Feria de Otoño: El Bueno, el Malo y el Feo…

Miguel Ángel Perera. Foto Plaza 1.

Por Fernando Fernández Román.

La cosa empezó con la confirmación de un planteamiento prejuicioso por parte de esa facción del público de Madrid que tiene a gala asumir, de forma gratuita, el rumbo de las corridas de toros. La cuestión era manifestar, de entrada, cuál era el menester que ha de corresponder a los principales protagonistas de la función, es decir, a los dos toreros que se anunciaban para competir en el ruedo “en apasionante mano a mano”. El rol, o sea el papel que deberían interpretar los intervinientes en la obra, estaba pactado de antemano por esos grupúsculos de aficionados, comisionados por ellos mismos como improvisados guionistas. Uno, Paco Ureña, se postulaba como favorito en el beneplácito y por tanto estaba designado actor principal; el otro, Miguel Ángel Perera, debería intervenir como actor secundario, a verlas venir. De modo que tras deshacerse el paseíllo, los comisionados para dirigir la película de Las Ventas, decidieron con aplausos reiterados, plas, plas, plas, plas…. que había que reconocer y agradecer a Paco su triunfo incontestable en la pasada feria de San Isidro. Plas, plas, plas, plas…. Muy bien, parece razonable. Aquello iba in crescendo porque el resto del público no comisionado, pero buena gente, conciliadora y comprensiva con quienes se van a jugar la vida frente al toro, convirtieron el palmoteo primitivo en una ovación de clamor. Todos comprendimos que el destinatario principal de tan sonora muestra de gratitud era el torero murciano, como entendimos, también, el gesto de Paco, invitando a su compañero de viaje en este ómnibus desenfrenado en que tantas veces se coinvierte la Plaza de Las Ventas a compartir la ovación de salutación, que es detalle de elemental cortesía en ¡todas! las plazas de toros del mundo, cuando se produce la susodicha puntual y feliz contingencia. En todas, menos en esta. Forzado por el ruego de su colega, salió Miguel Ángel Perera del burladero medio avergonzado, timorato y discreto y recibió una bronca feroz de los comisionados. Increíble. De vergüenza ajena. ¡Qué lejos queda el señorío del público de Madrid! ¡Que “paletada” más cruel e innecesaria!

Fue el comienzo de una tarde de toros radiante que unos pocos habían decidido convertir en película del oeste: El Bueno, el Malo y el Feo. Y altero el orden de la peli de Sergio Leone y le quito la música sobrecogedora de Ennio Morricone porque, en este caso, las circunstancias así lo requieren: El Bueno, Ureña, el Malo, Perera y el Feo, el que le hicieron a este último el grupo de individuos que se domicilian en un lugar bien definido del graderío y ponen la música por su cuenta. Así las cosas, con el guion de la película bien definido, se abrió el portón de chiqueros.

Mientras se aguarda la salida del toro, hay que destacar el formidable ambiente que presentaba la Monumental de Madrid: lleno de No Hay Billetes. Tarde casi veraniega. Expectación máxima. Se anuncian toros de tres ganaderías diferentes, repartidos equitativamente entre los toreros: un toro de cada una de ellas para cada cual. Ahí está el primero, de Juan Pedro Domecq. Serio de estampa, magro de carnes. Se repucha en varas, pero le somete el templado capote de Curro Javier y Jesús Arruga se luce en banderillas. Perera se ajusta y templa por naturales. No le hacen ni puñetero caso. A derechas, más de lo mismo: temple, mando y ceñimiento del torero con el toro y nula respuesta del público. Mata de estocada desprendida. Silencio en las masas. Es el Malo de la película. Está sentenciado.

El segundo lleva el hierro de Núñez del Cuvillo. Es un cinqueño protestado, posiblemente por falta de trapío. Es casi rabón, porque la cola no tiene apenas cerdas, y eso (me lo decía un reputado mayoral del campo andaluz) es un baldón que hace decrecer la estampa del toro de lidia. El caso es que el cuvillo es bravo como un tejón, pero a veces flojea y se cae de bruces a la salida de un natural. Parte de público se encrespa… pero en seguida se vuelve tolerante. La faena rompe definitivamente en una tanda a derechas que remata con un cambio de mano sensacional. Después, los consabidos muletazos ayudados por bajo, que este torero interpreta de forma magistral. La estocada, de libro. Volapié sin puntilla y oreja impepinable. Delirio en los tendidos. Paco, además de un gran torero esta tarde es el Bueno, no cabe duda.

El tercer toro es de Victoriano del Río. Se le ve corto de cuello, un poco achichonao, que dicen los vaqueros y conocedores del campo bravo. Miguel Ángel le saluda con unas verónicas rodilla en tierra, de corte ordoñista que le salen pintiparadas, aunque el toro, remolón, desluce el remate. Gallea con garbo por chicuelinas al paso y otra vez el toro le desbarata el recorte final. Poco picado, arrea en banderillas, aunque Ambel y Arruga compiten brillantemente con los palos. Perera comienza la faena con una especie de estatuarios-ayudados, que, a mi juicio, recortan el viaje del cornúpeta. Sea como fuere, el caso es que el de Victoriano se desfonda pronto, y el torero dibuja en su rostro una mueca de desencanto. Prolonga demasiado la faena, correcta a secas, pincha con la espada y tiene que descabellar. Suenan algunos pitos y también un aviso. El Malo, lo tiene crudo.

El cuarto toro es un jabonero de Juan Pedro, pelaje que muestra el goterón veragüeño de esta ganadería. Su cromatismo de piel es llamativo, pero su comportamiento deja bastante que desear. Le falta raza y clase, que son componentes clásicos del toro deslucido. Paco Ureña está voluntarioso, el adjetivo habitual que se utiliza como recurso para calificar la salida airosa del contraestilo, con buena voluntad. Estocada habilidosa. El Bueno gana tiempo.

Y aparece en la arena el quinto de la tarde. Es otro de Núñez de Cuvillo, cinqueño también. Un toro bajito de agujas, bien proporcionado, que pronto da muestras de una codicia en varas que promueve ciertas claudicaciones. Flojea, pero no parece débil, al contrario, arrea de lo lindo en banderillas y se arranca a todo lo que se mueve. ¡Fuera!, ¡fuera!, gritan a coro los comisionados y parte de aquellos que se agregan de balde a la protesta. Bronca fenomenal a la presidencia. Cuando Miguel Ángel Perera se dirige a comenzar la faena, una voz estridente le grita: ¡Mátalo ya, Perera!; pero Miguel Ángel se ha percatado de las cualidades de este colorao ojo de perdiz, Portugués de nombre, que le mira desafiante, emplazado en los medios de Las Ventas. ¡Qué mal aficionado eres, Presidente!, vocea el imprudente de turno. Imprudente, sí, porque, en ese instante, Portugués se arranca como una exhalación a la muleta del torero lo menos a veinte metros de distancia. Embiste y embiste, con un celo impresionante, de toro excepcional. Se va Perera a la lejanía de nuevo y vuelve el toro a la pelea con emocionante viaje, hocicando ante la bamba de la roja franela, repitiendo una y otra vez, hasta que Miguel lo vacía con lo que siempre se llamó el “obligado” o “forzado” de pecho, tal era el atosigamiento que la bravura encastada produce a quien tiene que someterla y torearla. Faenón de Perera. La Plaza es un volcán de clamores. Los pobrecitos comisionados que hace unos minutos gritaban iracundos, callan ahora, abochornados, como los canes acobardados que ocultan el rabo entre las patas de atrás. Qué bochorno, papi. ¿Y estos son los listos? Pues es lo que hay. A las series en redondo por el pitón derecho, iniciadas con cite lejanísimo y pases encadenados de muleta baja, ceñimiento absoluto, mando, temple y poderío, le siguen dos de naturales encajado el torero sobre la arena y empapado el toro en la muleta. Impecable, todo. Unas bernadinas de cite frontal y ajustadísimas, cierran esta obra de arte espléndida, de figura del toreo. Se perfila en los medios y pincha. Vuelve Miguel a cuadrar al toro sobre las rayas y la espada se le va al limbo en metisaca envainado, que mata, sin embargo. Antes, ha sonado un aviso, pero casi nadie se entera, ni falta que hace. Cuando arrastran al toro en medio de una atronadora ovación, Miguel Ángel Perera recibe también otra de intensidad corregida y aumentada, la que los zafios comisionados le negaron en los prolegómenos de la corrida. Una ovación que se reproduce cuando el torero quiere irse al callejón, hasta obligarle a dar una vuelta al ruedo de las que saben a gloria. ¿Y este era el Malo?

La corrida termina en bronca, por la flojedad del titular de Victoriano del Río que, este sí, es un inválido. Aguanta el presidente el pañuelo verde hasta el tercio de banderillas, pero los mansos de Florito acaban por llevarse al toro enclenque a los corrales. Sale un sobrero cinqueño de José Vázquez, negro con salpicones de blanco en las partes bajeras y la papada. Lleva el hierro del “9”, decano de la ganadería brava española. El de los Aleas colmenareños, únicos ganaderos a quienes el público concedió la oreja de un toro en la vieja Plaza de Madrid. Así se escribe la historia. ¡Y nos quejamos del público de ahora! A este no le daría bola, desde luego, porque fue un pájaro de cuentas que trajo a Ureña y su cuadrilla a mal traer. Salió de naja en el primer encuentro con el caballo de picar, pero Iturralde le dio para el pelo en la segunda vara. Manso temperamental, tiraba unas tarascadas tremebundas a la muleta del torero. Encerrados ambos en las tablas de cinco, Ureña expuso una enormidad, a la caza de esa segunda oreja que le podría abrir de nuevo la Puerta Grande. Hasta citó a recibir, colocando una estocada desprendida, pero el toro tardó en doblar y sonó un aviso. Se esfumó el trofeo y se acabó la tarde.

Fue una tarde peliculera, en la que el Bueno cerró en Madrid la que es, seguramente, la mejor temporada de su vida y el Malo mostró el verdadero cariz de una facción de aficionados: buena parte de ellos sobrenada apuntalados en un pilotaje de tópicos. Y, además, maleducados. Ayer desde luego, el Feo se lo apuntamos a su cuenta.

Publicado en República

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