramos (mejor faena), Rafael Perea ‘Boni’ (mejor estocada), Atanasio Fernández (mejor corrida de toros), Sepúlveda (toro más bravo), Juan Mari García (mejor puyazo) le acompañaron en la velada de Miróbriga y en el cuadro de honor de la Feria taurina de Salamanca 1989. Esas tres jornadas de descanso antes de volver a vestirse de luces, Robles los aprovechó para ver en el campo algunas de las corridas de toros que iba a estoquear en septiembre. Entre ellas las tres que tenía que elegir para sus tres comparecencias en La Glorieta ante sus paisanos.

El 10 de agosto es la siguiente cita. Huesca espera a Julio Robles. Partieron el día antes por la tarde, sobre las siete y media. Y pararon en Madrid para cenar y recoger a Victoriano Valencia, el apoderado del torero. Junto a Robles viaja su equipo habitual: Goyo es el chófer; Paco Calzada es el mozo de espadas y Luismi, el ayuda. Fernando Domínguez, Juan Bellido ‘Chocolate’ y Pedro Clavijo ‘Pedrín Sevilla’ son sus subalternos, a caballo le acompañaban Aurelio García y Victoriano García ‘El Legionario’. Todos ellos llegaron a Huesca a las cinco y media de la mañana. Allí se lidió una corrida de Peralta, Robles cortó una oreja. La tarde fue de Espartaco, que desorejó a sus dos oponentes, Rafael de la Viña cortó dos orejas. Robles cuajó a su primer toro en una faena de primor, pero la suerte se torció con el descabello después de que el tercero levantara el astado con la puntilla y tuviera que utilizar en dos ocasiones el verduguillo.

La faena era de dos orejas, saludó una ovación después de que el público le pidiera con insistencia la vuelta al ruedo que el diestro se negó a dar. En el cuarto apareció la versión más poderosa y valiente de Robles, y le terminó cortando una oreja. Los titulares hablaron al día siguiente de los trofeos que cortaron sus completos. Robles había puesto la calidad y el toreo. De Huesca viajaba a Palma de Mallorca, el nuevo destino del libro de ruta, donde toreaba el día siguiente. Sábado, 11 de agosto. En Huesca Julio Robles cenó con el empresario y amigo Arturo Beltrán y durmió allí. Al día siguiente tocó madrugar pero el viaje era más corto que de costumbre en los últimos días. De Huesca a Barcelona. 274 kilómetros.

A las siete y cinco de la mañana salía desde El Prat el vuelo 301 de Iberia que le iba a llevar a la isla. No hubo complicaciones, a las nueve y cuarto de la mañana el taxi que cogieron en el aeropuerto de Palma les dejaba ya en el hotel Meliá Victoria. Allí tampoco iba a acompañar la suerte. Robles se llevó el peor lote de la corrida de Torrestrella; los de triunfo de los enlotaron José Ortega Cano y José Miguel Arroyo ‘Joselito’, que cortaron tres y dos orejas cada uno respectivamente. Desde allí, un nuevo viaje. Ahora hasta Gijón. Casi 1.200 kilómetros, entre avión y coche.

Junto a su cuadrilla y apoderado en el aeropuerto de Palma de Mallorca.
Junto a su cuadrilla y apoderado en el aeropuerto de Palma de Mallorca.
La expedición roblista salió de Palma de Mallorca a la una de la tarde. A las seis y media estaba anunciado el paseíllo en el coso de El Bibio de Gijón. Sin vuelo directo, hubo que hacer escala en Vitoria, donde llegaron a las dos para coger el nuevo vuelo una hora después. A las cuatro menos cuarto estaban ya en Oviedo. 49 kilómetros en taxi para llegar hasta el hotel León I a las cinco menos cuarto. Contra las cuerdas. Casi el tiempo justo para recostarse unos minutos y una darse ducha para empezar a vestirse y salir de inmediato para la plaza. Le esperaba una corrida de Javier Pérez Tabernero. El Fundi sustituyó al lesionado Vicente Ruiz ‘El Soro’, Celso Ortega se llevó un trofeo. Saludos tras fuerte petición de oreja y silencio tras aviso fue el balance el torero salmantino; desigual resultó el encierro embarcado en El Villar de los Álamos que, sin embargo, empujó con bravura en general en el encuentro con los caballos. En la misma plaza, y antes de que saliera el primer toro de la tarde, Robles recibió el trofeo al triunfador de la feria de Begoña del año anterior. De Gijón a Beziers, en el sur este francés, donde toreaba al día siguiente junto a Joselito y Fernando Lozano, le esperaba el infinito separado por más de mil kilómetros. Nadie sabía entonces que aquel terno azul y oro iba a ser el último que se vestiría Julio Robles en su vida de torero. Timador, un toro de Cayetano Muñoz, dinamitó e hizo saltar por los aires la eterna torería de un torero en sazón. Orgullo charro del que aún hoy presume Salamanca.

Julio Robles fue volteado en el tercer lance del saludo de capa a su primer toro, el que abría la función. Beziers (Francia). 13 de agosto de 1990. El diestro fue lanzado por los aires, cayó de cabeza, con todo el peso del cuerpo y la violencia del envite. Quedó inerte en el suelo. El silencio conmovedor tomó el relevo de los gritos de angustia, miedo y pavor de la cogida. Un revuelo de capotes de pronto en ruedo al quite del compañero. Desde el callejón partían miradas perdidas en la eternidad del miedo. Inerte en el suelo, Robles había perdido toda la movilidad de sus extremidades. Había dejado de sentir los brazos y las piernas. De inmediato fue trasladado por las asistencias a la enfermería.

En el mismo trayecto el torero afirmó: “Salvadme, salvadme…”. Robles tenía miedo, ya era consciente de que se esfumaban sus sueños y también parte de su vida. Victoriano Valencia, el fiel apoderado, afirmó aquella misma noche con el pánico y la congoja cuestas: “Fue en la enfermería donde nos dimos cuenta de que la cosa era muy grave. Julio me dijo que no sentía ni los brazos ni las piernas. Es terrible. Lo que nadie se puede imaginar” trataba de aventurar. El primer parte médico no invitaba al optimismo, mientras sus fieles, su cuadrilla, el apoderado, su amigo David Montero —que esos días firmaba para LA GACETA un seguimiento del día a día con el torero—, esperaban noticias a la puerta de la enfermería: “Tetraplejia incompleta de los miembros superiores por lesión de la parte baja del raquis cervical. Al momento del accidente la tetraplejia no alcanzaba ningún órgano vital”. En la camilla de la propia enfermería repetía constantemente el torero: “Perdóname las cosas malas que te haya podido hacer, Victoriano. Ya se que no me vas a dejar morir. Llévame al mejor centro. Sálvame la vida aunque no vuelva a torear más”, le decía Julio a su apoderado. “Salvadme, salvadme”, repetía Robles constantemente. “David llama a mi mujer, que venga, que la quiero mucho, y a vosotros también. No me abandonéis”, le decía al crítico taurino de este periódico.

A las ocho de la tarde fue trasladado, ya en helicóptero, al hospital de Montpellier, el mismo en el que fue operado Nimeño. Allí fue atendido de extremas lesiones entre la quinta y la sexta vértebra cervical, daños gravísimos que le produjeron parálisis total de las piernas y parcial de los brazos. Al día siguiente del percance, 14 de agosto de 1990, Robles fue imagen del telediario así como de los informativos de radio del país, consternado e impactado por la gravedad del percance. De aquella voltereta había comenzado el viaje de una ida sin retorno del torero, el hombre, en silla de ruedas, dio su última lección de pasiór por el toreo.

Publicado en La Gaceta de Salamanca

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