Solo para Villamelones: El Siete en Las Ventas.

Por Manuel Naredo.

El siete, en Las Ventas madrileña, es un tendido especial, único, rijoso, apasionado, riguroso, a ratos intransigente, y substancial para la que es la primera plaza de toros del mundo.

Muchos toreros han tenido que lidiar, además de con el toro que les toca en suerte, con los aficionados de ese tendido, el siete, que suelen meterse, y mucho, con toreros, ganaderos, empresarios, y todo aquel que vaya en contra del purismo, para algunos exagerado, que abanderan.

Ahora le tocó sufrir las consecuencias de un error, craso y grande, a Miguel Ángel Perera, quien el pasado domingo regresó al coso madrileño, ya en la Feria de Otoño, para participar en un mano a mano con Paco Ureña. Todo, después de la más reciente Feria de San Isidro, donde el torero pacense alcanzó su séptima puerta grande en esa plaza, luego de cortar dos dadivosas orejas, que no habían convencido a casi nadie, incluidos, por supuesto, los aficionados del tendido siete.

Lo tundieron a abucheos, sobre todo cuando salió su alternante, previo a la aparición del primero de la tarde, a saludar desde el tercio, invitándolo también a él, y luego, durante toda la corrida le recriminaron su presencia.

Mostrando carácter, Perera no se desconcentró jamás durante su actuación, y confeccionó una extraordinaria faena a su tercero, un castaño de enorme fijeza y recorrido, al que no mató adecuadamente, dejando ir los que pudieron ser los apéndices que le garantizaran su octava salida a hombros hacia la calle de Alcalá.

La tarde dejó sabores interesantes para paladear, pues vimos el mejor lado del torero de Badajoz y también la postura inflexible de un tendido sin el que Las Ventas y su seriedad no se entenderían igual. Acaso este enfrentamiento, y esta sobreposición de Perera a las circunstancias tan contrarias, ayude a ver, de ahora en adelante, a un mejor torero.

Quizá evite también que el yerno de Pedro Gutiérrez Moya se tome atrevimientos como aquel, que aún recordamos, en la Plaza México, cuando al otorgar la borla de matador de toros a Armillita IV, tuvo el atrevimiento de invitar a Fermín, el padre del hasta entonces novillero, a entregarle la muleta a su hijo, como si de una fiesta familiar se tratara, y no de un seriecísimo momento, necesariamente cargado de importancia y revestido de rito.

Sí, el tendido siete de Madrid también juega en este mundo del toro; también lidia, para bien o para mal, en ocasiones menos exitosamente que otras, con los difíciles toros del negocio actual de la Tauromaquia. Sin ese tendido, Madrid sería bastante menos Madrid.

Publicado en El Diario de Querétaro

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